Reforma sobre Doble Nacionalidad, incompleta
Por: Andrés Amaro
Cuando el país aún no conseguía serlo, Lorenzo de Zavala ya era un joven aventajado. Nacido en 1788, a sus 32 años fungía como Representante de Yucatán ante la Corona Española. Tras la Independencia (1821), fue Senador. Luego, Gobernador del Estado de México. Como Secretario de Hacienda (1829) en el Gobierno del Presidente Vicente Guerrero Saldaña, innovó el sistema fiscal, ámbito de fragilidad que sería fuente de las agresiones externas que la Nación enfrentó en el Siglo XIX.
Además de capacidad, Lorenzo poseía un bien preciado para cualquier político: buena suerte. En una época de repentinos ascensos y caídas en desgracia, siempre quedaba de pie. Luego de que el Presidente Guerrero fue depuesto, él se exilió en Francia. Regresó. El Presidente A. López de Santa Anna lo nombró Ministro Plenipotenciario en Francia. Rompió con ese Régimen. Y en 1835 se fue a vivir a Texas. Ahí poseía grandes extensiones de tierra obtenidas mediante concesiones facilitadas por su pertenencia al Estado Mexicano. Conflicto de intereses que le llaman.
Hoy día, Zavala es un héroe de la patria. Pero no de la nuestra. Formó parte del Congreso de la República de Texas, cuando ese territorio inició su separación de México (1836) para terminar por integrarse a EU (1846). Ese itinerario, por cierto, constituye el sueño erótico de los núcleos que de vez en vez impulsan proyectos separatistas en estados como Nuevo León. Despojado de la nacionalidad mexicana, Lorenzo no alcanzó a ver consumada su gracia. Solo caía parado en tierra firme. Su bote de remos naufragó en el río Bufalo Bayou, en 1836. Murió de neumonía.
Esta historia de ambigüedad cobra actualidad a propósito de la Iniciativa de Reforma del Poder Ejecutivo Federal para impedir que un ciudadano con doble nacionalidad aspire a la Presidencia de la República o a una Gubernatura.
Evitaría que alguien que ha jurado lealtad a otra Nación acceda a un puesto que consista en conducir a la nuestra o defenderla contra el interés extranjero. La Reforma es elemental. Como para preguntarse por qué carancho no se había hecho antes.
El contexto la hace urgente. Las potencias mundiales se disputan la posesión o por lo menos el acceso garantizado a recursos naturales. A tierras raras. Pero también a las que no lo son. Vamos, que a la hora de poseer lo ajeno, no desprecian nada. La agresión de Estados Unidos, por sus jeans, contra Dinamarca en busca de apoderarse de Groenlandia es un ejemplo a la mano.
Es otra evidencia el Memorando de Entendimiento sobre Minerales Críticos y Energía Nuclear, firmado con EU por Colombia, cuyo Presidente, A. De la Espriella, es ciudadano colombo-ítalo-estadounidense. Igualmente lo es el intento del Mandatario de Argentina, Javier Milei, ítalo-argentino, por reformar la Ley de Tierras, para eliminar el tope de extensión de las que podrían encontrarse en manos extranjeras.
Frente a ello, esta Iniciativa de Reforma resulta insuficiente. La doble nacionalidad debe ser también un impedimento para aspirar a un cargo legislativo estatal o federal, ámbitos críticos para la toma de decisiones. Asimismo, abonaría a la Seguridad Nacional que un aspirante a todos esos puestos de elección acredite más bien no haber tenido doble nacionalidad en un lapso de diez años previos a su postulación.
México, habiendo perdido más de la mitad de su territorio por una guerra de despojo con EU (1846-84), está obligado a dormir con un ojo abierto. Por los siglos de los siglos. Sin amén. Eso lo hará un país desvelado. Pero permitirá que siga siendo un país. Y que continúe celebrando su Independencia, como haremos esta semana. Salve.

