Sheinbaum no asistió a la inauguración, pero si asiste al clausura por que están Trump y Carney.

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En política, las explicaciones tienen fecha de caducidad. Lo que ayer era un argumento sólido, hoy puede convertirse en un simple recuerdo.

Cuando México inauguró el torneo de la FIFA, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió no asistir. La explicación fue sencilla: no era un evento gubernamental, sino una ceremonia organizada por la FIFA. En lugar de ocupar un asiento en el estadio, prefirió aparecer en una plaza pública junto a Clara Brugada, viendo el partido entre aficionados y sorteando el boleto que le correspondía. La imagen buscaba transmitir austeridad, cercanía con el pueblo y distancia de los reflectores.

Pero llegó la gran final… y también llegó la invitación de Donald Trump.

De pronto, el estadio dejó de ser solamente un recinto deportivo para convertirse en un escenario diplomático. El viaje ya no parecía inconveniente. La FIFA seguía siendo la organizadora; lo que cambió fue el elenco del palco: Donald Trump, Mark Carney, Gianni Infantino y otros invitados de primer nivel.

La pregunta surge sola: ¿cambió el evento… o cambió la conveniencia política?

Porque, si el argumento para ausentarse de la inauguración fue que no era un acto de Estado, resulta difícil explicar por qué ese mismo criterio desaparece cuando la fotografía promete aparecer en las portadas del mundo.

Nadie cuestiona que México deba mantener diálogo con Estados Unidos, especialmente en momentos de tensión por migración, seguridad y comercio. Lo que llama la atención es la rapidez con la que un «no debo ir» se transformó en un «claro que voy».

En política, las imágenes pesan tanto como las decisiones. Y una fotografía junto a Trump puede interpretarse de muchas maneras: como un gesto de pragmatismo, como una oportunidad diplomática… o como el reconocimiento de que hay invitaciones imposibles de rechazar cuando provienen del vecino más poderoso.

Trump, por su parte, tampoco pierde. En plena temporada política, aparecer rodeado de líderes internacionales fortalece su narrativa de liderazgo global. Para él, el fútbol también juega… pero en la cancha electoral.

Quizá la mayor lección de esta historia sea que el protocolo internacional tiene reglas muy flexibles. Un estadio puede ser, según convenga, un simple escenario deportivo o una importante cumbre diplomática.

Al final, la diferencia entre la inauguración y la clausura no parece haber sido la FIFA. La diferencia estuvo en quién esperaba en el palco.

Y esa, en política, suele ser la mejor explicación de las contradicciones.

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