El Mundial y el refrendo de la colectividad: Andrés Amaro

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Brincaron en la calle. Se asolearon. Se mojaron. Patearon el agua de lluvia. Hicieron coros masivos para entonar “Cielito Lindo”, cubiertos de espuma. Estallaron hasta el llanto con los goles de la Selección. Pero también abrazaron a los seguidores de otras Selecciones. Y a sus causas. Construyeron una ilusión. Perderla les hizo un nudo en la garganta, pero el ánimo les alcanzó  para felicitar a quienes les habían ganado y hasta para unirse a la alegría ajena esa misma noche. Y más. 

Para quienes tomaron espacios públicos en México durante las últimas semanas, haber estado en los festejos por el Mundial será uno de los mejores recuerdos de sus vidas. “Nunca / pero nunca / me abandones, cariñito”… Esa cumbia cantada por miles, volverá a ellos cada vez que pasen por las calles donde reinaron estos días.

Todo ello tiene sentido por sí mismo. Que las personas encuentren la ocasión para reconocer y celebrar un propósito común valdrá siempre la pena. Y si no hubo pena, con mayor razón.

Desde la perspectiva de observadores políticos, frecuentemente el futbol y la afición en torno suyo aparecen como distractores que ocultan los problemas reales. Es la interpretación en el sentido de que el juego constituye sólo el circo de aquel pan.

Implica desconocer que la pasión por el futbol es una expresión de la realidad. 

Hubo cohesión en las multitudes de estos días. Pero no absoluta. Los políticos, sin importar su marca, se encontraban excluidos. No es sencillo saber porqué. El fenómeno no es reciente. Al ausentarse de la inauguración del Mundial, la Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, se encontraba leyendo adecuadamente ese escenario. Líderes políticos y sociales  que hicieron notar su presencia en estadios obtuvieron de esa exposición resultados adversos e incluso desastrosos. 

Asimismo, la multitud refrendó que el Poder Económico se encuentra, de manera latente, al borde de la funa. Una marca de vegetales enlatados estuvo a punto de sufrir un boicot de consumidores luego de que se señalara erróneamente a uno de los miembros de la familia propietaria como autor de una agresión en un estadio.

 En Monterrey, una de las tres sedes del Mundial en el país, el júbilo masivo pausó una lamentable divergencia que persiste en la comunidad: la exclusión de los migrantes. Iniciando por marcarlos con una denominación despectiva: chiriwillos. El desprecio  a personas de origen foráneo (especialmente del centro y sur del país)  es característica del gentilicio  “regios”, un término creado, no engendrado, desde los últimos años 80. Para sustituir, mediante una estrategia mercadológica, a la denominación “regiomontanos”. 

Resultó interesante observar que la cultura política saltó en los momentos menos esperados. Al explicar los motivos de la rivalidad entre México y Ecuador, muchos entrevistados por influencers han dicho: invadieron nuestra Embajada.

Quizás el fenómeno cultural más relevante en nuestras calles  haya sido el maravillado descubrimiento de  elementos comunes de identidad y sensibilidad entre jóvenes del país y los de una nación caribeña desde antes próxima en el afecto. “Colombia y México son novios”, es una frase que se ha viralizado en las últimas semanas.

Pero lo que constituye el emblema social del evento es la imagen de quienes, en medio del humo,  la llovizna o chorros de cerveza, fueron lanzados al aire por el gentío. Inadvertidamente, el rito fue una enseñanza repetida sobre la importancia de la colectividad. En cada viaje, quienes eran puestos a volar, confiaban en que, al regresar, los que permanecían abajo, con los brazos alzados, impedirían que cayeran al suelo.

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