La persecución, la cristiada y los “arreglos” 1926-29
El día 31 de julio de 2026 se han cumplido cien años de que entró en vigor la llamada “ley Calles”, en 1926 (promulgada el 14 de junio anterior), justo un día antes de que el episcopado mexicano decidiera dejar de celebrar el culto en los templos del país, precisamente por el grave y atentatorio contenido de dicha ley. Es una fecha clave en la historia mexicana, por cierto desconocida para muchos en el país, debido al efectivo esfuerzo de los gobiernos para ocultar esa época postrevolucionaria en México.
La “ley Calles” consideraba como delitos actividades que no eran tales para cualquier persona no fanática antirreligiosa y con sentido común. Lo importante era justificar legal, penalmente, el ataque contra actos propios de una verdadera libertad religiosa, destruir una iglesia.
Esta decisión episcopal fue el resultado no solamente de la aplicación de una ley directamente redactada para perseguir legalmente al catolicismo en México, sino por innumerables hechos criminales cometidos por el gobierno durante mucho tiempo, con aplicaciones más que apegadas a los nuevos artículos de la Constitución de 1917, violentando o limitando los derechos humanos de libertad religiosa. Acciones persecutorias contra la iglesia, a nivel tanto jerárquico como seglar se volvieron hechos cotidianos, dentro y sobre todo fuera de la legalidad.
LAS PERSECUCIONES A LA IGLESIA
Desde tiempos de la Revolución, la iglesia ya era perseguida, y fue algo que se fue agravando cuando en diciembre de 1924 Plutarco Elías Calles asumió la presidencia de la república. La persecución contra todo lo católico por su gobierno, los crímenes, los asesinatos y otros ataques en contra de clérigos y laicos llegaron a tal extremo que muchos hombres católicos decidieron que la única forma de detener la persecución era levantarse en armas. Y así lo hicieron, iniciando la llamada guerra cristera o Cristiada. Y fueron apoyados por miles de heroicas mujeres.
La iglesia, a través de los siglos y lugares, ha sido perseguida, reprimida y acosada, por lo que las restricciones en su contra en la Ley Calles podían haberle permitido continuar realizando su vida a pesar de esas graves restricciones. No sería ni la primera ni la última vez, tal como acontece por ejemplo con la iglesia en China. Pero la persecución con muertes, despojos y otros crímenes era otra cosa.
EL POR QUÉ DE LA CRISTIADA
Lo que provocó el levantamiento armado cristero fue esa terrible persecución, totalmente fuera de las leyes y la ilegitimidad de las mismas. El gobierno callista atacó, secuestró y asesinó impunemente a muchos sacerdotes solamente por el hecho de serlo, así como a seglares que defendían el derecho a la libertad religiosa. Tras las limitaciones de resistencia civil, la cristiada fue la respuesta a esa terrible persecución, a los ataques a todo lo cristiano, a los homicidios y acoso a los católicos que solamente deseaban vivir su religión.
El gobierno, sus militares y civiles armados enfrentaron con superioridad militar, armamento y sostén de todo tipo a los cristeros pero nunca lograron vencerlos, ni siquiera reducir sus actividades de combate. Así, la guerra se prolongaba sin que se le viera posible término, con todos los esfuerzos del gobierno callista.
LOS “ARREGLOS” Y SUS RESULTADOS
Así llegamos a 1929. En diciembre anterior, tras el asesinato de Obregón, había asumido la presidencia interina de la república Emilio Portes Gil. Y algunos miembros del episcopado intentaron llegar a término con la persecución religiosa y por tanto de la defensa cristera, acabar la guerra y tratar de revivir en lo posible la actividad de la iglesia, renovar el culto. Y de esta manera, y con la intervención del embajador de Estados Unidos, D. W. Morrow, se llegaron a firmar lo que se conoce desde entonces como “los arreglos”, firmados entre dos obispos, Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz Barreto y el presidente Portes Gil el 21 de junio. Eso sin olvidar que tras ese presidente estaba el verdadero líder, Plutarco Elías Calles “el jefe máximo de la Revolución”. A nadie le convenía que la guerra cristera continuara.
