La Casita
No es posible trazar una vía hasta sus orígenes, pero el juego infantil de La Casita es un ejercicio de formación de niños menores, que jugamos desde tiempos ajenos a la memoria. Se trata, y probablemente la inmensa mayoría de nosotros lo jugamos alguna vez, en un juego de imitación, en el que los niños recuperan e imitan actitudes, voces, gestos y conductas que han observado en sus mayores.
De alguna forma, para bien o para mal, el juego va estableciendo los cimientos de lo que será el perfil conductivo de cada individuo más adelante. Por ahí anda la raigaimbre de todos nuestros mexicanos vicios -como el machismo- o virtudes -como la solidaridad familiar- aunque cada quien desarrolla esa simiente de la manera en que vocación y circunstancia le vayan ordenando.
Pues bien, la Ciudad de México se puso el pasado sábado a jugar a la casita, al mediodía por mandato presidencial, y por un colectivo sentimiento de culpa en todo el país, incluso en zonas de mínima presunción de movimientos sísmicos. Nos pusimos a jugar a la casita en caso de un temblor. Naturalmente, el 19 de septiembre, al cumplirse un aniversario más del importantísimo fenómeno de 1985, de gran trascendencia en la conformación de la conducta colectiva, y de su macabra repetición de 2017, a poco tiempo de terminada la farsa del “simulacro” de respuesta oficial a un supuesto megatemblor en la capital.
Precisamente por haberse registrado inmediatamente después del simulacro de gran coreografía, y a sus aproximadamente 400 fallecimientos, el sismo de 2017 quita legitimidad y validez al llamado simulacro, y le deja como antecedente de una farsa oficialista repetitiva. Pero el gobierno federal y el capitalino pusieron a jugar a la casita a los adultos del Valle de México.
Todo estaba en un libreto detallado, comenzando por la hora del supuesto temblor y su fuerza; el lugar de su epicentro, los sitios en los que los automóviles iban a chocar por fallas en los semáforos, los edificios en los que se iban a registrar heridos, así como el piso y las escaleras, ambulancias y centros de salud necesarias para su rescate y hospitalización. Los derrumbes y los sitios para que descendieran los helicópteros de auxilio, corte de tránsito inclusive. La presencia y efectividad de los héroes espontáneos llamados topos y de los binomios caninos de ubicación y rescate. Todo estuvo planeado, y todo funcionó.
Hay que hacer notar que en el simulacro no se incluyo -o al menos, yo no me enteré a la distancia- una morgue ficticia a donde llevar los cadáveres previsibles, como lo hicimos en 1985 los que estábamos en Televicentro, poniendo en filas los cuerpos en el infield del desaparecido parque Delta de béisbol, en Cuauhtémoc y Viaducto. Salvo que el simulacro haya sido tan bien hecho, que no hubo muertos.
Excepto la muerte, todo estuvo perfectamente planeado y así me dicen que se ejecutó: la casita colectiva funcionó sin falla alguna. Irónicamente jugamos a la casita colectiva. Saldo blanco.Ya sabemos cómo ser adultos cuando tiemble.
A sabiendas de que lo único que sabemos del próximo temblor, en la ciudad capital o en las zonas peligrosas como Guerrero, Michoacán,Puebla y aledañas, es que no tenemos idea de en qué día y hora se presentará; tampoco su potencial fuerza. A lo más que hemos llegado es a saber cuando ya viene, y que tronará en unos segundos, para poder correr a salvar la vida propia y de los queridos.
Nos consta, también por experiencia directa, que a la hora del temblor poco recordaremos el silabario de la emergencia y el decálogo del rescate. En los edificios, bajaremos por las escaleras porque sabemos que los elevadores no sirven, aunque en el simulacro del sábado nos hayan dicho que no debemos bajar por ahí, porque pueden caerse. Nos meteremos debajo de un mueble, nos abrazaremos para morir juntos, y correremos, sí, correremos a la calle, porque queremos volver a ver unos al cielo y otros a rezarle agradeciendo el estar vivos.
Nada que nos haya enseñado el simulacro de la señora presidente con A de mujer.Un acto más de las campañas electorales.
PILON PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): El peligro de las copias es que conllevan el peligro de, inevitable y empeñosamente, repetir los errores del original.
De hacerlos mayores, a veces.
El mentiroso gobernador de Nuevo León, Samuel Gaarcía, quiso repetir una de las más imbéciles medidas de control vehícular que la Ciudad de México conoce.
A Samuelito se le hizo agua la boca con las multas que podría cobrar poniendo en práctica el “hoy no circula” en la zona metropolitana de la capital del estado, en lugar de aportarle a los ciudadanos un transporte colectivo eficiente, seguro, limpio, cómodo y barato, además de las reformas urbanas en una ciudad cuyas vialidades ágiles oriente-poniente son dos, al igual que las norte-sur.
Las cuatro se hicieron hace más de cincuenta años, cuando en la zona había unos 300 mil vehículos; hoy deben andar por ahí más de dos millones.
Como el “hoy no circula” fue recibido con trompetillas generalizadas, Sammy “pensó”en el pase turísitico: todo vehículo con placas de otro estado necesitaría un permiso de visitante para circular en el estado de Nuevo León. Pagando, claro.
Tampoco prosperó: tamualipecos y coahuilenses pusieron el grito en el cielo, o en Palacio Nacional, no sé.
Ahora se anuncia una variante: los vecinos que vengan al estado pueden circular libremente por él, regularizar sus carros con placas del nuevo Nuevo León, con facilidades de pago.
¿Esto va a resolver el caos citadino?
Claro que no: pero las facturas de los anuncios espectaculares y de las planas enteras y a todo color en los diarios aplaudiendo las inexistentes obras del gober precioso, ya se están acumulando.
