El decreto de las 7 de la mañana

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El diablo también se transforma

A las seis de la mañana, Monterrey amaneció con una escena digna del Apocalipsis: destellos naranja fosforescente, humo de azufre y una misteriosa desaparición de personajes que, hasta la noche anterior, se sentían intocables.

Las redes sociales hicieron lo que suelen hacer cuando el poder pretende guardar silencio: hablaron por todos.

A las siete en punto llegó la respuesta oficial.

La Presidenta apareció frente al atril, impecable, serena y con esa particular tranquilidad de quien parece tener una explicación para todo. El fenómeno sobrenatural, explicó, no era tal. Era, naturalmente, un montaje de los conservadores, neoliberales, medios incómodos y adversarios de la transformación.

Nada nuevo.

En el México de la sátira política, cuando algo explota, la primera pregunta ya no es qué ocurrió, sino quién tiene la culpa.

Después vino el decreto.

La mansión De Martino fue expropiada en nombre de la “recuperación de bienes públicos”. El cuadro de Bael, aquel objeto maldito que todos querían destruir, terminó bajo resguardo del Estado.

No fue quemado.

No fue exorcizado.

Fue trasladado discretamente a los sótanos del Palacio Nacional.

¡Qué ironía!

El demonio que pretendía controlar a los hombres terminó bajo custodia del gobierno. O quizá ocurrió exactamente al revés: el gobierno descubrió que podía utilizar al demonio en su beneficio.

Porque ésa es la verdadera moraleja de esta historia.

El problema nunca fue Bael.

El problema es la tentación de cualquier poder que comienza creyendo que puede controlar a los demás y termina convencido de que también puede controlar la verdad.

La transformación, entonces, adquiere un nuevo significado: el demonio no desaparece; se institucionaliza.

Cayetano tuvo su fe. Dante, su fuerza. Los Fosfo, su tecnología y su espectáculo.

Pero el Poder Central descubrió algo mucho más eficaz: un micrófono, una narrativa y una conferencia diaria.

Ya no hacen falta pentagramas cuando existe propaganda. Ya no hacen falta conjuros cuando basta repetir una versión oficial hasta que la duda parezca herejía. Y ya no es necesario perseguir al demonio cuando se puede convertirlo en funcionario.

Quizá por eso el cuadro de Bael terminó en Palacio.

Porque en esta historia, el diablo entendió algo que muchos políticos tardan años en comprender: el poder no necesita vencer al mal; necesita administrarlo.

Y mientras el pueblo discute si aquello fue magia negra, complot o montaje, alguien, en algún despacho, seguramente ya está redactando el próximo decreto.

Son las siete de la mañana.

Las cámaras están encendidas.

El atril espera.

Y Bael, desde el sótano, sonríe.

Advertidos están.

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