Ceguera moral
Publicado en El Norte 26 de septiembre 2026
En el México de hoy, y de manera muy tangible en el dinamismo de Nuevo León, se ha arraigado una peligrosa narrativa: la idea de que el éxito se mide exclusivamente en función de la acumulación individual y el progreso material. Esta visión, lejos de ser inocua, ha erosionado el tejido ético de la sociedad, creando una preocupante «ceguera moral».
Cuando los ciudadanos se transforman únicamente en consumidores y el espacio público se abandona a su suerte, se abre la puerta para que las élites políticas se apropien de los recursos comunes para el beneficio de los grupos en el poder.
Esta tendencia se agrava en una sociedad donde más del 86 por ciento de la población está conectada a internet y cerca del 90 por ciento usa el internet para entretenimiento y redes sociales; consumiendo información fragmentada y efímera y reduciendo espacios para la reflexión, el diálogo cívico y la discusión informada de los asuntos públicos.
El filósofo político Michael Sandel, en su libro «Lo que el dinero no puede comprar», advierte sobre los riesgos de transitar de una economía de mercado a una «sociedad de mercado», un lugar donde absolutamente todo está a la venta. Sandel señala que «la mercantilización de los bienes públicos corroe su valor intrínseco y vacía de contenido la vida democrática».
En Nuevo León, esta advertencia resuena con fuerza. Durante años, la gestión del agua, el transporte público y el desarrollo urbano se han visto atrapados en disputas partidistas y dinámicas donde el interés del político parece dictar la pauta por encima del bienestar colectivo. La crisis del agua en Nuevo León demostró que, cuando la infraestructura común se descuida o se administra bajo lógicas de privilegio o extracción de rentas, las consecuencias las pagan los sectores más vulnerables.
Esta falta de sensibilidad cívica no surge de la nada; es el resultado de un sistema que premia el individualismo y normaliza la impunidad.
A nivel nacional, la corrupción y el clientelismo político han florecido justamente en el vacío dejado por una ciudadanía desencantada y cansada. Los Gobiernos se aprovechan de esta apatía social: capturan las instituciones independientes, desvían presupuestos bajo fachadas legales y convierten los derechos fundamentales, como la salud o la seguridad, en fichas de cambio electoral.
Como bien apunta el profesor Sandel en su libro «Justicia», «una política vacía de un compromiso moral profundo debilita la democracia y da paso a tecnocracias frías o a populismos divisivos». Al polarizar a la sociedad, las cúpulas políticas logran que los ciudadanos se peleen entre sí, distrayendo la atención del verdadero despojo de los bienes públicos que ellos realizan.
Sin embargo, el diagnóstico no tiene por qué ser una condena. Romper este círculo vicioso requiere una ciudadanía más activa y deliberativa. Para ello, es fundamental fortalecer la educación cívica y ética como una práctica cotidiana de empatía y responsabilidad comunitaria. Las universidades y organismos empresariales de Nuevo León deben formar profesionales comprometidos no solo con la rentabilidad, sino también con la generación de valor social. Iniciativas como Empresa Contigo de Coparmex y Centro Civitas en la Alameda muestran que este camino es posible.
En segundo lugar, se requiere transitar hacia una Contraloría Social vinculante. Ya no basta con observar el presupuesto a través de portales de transparencia que pocos entienden; la sociedad civil, las cámaras empresariales y la academia deben articular comités ciudadanos con poder real para auditar y vetar decisiones públicas que atenten contra el bien común.
La crisis moral de nuestra sociedad es el síntoma de haber olvidado el valor de lo que es de todos. Es momento de recordar que la grandeza de una comunidad no se mide por la altura de sus rascacielos ni por la frialdad de sus indicadores macroeconómicos, sino por la fortaleza de sus lazos morales y la dignidad de su espacio público.
