¿A que huele la discriminación?
Envejecer debería ser una etapa de reconocimiento, respeto y tranquilidad. Sin embargo, para muchas personas adultas mayores, la violencia no llega de un desconocido: puede venir de quienes deberían cuidarlas, protegerlas y acompañarlas.
Recientemente las diputadas federales de Morena Nayeli Salvatori y Graciela Palomares se viralizaron por un fragmento de su podcast Descasadas, donde dijeron que los hombres de 45 a 54 años «Ya huelen a baúl».
Ambar fueron sancionadas temporalmente por la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de su partido. La sanción que es de carácter cautelar les impide ejerces sus derechos y prerrogativas como militantes activas mientras se llevan a cabo las investigaciones y presentan sus argumentos de defensa.
Estas acciones son un precedente importante para toda su militancia y representan un punto de inflexión que nos lleva a reflexionar sobre la violencia y discriminación de que son objeto los adultos mayores.
Recientemente en Nuevo León un hombre le metió el hombro a un adulto mayor sin razón alguna, mientras caminaba tranquilamente en una avenida, provocado que al perder el equilibrio fuera a caer bajo las llantas de un trailer, y perdiera la vida.
Dominga Pérez Comisario de 83 años, fue brutalmente asesinada el pasado 5 de agosto en Puebla, luego de que un sujeto le robara 90 pesos mientras la mujer regresaba a su hogar tras su venta del día.
La violencia contra las personas adultas mayores no se limita a los golpes. Existe también cuando se les insulta, humilla, amenaza, ignora o trata con desprecio; cuando se les hace sentir inútiles o incapaces; cuando se les abandona emocionalmente o se les condiciona el cariño y la atención.
Eso tiene un nombre: violencia psicoemocional.
También existe violencia física, sexual, patrimonial y económica. Quitarle a una persona mayor sus documentos, disponer de sus bienes sin consentimiento, retener su dinero, controlar sus ingresos o utilizar su patrimonio para beneficio de terceros no es una simple disputa familiar. Puede constituir una forma de violencia.
Y hay una violencia que suele pasar inadvertida porque se disfraza de humor, de preocupación o incluso de cariño: hablarle a una persona mayor como si fuera un niño, decidir por ella sin consultarla, burlarse de sus limitaciones, ridiculizar su memoria o asumir que, por tener más edad, ya no tiene capacidad para opinar y decidir.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad es incómoda: ¿cuántas veces confundimos el envejecimiento con incapacidad?
El edadismo —la discriminación basada en la edad— abre la puerta a muchas de estas conductas. Cuando creemos que una persona mayor ya no aporta, que sus opiniones dejaron de ser importantes o que debe limitarse a obedecer, estamos despojándola de algo fundamental: su dignidad.
Por eso no basta con tener leyes que describan y sancionen las distintas formas de violencia. Necesitamos cambiar la manera en que miramos a nuestros adultos mayores.
Cuidarlos no significa quitarles autonomía. Protegerlos no significa decidir por ellos. Acompañarlos no significa tratarlos como personas incapaces.
Significa escuchar, respetar sus decisiones, defender su patrimonio, procurar su bienestar y, sobre todo, reconocer que la edad jamás debe convertirse en una razón para perder derechos.
Algún día, si tenemos la fortuna de vivir muchos años, nosotros también seremos adultos mayores.
Y entonces agradeceremos haber construido una sociedad en la que envejecer es una etapa de la vida que puede vivirse con libertad, respeto y dignidad.
