La suprema elegancia de no debatir

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En Nuevo León parece que debatir se ha convertido en una actividad de alto riesgo. No para la democracia, sino para quienes pretenden gobernar sin tener que explicar demasiado. La vieja costumbre de presentar propuestas, responder cuestionamientos y confrontar ideas parece haber quedado relegada frente a la política de las redes sociales, los videos cuidadosamente editados y los mensajes de pocos segundos.

La pregunta resulta inevitable: ¿por qué algunos aspirantes de Movimiento Ciudadano tendrían que temerle a un debate?

Mariana Rodríguez, Mike Flores, Félix Arratia y Héctor García, mencionados como posibles cartas del partido rumbo a 2027, tendrían una oportunidad inmejorable para demostrar qué quieren para Nuevo León. Transporte, seguridad, agua, movilidad, contaminación, infraestructura, deuda y calidad de los servicios públicos son asuntos demasiado importantes para reducirlos a una historia de Instagram.

Un debate no es un bache mental ni una reliquia del siglo pasado. Es uno de los instrumentos más elementales de una democracia: permite comparar capacidades, propuestas y respuestas. También obliga a los candidatos a salir de la zona de confort de la propaganda y enfrentarse a preguntas que no pueden editarse antes de publicarlas.

Resulta particularmente revelador que quienes presumen representar la «nueva política» parezcan sentirse más cómodos con el algoritmo que con el ciudadano. ¿Acaso la modernidad consiste ahora en gobernar mediante likes, influencers y videos de campaña?

Y si un candidato es realmente bueno, ¿qué tendría que temerle a dos horas de preguntas?

El problema no es solamente que alguien decida no debatir. El verdadero problema aparece cuando desde el poder político se intenta convencer a la sociedad de que no debatir es una virtud, que guardar silencio es estrategia y que rendir cuentas es una práctica obsoleta.

Nuevo León merece algo más que campañas diseñadas para producir tendencias digitales. Merece candidatos capaces de mirar a los ciudadanos a los ojos y explicar qué harán, cuánto costará y cómo lo harán.

Porque gobernar no es posar para una fotografía ni administrar un algoritmo.

Y quizá la pregunta más incómoda de todas sea ésta: si la llamada Nueva Política tiene tantas respuestas para Nuevo León, ¿por qué le tiene tanto miedo a las preguntas?

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