La pobreza organiza el voto; la violencia, la abstención
Casi todos damos por sentadas tres ideas sobre política que suenan tan razonables que pocas veces las
cuestionamos: que la inseguridad le pasa factura a quien gobierna, que la pobreza compra votos y que el
crimen y la marginación son, más o menos, la misma mancha sobre el mapa. De hecho, la justificación de
la política de «abrazos y no balazos» de López Obrador se basa precisamente en esta última idea.
Para saber qué tanto respaldan los datos estas ideas, el ejercicio que presentamos aquí las puso a prueba
con cifras oficiales. Cruzamos delito, pobreza y resultados de la elección presidencial de 2024, primero
entre los 32 estados y después entre los cerca de 2,400 municipios para los que había información
disponible.
El resultado, en tres frases: la pobreza define hacia dónde va el voto, la violencia define cuánta gente
vota y los dos mapas casi no se tocan. Ninguna de las tres ideas de partida sobrevive al cruce. Lo que sigue
explica por qué, y qué consecuencias tiene para quien diseña una campaña de cara a las elecciones de
2027.
CÓMO LO HICIMOS
Se usaron las cifras de los delitos y homicidios que reporta el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional
de Seguridad Pública (SESNSP), la población que proyecta el Consejo Nacional de Población (CONAPO) y
los votos que contó el Instituto Nacional Electoral (INE) en 2024, casilla por casilla. La pobreza se midió por
la proporción de electores que viven en los municipios analizados.
La herramienta central es simple: observar si dos cosas suben y bajan juntas —por ejemplo, a más pobreza,
¿más o menos voto por Morena?—. Y cuando aparece una relación sospechosa, se le compara con otras
variables para ver cuál explica de verdad el resultado y cuál solo lo aparentaba. Bajar hasta el nivel
municipal sirve para comprobar que el patrón es real y no un espejismo de mirar el mapa desde demasiado
lejos.
HAY DOS TIPOS DE DELITOS, Y NO CONVIENE CONFUNDIRLOS
El «delito total» —dominado por el robo— es más alto en los estados ricos y urbanos que en los pobres.
Pero ese mapa engaña. En 2024, según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad
Pública (ENVIPE), de cada cien delitos apenas siete se denunciaron, y se denuncia menos justo donde la
autoridad es más débil, que suele ser donde hay más pobreza. Así que ese mapa mide sobre todo
urbanización y capacidad de denunciar, no crimen real.
La prueba está en cambiar de vara. Al medir el homicidio —que casi siempre queda registrado— la relación
con la pobreza desaparece por completo. Estados igual de violentos pueden ser muy pobres o nada pobres:
Guerrero y Guanajuato encabezan juntos el homicidio, con niveles de marginación opuestos.
1.2.
La violencia letal no dibuja la pobreza; dibuja los corredores del crimen organizado. Son dos capas
distintas sobre el mismo territorio.
EL VOTO SIGUE A LA POBREZA, NO AL DELITO
La relación más fuerte de todo el ejercicio es entre pobreza y voto por Sheinbaum: donde hay más
marginación, gana Morena con más holgura, y la intensidad crece con la pobreza.
El delito parecía importar —las zonas con más delito votaron menos por el oficialismo—, pero al ponerlo
a competir con la pobreza se desinfla hasta desaparecer, y solo la pobreza queda en pie. Aquella aparente
factura que la inseguridad le cobraba al gobierno era un reflejo de la pobreza, no una causa propia.
LA VIOLENCIA NO CAMBIA EL VOTO: VACÍA LA URNA
Queda un cabo suelto. Si la violencia no define por quién se vota, ¿es irrelevante? No: pega en otro lado.
No cambia hacia dónde va el voto, sino si la gente vota. Los estados más violentos registran menor
participación —la frontera norte lo muestra en bloque—. Y aquí conviene añadir un matiz que cambia la
lectura.
Esa menor participación no altera hacia dónde se inclinan los que sí votan, pero no es neutral en a quién
le resta. El voto de Morena es un voto duro: sale a la urna llueva o truene. El electorado opositor es más
blando y menos movilizado. Cuando la abstención sube —la empuje la violencia o el simple desánimo—,
los que se quedan en casa son, en su mayoría, esos votantes blandos.
Dicho sin rodeos: la abstención casi no le resta a Morena; le resta a la oposición. Convencer a alguien de
cambiar su voto y lograr que salga a votar son dos problemas distintos, y la violencia solo toca el segundo
—pero al tocarlo adelgaza, sobre todo, al lado que no tiene un piso garantizado.
El resultado, aunque nadie lo haya buscado, es claro: en 2024 la abstención le recortó voto a la oposición
y no a Morena, de modo que, por una vía puramente indirecta, terminó beneficiando a Sheinbaum. No
cambió una sola preferencia; cambió quién se quedó en casa.
LA PRUEBA FINA: MUNICIPIO POR MUNICIPIO
Todo lo anterior resulta de comparar estados enteros, y sobre eso pesa una sospecha legítima: que un
estado pobre vote por Morena no prueba que las personas pobres lo hagan. Por eso se bajó la resolución.
Municipio por municipio, los electores pobres votaron 72% por Sheinbaum contra 59% los no pobres, y la
diferencia aguanta incluso comparando municipios de una misma región. El vínculo pobreza–voto es sólido
y no un truco de agregación.
El vínculo delito–voto, en cambio, se desmorona: cambia de signo según la zona. En el centro del país el
municipio violento castiga a Morena; en el sur, si acaso, lo premia levemente. Una relación que cambia de
signo según dónde se la mire no es una ley: es un accidente de cómo está compuesto cada territorio.Y ESTO QUÉ IMPLICA PARA LA ESTRATEGIA ELECTORAL
Lo expuesto hasta ahora tiene tres consecuencias directas:
Seguridad y pobreza son dos problemas separados, y no conviene meterlos en el mismo diagnóstico.
Bajar la pobreza no reducirá los homicidios, y pacificar una zona no reacomodará su voto. Quien
diseñe campaña o política pública debe atacarlos con instrumentos distintos, porque responden a
lógicas distintas.
El argumento de que «la inseguridad le cobra factura al gobierno» no se sostiene con los datos de
2024, ni entre estados ni entre municipios. Lo que la violencia sí hace es adelgazar el padrón que
efectivamente vota en las zonas más golpeadas. Y en una elección de baja participación gana quien
tenga el voto más fiel y la mejor estructura territorial —sea quien sea—, porque ahí pesa más quien
sabe sacar a su gente a votar que quien tiene el mejor mensaje.
En 2024 ese «quien sea» tuvo nombre: la base morenista, de voto duro, resistió la abstención mucho
mejor que la oposición, así que el vaciado de la urna jugó, sin proponérselo, a favor del oficialismo.
Persuadir y movilizar se juegan en mapas distintos y piden tácticas distintas. La persuasión se decide
sobre el eje de la pobreza, con más margen en el Bajío —el verdadero bastión opositor— que en el
Norte. La movilización se decide, entre otras cosas, contra el freno que impone la violencia: donde
más matan, más cuesta llevar a la gente a la urna, y esa es una batalla de estructura, no de discurso.
Al final, el mapa electoral de México se lee mejor con dos capas que casi no se tocan: una de pobreza, que
ordena la preferencia, y otra de violencia, que ordena la ausencia. Confundirlas es el error más común del
análisis político. Separarlas es el primer paso para entender qué se puede mover, dónde y con qué
herramienta.
NOTA FINAL: Si alguien desea conocer el estudio técnico en el que se fundamenta este ensayo, por favor
háganmelo saber.
