septiembre 22, 2026

Pan caro, circo gratis: Vito Saint Germain

Trump multiplica el espectáculo mientras el diésel, la inflación y las tasas deciden las elecciones intermedias

Hay dos Estados Unidos corriendo en paralelo este otoño. Uno se escribe en la cuenta de Truth Social del presidente y en sus declaraciones desde el Despacho Oval; el otro, en las gasolineras de carretera, en las bodegas de las pequeñas empresas y en las hojas de cálculo de quienes intentan adivinar cuánto les costará mover su mercancía el mes próximo. A 44 días de las elecciones intermedias, el primero hace mucho ruido. El segundo es el que va a decidir la votación.

Aaron Blake, analista de CNN, hizo el recuento de apenas doce días de conducta presidencial, y el resultado es difícil de leer sin sonrojo. Trump ofreció 5,000 dólares a cada adulto estadounidense si los republicanos conservan ambas cámaras del Congreso: un intercambio de dinero por votos tan transparente que dos de cada tres votantes registrados lo consideran inapropiado. Bromeó —si es que fue broma— con negar ayuda por desastres a Carolina del Norte si ese estado elige a un senador demócrata. Contó una historia dudosa sobre su cercanía a la Zona Cero en vísperas del 25 aniversario del 11 de septiembre. Insinuó, sin prueba alguna, que los demócratas conspiraron para asesinarlo. Amenazó con suspender todo el comercio exterior. Y, como remate, comenzó a cerrarle la puerta de la Casa Blanca a CNN, MS NOW y Politico.

Nada de esto es nuevo en el repertorio del personaje. Lo novedoso es el momento. Cualquier estratega le recomendaría moderarse cuando el control del Congreso está en juego; él hace lo contrario. La lectura de Blake es que el problema de fondo ya no es la excentricidad, sino la pérdida de confianza en su capacidad de liderazgo. Las encuestas apuntan en esa dirección: en estados decisivos, los votantes dicen por más de dos a uno que están peor financieramente que hace dos años.

Y aquí entra el otro país. El mismo día, CNN Business recogió testimonios de empresarios que describen la crisis logística actual como peor que la de la pandemia. No es exageración retórica. En 2020 el problema era la escasez: faltaban contenedores, chips, hasta papel higiénico. Hoy hay de todo, pero cuesta más, llega tarde y nadie sabe cuánto costará mañana. El diésel, el combustible que mueve camiones, trenes, barcos y tractores, ha duplicado su precio desde marzo. La capacidad global de transporte marítimo cayó 15% este año porque los barcos rodean África para esquivar a los hutíes y a los piratas somalíes. Rusia prohibió exportar diésel. Un distribuidor de café que planeaba sus compras con uno o dos años de anticipación ahora apenas se atreve a mirar tres meses adelante.

La respuesta presidencial es una promesa: ganar la guerra con Irán y los precios del petróleo se desplomarán. Es una apuesta cómoda, porque traslada la solución a un futuro indefinido y a un campo de batalla lejano. Pero los propios especialistas en logística advierten que, aun con paz en el Golfo, la prohibición rusa, los ataques en el Mar Rojo y el clima extremo seguirán ahí. Mientras tanto, la inflación sube, la gasolina se dispara y la Reserva Federal acaba de elevar las tasas por primera vez en tres años.

Frente a ese cuadro, el espectáculo cumple una función. Si la conversación nacional gira en torno a un arco triunfal, al nombre del Kennedy Center o a quién entra a la sala de prensa, no gira en torno al precio del galón. Es la vieja fórmula de pan y circo, con una variante perversa: el pan se está encareciendo y el circo ya no alcanza a tapar la cuenta.

Para México, esto no es un espectáculo lejano. Buena parte de los combustibles que consumimos se refinan del otro lado de la frontera, y nuestros exportadores dependen de las mismas carreteras, los mismos puertos y el mismo diésel. Un presidente que amenaza con detener todo el comercio exterior no está contando un chiste a sus seguidores: está hablando de nuestro principal socio y de la columna vertebral de la economía de Nuevo León. Y una Reserva Federal que sube tasas presiona al peso, a la inversión y a las decisiones de Banxico.

Las elecciones del 3 de noviembre dirán si el electorado estadounidense premia el ruido o castiga la factura. Las encuestas sugieren lo segundo, aunque conviene no subestimar a un político que ha sobrevivido a casi todo. Lo que sí parece claro es que, por primera vez en mucho tiempo, la realidad económica le está ganando la narrativa. Y cuando la gente siente el golpe en la cartera, no hay circo suficientemente grande.

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