septiembre 19, 2026

Fuerzas armadas atadas de manos

A través del tiempo, el Ejército mexicano ha sido objeto de orgullo para la ciudadanía, en general respetado, no sin que se le reconozcan en casos particulares fallas y hasta graves contrarias a las leyes y al respeto a las personas. Finalmente, los militares no dejan de ser personas humanas con fallas y méritos.

Pero los desfiles anuales del 16 de septiembre principalmente y a gran escala en la Ciudad de México son ocasión de admiración tanto por las familias que acuden a las calles a verlos como quienes lo hacen a través de la televisión. Para quienes desfilan esas fechas y otras, como el 20 de noviembre o el 5 de febrero, militares y civiles, es ocasión de orgullo y lo hacen con mucho gusto. Quienes hemos participado en desfiles, como civiles y/o militares, lo sabemos muy bien. Son ocasiones de decir presencialmente ¡viva México!, no con palabras necesariamente sino con hechos.

Ante los graves avances de los grupos de sicarios de las mafias del narcotráfico, que iban controlando más y más territorio de algunas entidades del país, como Michoacán, el presidente Felipe Calderón decidió enfrentar a esas verdaderas pandillas de criminales armados con las fuerzas armadas federales.

El Ejército y la Marina, más la Policía Federal, combatieron a dichos grupos criminales cumpliendo la obligación constitucional de defender la paz interior de la nación. Y a pesar de cumplir con la Ley, muchas personas que defendían intereses políticos ajenos a Acción Nacional lo acusaron de generar lo que llamaron “los muertos de Calderón”, cuando en realidad eran los muertos del narcotráfico, pues la abrumadora mayoría de homicidios de esos años, como lo fueron antes y después, fueron perpetrados por sicarios y no por elementos de las fuerzas federales. El avance del control de los cárteles de la droga sobre la población civil fue reducido, precisamente porque el Ejército cumplió sus obligaciones de Ley.

De alguna manera, en la administración de Enrique Peña Nieto, se continuó el esfuerzo policial federal y militar para enfrentar a las bandas de sicarios del narco. Aunque considero que fue de manera insuficiente, pues avanzó el control territorial de los cárteles. Las bandas de sicarios siguieron aterrorizando a parte de la población.

Pero llegó a la presidencia Andrés Manuel López Obrador y decidió que las fuerzas armadas federales dejaran de combatir a los criminales armados. Hay el antecedente de que en varias ocasiones previas a su gobierno, Amlo declaró que no le gustaba el ejército y que si pudiera lo disolvería (lo licenciaría). Y desde el principio de su gobierno evitó que el Ejército combatiera al sicariato del narco. A tal grado que le impidió, salvo casos extremos, que se defendiera de ataques y hasta de humillaciones civiles. Los militares fueron muchas veces avergonzados, tanto por su inacción impuesta del Palacio Nacional acusándolos de miedosos y más, como por los ataques que sufrían sus grupos de patrullaje por parte de sicarios.

López Obrador distorsionó las funciones militares, impidiéndoles cumplir sus funciones y dedicándolos a actividades completamente ajenas a sus deberes constitucionales, como obras de construcción, incluyendo el aeropuerto que llamó Felipe Ángeles (el AIFA) y el Tren Maya. Muchos militares lo consideraron y siguen considerando como una humillación.

La cacareada política reiterada por Amlo de “abrazos, no balazos” le amarró las manos a la SEDENA. Muchos militares se quejan, en general en privado para evitar represalias, de que el presidente no les dejaba hacer su trabajo de luchar por la paz interior del país, que podían y pueden derrotar a los cárteles y pacificar al país. Y tenían razón, como también la tenían y tienen quienes declaran que la principal obligación de un Estado nacional y su gobierno es cuidar la seguridad de la población.

En el gobierno de Claudia Sheinbaum se ha ido relajando la política de abrazos, no balazos, pero es más que evidente que lo es de manera demasiado limitada. El ejército sigue limitándose en mucho al patrullaje disuasivo. Las fuerzas de los cárteles “gozan de cabal salud”. Qué pena para México. Aunque las labores de “inteligencia militar” dan los resultados que les son permitidos desde Palacio Nacional.

Las fuerzas armadas federales no combaten al sicariato del narco, más bien se dedican a defenderse cuando son atacadas y a hacer presencia en los lugares con mayor incidencia de violencia de sicarios de los cárteles. Es más bien una política de disuasión contra los criminales que el combatirlos. Y todavía hay quienes alegan que los militares son cobardes, que son superados en armamento por los sicarios, cosas que lastiman el orgullo castrense. Pues no, no son cobardes, son hombres y mujeres conscientes de sus obligaciones e imposibilitados en mucho de cumplirlas por las órdenes y políticas de los gobiernos de Morena.

El despliegue de fuerza de personal, de disciplina y entrenamiento, equipamiento y armamentos de muchos tipos de las fuerzas armadas federales en los desfiles de cada 16 de septiembre, demuestran que tienen todo el poder para destruir hasta en pocos días a todos los grupos de sicarios del país, con su armamento, instalaciones y algunos equipos de transporte. Lamentablemente hay personas que dicen, piden la intervención militar de Estados Unidos contra los cárteles, dizque porque el Ejército nuestro “no puede”. Y se equivocan completamente, ¡vaya que puede! Pero no lo dejan desde Presidencia.

México sufre el terror de las bandas de sicarios por culpa inexcusable de los gobiernos de la autollamada “4T”, que impide a los militares y marinos mexicanos cumplir su trabajo de ofrecer seguridad y paz interior a la población, como ellos están dispuestos a lograrlo, pues saben muy bien que pueden hacerlo

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