septiembre 21, 2026

Una conversación “más o menos”

Nunca hablan de temas serios cuando se reúnen, que siempre son eventos sociales. Lo serio se aborda por teléfono, lejos física y emocionalmente

Sorpresivamente México se enteró de una nueva conversación telefónica entre el Presidente Trump y la Presidenta Sheinbaum. Es, de hecho, la enésima conversación telefónica, siendo ese método de comunicación la característica esencial de la relación de cautela y suspicacia que priva entre ellos.

Nunca hablan de temas serios cuando se reúnen, que siempre son eventos sociales. Lo serio se aborda por teléfono, lejos física y emocionalmente el uno del otro. Sugiere una relación de temor entre ellos, ya sea de los dos (lo cual es improbable) o de ella hacia él, que es más probable.

Trump se reúne con los líderes del mundo regularmente. De América Latina, por ejemplo, se ha reunido varias veces con Lula, de Brasil,y Petro, de Colombia, cuando era presidente. Los únicos líderes de América Latina que no se han reunido con Trump en la Casa Blanca son Ortega, de Nicaragua, Díaz Canel, de Cuba, y Sheinbaum, de México. Eso dice mucho.

Después de todas las conversaciones de Sheinbaum con Trump, la presidenta siempre ha hablado de llamadas productivas y amables. Flores y cánticos. Nunca dice, en concreto, de qué hablaron ni cuáles fueron las conclusiones o acuerdos del encuentro telefónico. Sus reportes públicos son evasivos y llevan a posibles conclusiones falsas.

Por ejemplo, a diferencia de lo que expresa Palacio Nacional, del lado estadounidense siempre hay comentarios hacia México contradictorios y con demandas no ocultas. Felicitan al gobierno de Sheinbaum, pero reiteran que no hace lo suficiente para erradicar los lazos de los criminales con su gobierno. Plantea que México es un riesgo de seguridad nacional para Estados Unidos.

Resulta incomprensible que cada conversación telefónica entre los presidentes sea tan exitosa que al cabo de los resúmenes que proporciona la Casa Blanca de cada conversación destilan miel y hiel, a la vez. El público mexicano se entera más sobre las conversaciones por los informes publicados desde Washington que por lo que dice Palacio Nacional. Es más, Palacio Nacional ofrece una versión que sirve para despistar a la opinión pública nacional, no para su cabal información.

Cada conversación telefónica de Sheinbaum con Trump es seguida por un operativo de desinformación deliberada, donde no miente, pero sí oculta información.

Por comentarios de diversas fuentes, principalmente emanadas de Washington, se tenía la impresión o la sembrada información de que la conversación era para “cerrar el trato” sobre el T-MEC, donde México firmaría el acuerdo con Estados Unidos y contra Canadá. Es decir, México aceptó el papel de ser esquirol en este momento, para beneficio propio y de Trump.

Se esperaba poder dar la “buena noticia” del acuerdo, reportando importantes concesiones de ambas partes. Si eso hubiera sucedido, ya lo sabríamos. Obviamente tenía la intención de dar una buena noticia. Pero esa noticia aún no se ha dado.

En vez de ello, Washington dio su versión de la conversación. Y no es una versión agradable. Hay que leer el comentario con el velo y disfraz diplomático que lo envuelve. Y la noticia no es buena.

En primer lugar, se comenta que “la conversación fue más o menos” (en inglés la conversación fue “so, so”, lo cual, traducido políticamente, quiere decir que no fue nada bien). La supuesta o real amabilidad de las otras conversaciones se ha diluído notoriamente. Es cierto que tiene que ver, parcialmente, con las próximas elecciones intermedias de noviembre en Estados Unidos.

Pero el problema de seguridad nacional es de mucho mayor alcance que el de los próximos 45 días. Es un problema estructural y de largo aliento. El reciente acuerdo de Estados Unidos sobre la defensa con Groenlandia es indicativo de esa visión, que no es electoral, sino estratégica. Así, igual, es el tema de México para Estados Unidos.

En segundo lugar, aparentemente se plantearon temas “nuevos” que no estaban en la agenda. Debe entenderse por este comentario que se incluyeron temas desagradables que amargaron la conversación.

De lado estadounidense es fácil imaginar que plantearon exigencias sobre asuntos de seguridad nacional: mayor agresividad contra los cárteles, arresto y extradición de una lista importante de políticos morenistas ligados al narcotráfico y la expulsión de espías rusos e iraníes de México, quienes operan libremente y en contra de los intereses estadounidenses en su frontera sur. Presumiblemente hubo exigencias de acciones inmediatas, en las próximas semanas, no más.

¿Qué podría haber exigido México a Estados Unidos, como para amargar la conversación? Lo que ha dicho Sheinbaum en sus mañaneras. Demandando que Estados Unidos controle el flujo de armas hacia México, que controle a las bandas de narcotraficantes en su país y que eduque a sus ciudadanos para que no consuman drogas, viéndolo como un problema de salud pública y no criminalizando el consumo. Y que Estados Unidos respete la soberanía de México.

Como es evidente, las demandas de un lado y del otro son radicalmente diferentes y expresan visiones profundamente divergentes sobre el estado que guarda la relación bilateral entre ambas naciones. Esas diferencias, expuestas vía telefónica, son la materia prima de una conversación “más o menos” imposible de concluir en buenos términos.

¿Qué viene después de esa conversación, en materia bilateral? La relación obviamente está dañada. Es momento de reflexionar pausadamente sobre los objetivos estratégicos de México. ¿Hasta dónde es posible y conveniente llevar la tensión con Estados Unidos? ¿Cuáles son las prioridades nacionales? Es importante definir claramente que las prioridades nacionales no son las prioridades partidistas.

Evidentemente urge que la Presidenta Sheinbaum acuda a la Casa Blanca para sostener una conversación cara a cara con el Presidente Trump. En tiempos de crisis, las evasivas ya no sirven. Es hora de dar un golpe de timón y enfrentar los retos de una conversación en la Oficina Oval.

Una acción que ayudaría a distender la relación sería aplicar el convenio de extradición existente entre ambas naciones, extraditando Rocha, Inzunza y compañía a Estados Unidos. Si el gobierno de México violó todas las leyes nacionales cuando extraditó a 92 reos sin el menor respeto a sus derechos legales y humanos, no tendría por qué ruborizarse cuando extradite a “los 10 de Sinaloa”.

Tal extradición tendría que ir acompañada de un acuerdo político con Estados Unidos para asegurar un diálogo bilateral antes de enfrentar otros casos que seguramente rondan ya los pasillos de “una oficina del sur de Manhattan”. La extradición de Rocha y socios probablemente no resuelva todo el problema, pero abre la posibilidad de un diálogo ordenado y confidencial que facilite transitar hacia un futuro sin tantos sobresaltos.

Caso contrario sería que la relación bilateral se deteriore gravemente, con consecuencias económicas y políticas para ambas naciones. Entonces el ambiente social y político interno de México podrá enfrentar una espiral descendiente muy preocupante.

Y todo esto a partir de una conversación telefónica arrojando un resultado “más o menos” para México.

POR RICARDO PASCOE PIERCE

COLABORADOR

ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep

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