La implosión de Morena

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Morena no tiene una plataforma ideológica como factor de identidad y cohesión interna. En vez de unirse en torno a una plataforma ideológica

La unidad interna de Morena depende de un sólo factor: la fuerza del líder carismático. Sin ese factor decisivo, sus líneas internas de mando, cohesión y coordinación se fragmentan y se separan. No tiene mecanismos para atender sus diferencias.

Recurre a lo más obvio del Estado autoritario para disipar sus conflictos internos: la amenaza, el espionaje y el control policiaco. en vez de diálogo político.

Morena no tiene una plataforma ideológica como factor de identidad y cohesión interna. En vez de unirse en torno a una plataforma ideológica, se cohesiona en torno al líder fuerte. En esencia, el líder es el programa. La palabra o indicación del líder es la línea a seguir.

Morena, al igual que el PRD en su momento, se agrupó en torno a una causa, una queja y un agravio, no una idea de país. En ambos casos, fue en torno a una situación electoral. El PRD nació protestando contra el resultado de las elecciones de 1988. Ese momento histórico convirtió a Cuauhtémoc Cárdenas en un líder de masas.

López Obrador nació con las elecciones presidenciales de 2006, alegando fraude, igual como lo hizo Cárdenas en el ‘88. Y cuando rompió con el PRD y fundó Morena en 2011, fue sobre la base de la injusticia de no haberle reconocido como presidente en el 2006.

¿Cuál fue la base del acuerdo que permitió crear un nuevo partido? Era, simple y sencillamente, el apoyo a la persona, al candidato derrotado y al reclamante. La bandera del PRD era Cárdenas. No era una plataforma ideológica, porque esa aspiración era imposible, dada la diversidad de opiniones dentro del partido, yendo desde la promoción de la guerrilla hasta los intereses de capitalistas buscando opciones para invertir. De capitalistas a comunistas.

La cohesión del PRD existía mientras se mantenía el reconocimiento otorgado a la figura de Cárdenas. El problema se agravó cuando Andrés Manuel López Obrador decidió quitarle el papel de líder a Cárdenas, para desplazarlo y asumir el cargo él mismo.

Tuvo la fuerza para lograr su propósito porque era el jefe del Gobierno de la Ciudad de México. La disputa entre Cárdenas y AMLO no era una cuestión ideológica. Era porque en un movimiento como lo era el PRD, o ahora es Morena, no es posible compartir el poder. El poder del líder que une al movimiento no se comparte. Se ejerce y no se aceptan competencias.

López Obrador asumió el liderazgo del PRD. Pero no era suficiente para él porque quería un movimiento absolutamente subordinado a su figura. Y no era el caso en el PRD, donde encontraba quienes cuestionaban sus decisiones.

Morena es una creación a la semejanza de López Obrador. Es propiedad de él y su familia. Y ese poder no se entrega. Se puede compartir, como lo que hace con Sheinbaum siendo presidenta. Pero es claro que el dueño es AMLO, aunque esté ausente, lejano o debilitado.

Ahora con el proceso de nominación de candidaturas en Morena, se ha desatado un conflicto interno severo. En el 2021 López Obrador hizo un pacto con el crimen organizado que hoy regresa a atormentarlo. Pensó, ingenuamente, que nadie se daría cuenta.

Pero todo el mundo supo de la entrega de puestos y poder al narcotráfico en estado tras estado. Y hoy, seis años después, el crimen exige mantener y repetir el acuerdo. Eso, agravado con la gigantesca lupa de Estados Unidos observando las decisiones que tome el gobierno de Sheinbaum y Morena en torno a sus candidaturas.

El dilema existencial de Morena es repetir el acuerdo del 2021 de AMLO con el narco, o romper con esa herencia. El narco le exige a la presidenta y a Morena que continúen el acuerdo. Y para demostrar su firmeza en la negociación, expusó a 10 colgados en Zacatecas, uno de los estados que enfrenta el dilema de repetir, o no, la alianza con el narco.

Morena acordó nombrar sus candidatos en junio. De repente hizo pausa y mandó todo el proceso después de noviembre. Esa decisión se tomó a raíz del indictment de Estados Unidos en contra de Rubén Rocha Moya y 9 coacusados. Ese acto de Estados Unidos le reveló el grado de espionaje que ejerce ese país sobre México y, muy especialmente, con relación a la complicidad entre el gobierno mexicano y Morena con los cárteles del narcotráfico.

Lo que Sheinbaum y AMLO pensaban que era su secreto mejor guardado, resulta que está siendo observado cuidadosamente por la inteligencia de varios países.

Morena no puede nombrar a sus candidatos por temor a que sean denunciados por Washington como personajes ligados al crimen organizado. Así de extendido es el problema de los compromisos políticos de Morena con el crimen. En consecuencia, decidió esperar a que pasen las elecciones de noviembre en Estados Unidos.

Espera que le vaya mal a Trump y su partido, y que pierda el control sobre el Congreso de ese país. Calcula que esa derrota ablandará al presidente de Estados Unidos para que sea menos agresivo con México. Es un equívoco. Trump hace política con el mismo método que AMLO. Cuando le va mal, eleva la apuesta, no se echa para atrás. Es lo que va a suceder después de noviembre. Es probable que sea aún más agresivo con México, no menos.

Este entorno está generando divisiones internas graves en Morena. Surgen posiciones políticas radicalmente confrontadas entre sus miembros. Hay quienes empiezan a negociar con Estados Unidos en solitario. Hay otros que no tienen esa necesidad, y creen que Morena debe romper todo trato con el crimen organizado.

Y luego están los que siguen avanzando la agenda de pactar con el narco. Unos lo hacen porque consiguen beneficios económicos y aseguran posiciones en sus estados. Otros proponen seguir con el acuerdo con el narco. por su espíritu “antiimperialista”.

Los últimos simplemente son el narco en el poder. Estas posiciones son representativas de grupos enfrentados entre sí dentro de Morena. Y cada grupo o sector busca defender sus intereses tratando de colocar a sus candidaturas representativas.

Pero el árbitro principal, AMLO, está perdiendo poder o de plano no puede resolver muchas más cosas que lo que le concierne a él, personalmente. Está aislado y cada día ejerce menos. Pero Sheinbaum no cuenta con la fuerza política necesaria para resolver las disputas internas.

Las encuestas no les servirán ni tendrán legitimidad, porque cada quien trae la suya. La presidenta de Morena es vista por los morenistas como representante de su corriente, aunque con más poder que otros. Pero a la hora indicada, tendrá que negociar sus posiciones.

Con su mecanismo de arbitraje interno debilitado, cuestionado y sin un poder político articulador que permita llevar el proceso con autoridad, Morena entrará al proceso electoral bajo la amenaza de Estados Unidos y con sus filas en estado de guerra civil interna, con diferencias políticas profundas que debilitan sus posibilidades de éxito.

Lo que se aprecia es a un gobierno y a su movimiento bajo intensa vigilancia del exterior, carente de capacidad para resolver sus profundas diferencias internas y sin los instrumentos necesarios para definir un nuevo rumbo de país. El movimiento implosiona y se divide.

POR RICARDO PASCOE PIERCE

COLABORADOR

ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep

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