¿Cuáles fueron los resultados de esos “arreglos”? Fueron varios, a corto y mediano plazo. El gobierno temperó en mucho la aplicación de la legislación anticatólica, sin derogarla por entonces. La jerarquía decidió sin problemas reiniciar los actos de culto. A largo plazo, sobre todo en la presidencia de Salinas de Gortari, hubo cambios muy significativos en las leyes, que nos llevaron a la situación actual.
El resultado para los cristeros no fue de su agrado, y por diversas razones. Si decidieron dejar las armas fue solamente por estricta obediencia, no por convicción de que esos “arreglos” resolvieran las cosas. Las condiciones del gobierno respecto a los combatientes se cumplieron de palabra pero no de obra. El costo para los cristeros que volvieron a casa fue terrible, pues miles de ellos fueron buscados, cazados y arteramente asesinados. Eso provocó nuevos levantamientos en lo que se llamó “segunda cristiada”, muy débil y sin posibilidades de éxito alguno.
Históricamente se puede afirmar que los obispos firmantes fueron engañados en relación con los cristeros. ¿Ingenuos? Creo que sí, y que lo hicieron sin tener consenso de otros obispos, ni con muchos líderes laicos ni con los jefes cristeros. Tal como narró el padre Heriberto Navarrete, que el arzobispo de Guadalajara le dijo que no sabía de los “arreglos”, que no había intervenido. ¿Que el Santo Padre quería que se terminara la guerra y la persecución? Así era, pero sin darles instrucciones de cómo negociar.
Cuando los jefes cristeros supieron los intentos de llegar a arreglos con el gobierno para terminar la resistencia cristera no estuvieron de acuerdo. Y eso lo manifestó en particular el general Enrique Gorostieta, jefe supremo de los cristeros. Ellos pensaban que eventualmente podían ganarle al gobierno si continuaban, y que al detenerse habría represalias, y vaya que las hubo. Pero Gorostieta murió unos días antes en un encuentro con fuerzas federales, él hubiera continuado la guerra a pesar de las órdenes del episcopado.
¿Podrían haber vencido al ejército? Viendo los hechos desde lejos, lo más posible era que no, por no contar con los recursos de todo tipo federales. Pero quizás podían militarmente haber llegado a una tregua para detener la persecución, y hasta continuar como se consideraban, la Guardia Nacional de Cristo Rey, armados, pero en paz. Lo que era cierto, es que con toda la superioridad de armas y pertrechos, el ejército no podía vencerlos hasta esos momentos.
UNAS CONCLUSIONES
El levantamiento de los cristeros fue un hecho de absoluta legítima defensa vista como se quiera. La persecución criminal del gobierno callista fue llevada dentro de la ley Calles y principalmente fuera de toda ley. Muchos mártires, sacerdotes y laicos fueron asesinados sin que hubieran cometido delito alguno y sin juicio. Eran personas totalmente inocentes. La resistencia a la persecución callista tuvo muchos héroes y mártires, la mayoría desconocidos históricamente.
¿Y los “arreglos”? Tuvieron algunos resultados positivos en que los gobiernos posteriores detuvieron sus crímenes contra la libertad religiosa. No cejó del todo el ataque a lo cristiano, sobre todo entre 1932 y 1937, y posteriormente mejoró la relación en cuanto a temas como la educación. Poco a poco, a través del tiempo, la aplicación de los preceptos constitucionales y de leyes secundarias se fueron atemperando.
¿Y PARA LOS CRISTEROS?
Pero para los luchadores armados de la cristiada el resultado fue más que trágico, frustrante, al ser hostigados, perseguidos y asesinados después, miles de ellos. Muchos se quejaron de haber sido traicionados, así se sintieron y lo expresaron, no por voluntad episcopal, sino por sus errores en “los arreglos”, por creerle a un gobierno traidor. Supuestamente amnistiados, se convirtieron en mártires inermes o perseguidos, acosados en vida con sus familias. Así, una cosa es necesario afirmar sin dudarlo, que el levantamiento cristero salvó a México de continuar la terrible persecución que venía sufriendo, que hubiera continuado bajo el llamado Maximato de Elías Calles.
