septiembre 13, 2026

El Convento de San Andrés: el patrimonio sepultado bajo la calle Zaragoza

Al transitar por la calle Zaragoza en su cruce con Ocampo, frente al edificio Kalos y el Círculo Mercantil Mutualista, pocos saben que caminan sobre los vestigios del Convento de San Andrés y de uno de los primeros panteones de Monterrey.

Establecido entre 1602 y 1603, el recinto se reubicó en 1612 tras la gran inundación de 1611 a la calle que tomó el nombre de San Francisco (hoy Ocampo), justo donde nacía la Calle del Ojo de Agua (Zaragoza), que entonces no bajaba hacia el río Santa Catarina. Al mudarse, trasladaron allí los restos del fundador Diego de Montemayor y de su hijo, cuyo paradero exacto hoy se desconoce.

Hasta la erección de la parroquia en 1626, los franciscanos de San Andrés administraron la fe de indígenas y españoles. Aún con la parroquia, el convento permaneció frecuentado por toda la población.

En 1860, el gobernador Santiago Vidaurri aplicó las Leyes de Reforma destinando el inmueble a usos civiles, como escuelas y cárcel municipal; entre 1864 y 1870, una sección fue sede temporal del Colegio Civil. Aunque en 1867 se buscó demolerlo para prolongar Zaragoza hasta el río, la defensa del obispo Francisco de Paula Verea lo salvó por un tiempo.

El golpe definitivo llegó en 1914. Según la versión más repetida —no exenta de discusión—, por órdenes del gobernador Antonio I. Villarreal el templo fue destruido y sus imágenes religiosas «fusiladas» por la tropa. La apertura de la calle Zaragoza atravesó la nave principal y liquidó el conjunto.

De aquel histórico recinto sobreviven en el Museo del Obispado: el portón principal de madera, la pila bautismal de piedra, una escultura de Santo Domingo de Guzmán y una viga de sabino de 1752.

En el lugar que ocupaba el convento actualmente está además de la calle Zaragoza, el edificio del Círculo Mercantil Mutualista que se inauguró en 1933, con un estilo colonial californiano, propio de la década de 1930’s, diseño de J. Cipriano González Bringas.

La pérdida del patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad, si bien irreparable, nos ayuda a re-valorar lo que aún tenemos y repensar nuestra historia, en cuya formación participaron los franciscanos junto con otras instituciones y comunidades.

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