Refinería clandestina en Reynosa: ¿de verdad nadie vio nada?

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El aseguramiento de una presunta refinería clandestina en Reynosa, Tamaulipas, con casi 3.8 millones de litros de hidrocarburo, decenas de tanques de almacenamiento, pipas y tractocamiones, no solo representa un golpe al mercado ilegal de combustibles; también exhibe el tamaño del fracaso institucional para prevenir este tipo de operaciones.

La pregunta que millones de mexicanos se hacen es tan simple como incómoda: ¿de verdad el gobierno quiere que se crea que una instalación de semejantes dimensiones apareció de la noche a la mañana y operó sin que nadie se diera cuenta?

Una infraestructura de esta magnitud no se construye en secreto. Requiere maquinaria pesada, inversiones millonarias, suministro constante de hidrocarburos, movimiento permanente de vehículos de carga y una compleja red logística. Es difícil imaginar que una operación así pudiera funcionar durante tanto tiempo sin ser detectada por autoridades municipales, estatales y federales.

El hallazgo pone en entredicho el discurso oficial de que el combate al huachicol está bajo control. Si fue posible instalar una «refinería» clandestina de escala industrial, cabe preguntarse cuántas más podrían estar operando o cuántas redes siguen funcionando con distintos niveles de protección.

La investigación deberá determinar quiénes financiaban la operación, de dónde provenía el hidrocarburo, quién compraba el combustible procesado y si existieron servidores públicos que, por acción u omisión, permitieron su funcionamiento. La omisión también genera responsabilidades.

Porque aquí no basta con presentar un espectacular decomiso y anunciar el éxito de un operativo. La verdadera noticia no es que la refinería haya sido asegurada; la verdadera noticia es que existió y operó.

Cada pipa que entró, cada tanque que se instaló y cada litro de combustible que se procesó representan una cadena de hechos que difícilmente pudieron pasar inadvertidos. La explicación de que «nadie sabía» resulta insuficiente frente a una instalación de semejante tamaño.

El gobierno tiene ahora la obligación de responder con hechos, no con discursos. Los ciudadanos merecen saber si este caso fue consecuencia de una falla de inteligencia, de negligencia institucional o de una red de complicidades.

Porque cuando una instalación clandestina de esta magnitud logra operar durante un tiempo considerable, la pregunta ya no es únicamente quién la construyó, sino quién permitió que funcionara. Esa respuesta será la verdadera prueba del compromiso gubernamental contra el huachicol y la corrupción.

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