El Desafuero que Cayó en Jueves de Corpus: Karl Kaus

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En los alones del Palacio de Gobierno de Nuevo León ya no olía a burocracia, sino a una mezcla exótica de loción fina, cerveza premium y sudor de festival. Tras meses de recorrer el globo terráqueo bajo la firme convicción de que el estado se gobierna mejor desde el celular y redes sociales originadas en las salas VIP de los aeropuertos internacionales, Sami el mandatario estatal pisó tierra norteña. No llegó con soluciones para el transporte, vialidad, contaminación, combatir las aguas negras ni con planes hídricos; llegó con los tenis fosfo, que cambio por un momento por unas botas y sombrero naranjas, pero después del accidente de su caballo retomo sus tenis fosfo más brillantes de su colección y con un decreto fulminante: el estado entraba oficialmente en «Modo Party». El Mundial de Fútbol estaba por arrancar y el líder consideraba que su principal función ejecutiva era ser el animador en jefe de la banda de la tribuna.
—“¡Que nadie me marque! ¡Ando en modo mundialista, raza!”— gritó a sus asesores mientras le aventaba el iPhone de última generación a su secretario de gobierno.
“Ahí te encargo los baches, la contaminación y el Congreso. Si te busca la prensa, diles que el celular se quedó sin pila porque ando gestionando inversión con los jeques en el palco Unión”.
El gobernador se colocó los audífonos, subió una historia a sus redes con la canción del momento y se dispuso a vivir la eterna fiesta del balompié.
Estaba convencido de que, mientras hubiera balones rodando y pantallas gigantes en la Macroplaza, el pueblo y la política estarían anestesiados. Después de todo, una facción de la oposición de Morena le había estado aplaudiendo y avalando cada pirueta política durante los últimos meses. El mandatario se sentía intocable, un camaroncito VIP nadando en champaña y durmiendo la mona.
Pero en la política mexicana, el Guajolote que se duerme en los laureles amanece en la cazuela.
La semana previa al silbatazo inicial del Mundial, la bancada guinda, que hasta entonces había sido su más ferviente aliada en las sombras, decidió que era hora de cambiar el menú. Aplicando el rigor del viejo refrán popular, entendieron que «guajolote que se sale del corral, termina en mole». Y ese guajolote llevaba meses cacareando fuera de su territorio.
El martes, apenas a dos días de que rodara el balón y mientras el mandatario afinaba la garganta para los cánticos del estadio, la Comisión Anticorrupción del Congreso local soltó la bomba. En una sesión exprés que no requirió de filtros de Instagram, los diputados acordaron iniciar formalmente el proceso de desafuero en contra del gobernador fiestero. Las sonrisas de complicidad se transformaron en denuncias penales por desvío de recursos, abandono de funciones y desacato sistemático.
Para aumentar el drama trágico-cómico, la oposición calculó los tiempos con una precisión quirúrgica y una perversidad digna de campeonato: fijaron la audiencia clave para el viernes, exactamente el día después de la gran inauguración del Mundial.
Mientras el gobernador celebraba el partido inaugural con los ojos fijos en la cancha y la mente en el after-party, los legisladores ya estaban picando la cebolla, el chocolate y los chiles para el guiso político del año. El secretario de gobierno, con el celular del jefe sonando cada tres segundos con notificaciones de desacato judicial y alertas de la fiscalía, intentaba inútilmente buscar al mandatario entre la marea de aficionados.
El viernes por la mañana, con la resaca del debut mundialista y los ojos todavía hinchados de tanto festejo, el líder descubrió que la «nueva política» se parecía demasiado a la vieja cuando te descuidas. El camaroncito que se fue de fiesta se dio cuenta, demasiado tarde, de que la corriente del Congreso ya se lo estaba llevando directamente hacia la mesa de votación. El veredicto era inminente: en Nuevo León, el Mundial apenas comenzaba, pero para el guajolote del palacio, el fuego de la cazuela ya estaba al máximo.
El Gran Final: El Guajolote, la Cigüeña y la Congeladora del Congreso
El viernes por la mañana, con los diputados listos para firmar el proceso del desafuero y el olor a mole político inundando el Congreso, el gobernador en «modo party» no mandó a sus abogados; mandó un video en vivo por redes sociales. Desde la habitación de un hospital privado y cargando una prueba de embarazo digital con filtro de destellos fosfo, interrumpió la sesión legislativa:
—“¡Raza, paren todo! ¡La vieja política me quiere tumbar, pero Diosito me mandó el amparo supremo! ¡Viene otro mini-gober en camino! Y ya se la saben, el refrán es claro: todo hijo trae torta bajo el brazo”— exclamó con una sonrisa ensayada.
El mandatario intentó usar a la cigüeña como escudo fiscal. Frente a las pantallas, juró solemnemente que el próximo bebé traería la bendición de la paz política y la reconciliación mágica con la oposición de Morena, asegurando que esa criatura era la salvación de Nuevo León.
Sin embargo, la oposición —ahora experta en gastronomía política— no se conmovió. Las bendiciones de Instagram no frenan los códigos penales. El presidente del Congreso interrumpió la transmisión, miró fijamente a las cámaras y soltó el golpe de Estado legislativo:
—“Celebramos la vida, pero le recordamos al ciudadano mandatario que las tortas bajo el brazo no son retroactivas, no pagan las cuentas públicas pendientes, ni borran sus meses de ausencia fuera del estado. En Nuevo León, la única torta que viene bajo el brazo de esa criatura es una torta de tamal, y es para que desayunen los nuevos secretarios que van a tomar su lugar. Su inmunidad ya expiró y el guajolote ya está en la mesa”.
La previsión fue trágica y fulminante. Sami el guajolote no entendió a tiempo que se había salido del corral por andar de fiesta. El viernes por la tarde, mientras el Congreso votaba el proceso desafuero por mayoría calificada, su secretario le entregó el teléfono con el dictamen oficial. La pantalla del celular se apagó por falta de batería, dejándolo en la penumbra de su propio festejo mundialista.
El camaroncito fiestero descubrió, demasiado tarde, que el hijo efectivamente traía torta, pero la torta era para el nuevo gobernador interino. El telón cayó con el líder de Monterrey fuera del palacio, dándose cuenta de que la única fiesta que le quedaba por organizar era el baby shower de su propio desempleo.
Terminó el año cuidando pañales en su residencia y entendiendo a la mala que camarón que se duerme en el after, amanece congelado en la congeladora del Congreso.

Al verse fuera del palacio, el destronado Samuel, un político le recordó con amargura aquella frase clásica de la política de su propio estado acuñada por Sócrates Rizo: “Aquí estamos trabajando las 24 horas del día y partes de la noche”. El problema de Samuel era que su estrategia fue que usó las partes del día y la noche exclusivamente para el after-party, mientras que la oposición usó las 24 horas del día, sin descanso, para cocinarle el mole y quitarle el poder.

“No hay fuerza más destructiva que la estupidez de un gobernante que se cree intocable. Sus tonterías de hoy son el guion de su tragedia de mañana; porque el destino cobra muy caro el derecho de admisión al carnaval del poder, y siempre paga el precio más alto aquel que confunde los aplausos de la multitud con su propia salvación”. K. K.Me.

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