Formar Equipo: Ningún Gobernante es Mejor que las Personas de las que se Rodea.

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“El verdadero liderazgo no consiste en ser indispensable, sino en construir un equipo capaz de hacer extraordinariamente bien aquello que ninguna persona podría hacer sola.”

En la entrega anterior hablamos del liderazgo como la capacidad de convertir decisiones en resultados. Pero existe una condición indispensable para lograrlo: contar con un buen equipo. Un gobernador puede tener visión, experiencia, capacidad para decidir y un liderazgo reconocido. Sin embargo, ninguna de esas competencias será suficiente si quienes lo acompañan carecen de preparación, compromiso o capacidad para ejecutar. Gobernar un estado como Nuevo León es demasiado complejo para depender de una sola persona. Por eso, una de las primeras señales que deberíamos observar en cualquier aspirante a gobernador no es únicamente lo que sabe hacer, sino algo quizá más revelador: ¿De qué tipo de personas decide rodearse? La pregunta parece sencilla, pero dice mucho sobre quien aspira a ejercer el poder. Los equipos revelan prioridades, seguridad personal, capacidad para reconocer talento y hasta la manera en que alguien entiende el gobierno. Un gobernante inseguro suele sentirse más cómodo rodeado de personas que nunca lo contradicen. Quien privilegia la lealtad personal puede terminar sacrificando capacidad. En cambio, quien comprende verdaderamente la responsabilidad del cargo busca especialistas que dominen sus áreas, personas con experiencia, carácter y criterio propio, capaces incluso de advertirle cuando consideran que está tomando el camino equivocado. Ésa es una enorme diferencia. Porque formar un equipo de gobierno no significa reunir amigos, repartir posiciones entre quienes participaron en una campaña ni utilizar la administración pública para cumplir compromisos políticos. Significa identificar talento, experiencia, capacidad técnica, integridad y vocación de servicio para colocar a la persona adecuada en la responsabilidad adecuada. Y eso requiere criterio. En cualquier organización seria, seleccionar a las personas correctas es una de las decisiones más importantes de quien dirige. En un gobierno lo es todavía más. Un secretario de Seguridad incompetente puede comprometer la tranquilidad de millones de personas. Una conducción deficiente de las finanzas públicas puede poner en riesgo el patrimonio del estado. Una mala gestión en movilidad, salud, educación, agua o infraestructura puede afectar durante años la calidad de vida de toda una sociedad. Por eso los nombramientos nunca deberían considerarse decisiones menores. Son decisiones de gobierno. Y muchas veces permiten anticipar la calidad de una administración incluso antes de que comiencen a aparecer sus primeros resultados. Hay otra característica que distingue a quienes saben gobernar. No necesitan demostrar permanentemente que son la persona más inteligente de la sala de juntas. Por el contrario, tienen la seguridad y la humildad suficientes para incorporar a personas que conocen profundamente aquello que ellos no dominan. Porque ningún gobernador puede ser experto al mismo tiempo en seguridad, economía, movilidad, salud, educación, medio ambiente, infraestructura, energía, finanzas públicas y desarrollo social. Sería absurdo exigirlo. Lo que sí debemos exigirle es que tenga el criterio suficiente para identificar a quienes sí dominan esas materias, escucharlos, permitirles trabajar, establecer objetivos claros, evaluar sus resultados y tener la determinación de sustituirlos cuando no cumplen con la responsabilidad que les fue confiada. Porque formar un buen equipo también significa saber cuándo modificarlo. La lealtad nunca debería convertirse en impunidad para la incompetencia. Éste es un punto especialmente importante. En política se habla mucho de lealtad y, desde luego, la confianza resulta necesaria para construir cualquier equipo. Pero existe una diferencia sustancial entre la lealtad institucional y la lealtad personal. La primera está comprometida con el proyecto, con las instituciones y, fundamentalmente, con los ciudadanos. La segunda puede terminar protegiendo personas incluso cuando sus resultados son deficientes. Un buen gobernante debe saber distinguirlas. El servidor público debe ser leal al propósito del gobierno y, por encima de todo, al interés de la sociedad; nunca a la comodidad de quien lo nombró. Existe además otro elemento que pocas veces analizamos: la diversidad de pensamiento dentro de los equipos. Los mejores equipos no necesariamente están integrados por personas que piensan igual. Al contrario. Reúnen experiencias distintas, especialidades diferentes y puntos de vista capaces de cuestionar, enriquecer y mejorar las decisiones. Un gobierno donde nadie contradice al gobernador puede parecer muy ordenado. Pero también puede convertirse en un gobierno incapaz de reconocer sus propios errores. Cuando alrededor del poder solamente existen personas dispuestas a confirmar aquello que el gobernante quiere escuchar, desaparecen los contrapesos internos y aumenta considerablemente el riesgo de tomar malas decisiones. Un buen equipo no es aquel donde nunca existen diferencias. Es aquel donde las diferencias pueden expresarse con libertad y responsabilidad antes de tomar una decisión y donde, una vez adoptada, existe capacidad para trabajar conjuntamente en su ejecución. Formar equipos implica también desarrollar talento. Un gobernante con visión no debería limitarse a contratar buenos funcionarios. Debería procurar dejar mejores servidores públicos de los que encontró. Profesionalizar la administración. Evaluar el desempeño. Abrir oportunidades a nuevas generaciones. Fortalecer el servicio público de carrera. Y construir capacidades institucionales que permanezcan mucho después de que termine su administración. Porque un gobierno que depende exclusivamente de unas cuantas personas puede producir buenos resultados durante algún tiempo. Un gobierno que desarrolla capital humano y fortalece instituciones puede seguir produciéndolos durante muchos años. Por eso, cuando llegue el momento de evaluar a quienes aspiren a gobernar Nuevo León, convendrá revisar también su historia formando equipos. ¿Se ha rodeado de personas capaces? ¿Privilegia el mérito o la cercanía? ¿Acepta colaboradores con criterio propio? ¿Ha demostrado capacidad para atraer talento? ¿Evalúa resultados y exige responsabilidades? ¿Mantiene a personas deficientes por amistad o compromiso político? ¿Ha desarrollado colaboradores que posteriormente pudieron asumir responsabilidades mayores? Estas preguntas pueden revelar aspectos de un candidato que difícilmente aparecerán en un espectacular, en un video de campaña o durante un debate. Porque existe una realidad que no deberíamos perder de vista. Cuando elegimos a un gobernador no estamos eligiendo solamente a una persona. Indirectamente estamos depositando nuestra confianza en cientos de personas que tomarán decisiones todos los días en nuestro nombre. Secretarios, Subsecretarios, Directores, Responsables de organismos públicos. Funcionarios que administrarán recursos, diseñarán políticas públicas y tomarán decisiones que tendrán consecuencias sobre nuestra vida cotidiana. Por eso conocer la capacidad de un aspirante para seleccionar, integrar, desarrollar y conducir equipos debería formar parte de cualquier evaluación seria antes de entregarle nuestra confianza. La política suele concentrar toda la atención en la figura del candidato. El gobierno funciona de manera diferente. Los resultados dependen de miles de personas. Ahí radica otra de las grandes diferencias entre ganar una elección y construir un buen gobierno. El candidato puede convertirse individualmente en el rostro de una campaña. El gobernador necesariamente tendrá que gobernar acompañado. Y la calidad de quienes lo acompañen terminará reflejándose, tarde o temprano, en la calidad de su administración. Por eso, al evaluar al próximo gobernador de Nuevo León, quizá debamos dejar de preguntarnos solamente quién es, qué dice o qué promete. También deberíamos formular una pregunta mucho más reveladora: ¿A quiénes elegiría para gobernar con él? En la siguiente entrega abordaremos una competencia menos visible, pero determinante cuando se ejerce el poder: la inteligencia emocional. Porque gobernar implica presión, conflicto, crítica, frustración y momentos de enorme tensión. Y quien no sabe gobernar sus propias emociones difícilmente estará preparado para conducir a los demás.

¡¡La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector!!

“Porque hoy más que nunca, Nuevo León necesita menos ruido… y mucho más rumbo”.

Mtro. Miguel H. Botello Treviño     Correo electrónico: mickbotello@gmail.com

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