MÉXICO ESTÁ PERDIENDO LA ESCUELA

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El deterioro educativo y la urgencia 

de convertir nuevamente 

la educación en un compromiso nacional.
¡Feliz reinicio de cursos!

Hay crisis cuyos efectos se sienten inmediatamente. Una devaluación golpea el bolsillo. Una sequía destruye una cosecha. Una epidemia llena los hospitales.

El deterioro educativo es diferente: puede avanzar silenciosamente durante años antes de que una sociedad comprenda la magnitud del daño.

México parece encontrarse precisamente en ese momento.

El foro “Educación en México: daño de larga duración y agenda de reconstrucción”, celebrado en el Centro Asturiano de México, reunió a especialistas para analizar un fenómeno que debería preocuparnos mucho más de lo que actualmente nos preocupa: después de muchas décadas en las que el país consiguió incorporar progresivamente a millones de mexicanos a las escuelas, algunos indicadores fundamentales han comenzado a retroceder.

Los datos son difíciles de ignorar.

La cobertura de preescolar, por ejemplo, pasó de 72.3% en el ciclo 2018-2019 a 63.9% en 2024-2025. La cobertura de secundaria también es menor que hace algunos años. La pandemia agravó el abandono y, más preocupante todavía, la recuperación posterior ha sido insuficiente.

Pero estar sentado dentro de una escuela tampoco significa necesariamente estar aprendiendo.

En PISA 2022, México obtuvo 395 puntos en matemáticas, frente a un promedio de 472 entre los países de la OCDE. Apenas 34 de cada 100 jóvenes mexicanos de 15 años alcanzaron por lo menos el nivel básico de competencia matemática. Es decir, 66 de cada 100 quedaron por debajo.

No significa que esos muchachos sean incapaces.

Significa que el sistema no está consiguiendo desarrollar suficientemente las capacidades que necesitarán para estudiar, trabajar, resolver problemas y competir durante el resto de sus vidas.

Y eso constituye un problema nacional.

Otros países decidieron invertir en su gente

México no necesita copiar mecánicamente modelos extranjeros. Cada sociedad tiene su historia y su cultura.

Pero sí podemos aprender.

Singapur decidió hace décadas convertir la educación y la formación de su población en elementos centrales de su estrategia de desarrollo. Hoy encabeza las evaluaciones internacionales: en PISA 2022 obtuvo 575 puntos en matemáticas, 543 en lectura y 561 en ciencias.

Estonia, una pequeña nación que recuperó su independencia apenas en 1991, apostó por la profesionalización, la autonomía escolar, la preparación de sus maestros y la incorporación de la tecnología. Hoy, 85% de sus jóvenes alcanza por lo menos el nivel básico en matemáticas. En México lo consigue 34%.

Japón, Corea del Sur y otras naciones ofrecen historias diferentes, pero comparten una enseñanza: la educación no fue para ellas un programa sexenal. Fue un compromiso nacional sostenido durante generaciones.

Los resultados trascienden las calificaciones escolares. Educación significa también capital humano, productividad, innovación, movilidad social, capacidad científica y tecnológica.

Pero de esas experiencias surge igualmente una advertencia importante.

El dinero no educa por sí solo

Sería cómodo concluir que el problema mexicano se resolvería simplemente aumentando el presupuesto.

México necesita invertir más y mejor en educación. Existen escuelas deterioradas, comunidades marginadas y enormes carencias tecnológicas que requieren recursos.

Pero el dinero es una condición necesaria; nunca será una condición suficiente.

Una transformación educativa comienza por las personas.

México necesita recuperar y fortalecer la profesión magisterial: seleccionar bien a sus maestros, prepararlos rigurosamente, acompañarlos durante su carrera, actualizarlos continuamente y reconocer a quienes realizan un trabajo extraordinario.

Y necesita evaluarlos.

Evaluar no significa castigar.

Evaluar significa aprender.

Un sistema educativo que no quiere conocer sus resultados se condena a repetir sus errores.

Pero hemos cometido también otro error: concentrar casi toda nuestra atención en los maestros.

Una excelente escuela necesita un excelente director.

Dirigir una escuela significa conducir una organización humana compleja. Requiere liderazgo, pedagogía, administración, capacidad para manejar conflictos, trabajar con profesores y familias, utilizar información y comprender las nuevas tecnologías.

México debería construir una verdadera profesión de liderazgo educativo, preparando rigurosamente a directores y supervisores antes y durante el ejercicio de sus responsabilidades.

No deberían ser simples administradores de instrucciones provenientes de arriba. Deberían convertirse en líderes del aprendizaje.

La educación tampoco termina en la escuela

Quizá aquí se encuentre uno de nuestros mayores desafíos.

Durante demasiado tiempo hemos actuado como si educar fuera responsabilidad exclusiva de la Secretaría de Educación Pública y de los maestros.

No lo es.

Los padres educan. La familia educa. La comunidad educa. Los medios educan. Las redes sociales educan. Y ahora también educa —para bien o para mal— la inteligencia artificial.

Necesitamos ayudar a los padres a comprender cómo aprenden sus hijos, cómo acompañarlos, cómo detectar problemas y cómo utilizar responsablemente las tecnologías que ya forman parte de sus vidas.

Necesitamos educar también a las comunidades.

La alfabetización del siglo XXI no consiste solamente en saber leer y escribir. Incluye aprender a utilizar computadoras, internet e inteligencia artificial; distinguir información de desinformación; reconocer fuentes confiables; pensar críticamente y continuar aprendiendo durante toda la vida.

PISA tampoco es la educación

Los resultados de PISA son preocupantes y debemos tomarlos seriamente.

Pero sería otro error convertir las puntuaciones en el propósito de la educación.

Podríamos preparar alumnos extraordinariamente hábiles para contestar exámenes y, sin embargo, fracasar educativamente.

Una sociedad necesita personas capaces de pensar, preguntar, aprender, crear, colaborar, disentir respetuosamente, distinguir evidencia de mentira y reconocer la dignidad del otro.

Necesita responsabilidad, curiosidad y disciplina.

Necesita cultura.

Necesita valores.

Y necesita desarrollar algo que ningún examen puede medir completamente: el deseo de seguir aprendiendo durante toda la vida.

Reconstruir

Quizá el mérito principal del foro celebrado en el Centro Asturiano no sea solamente haber mostrado cifras preocupantes. Es haber colocado nuevamente sobre la mesa una pregunta fundamental:

¿Qué educación necesita México para las próximas generaciones?

La respuesta no puede pertenecer a un partido político.

Tampoco a un sindicato.

Ni siquiera a un gobierno.

Una verdadera transformación educativa requiere décadas y los gobiernos duran seis años. Los países que consiguieron transformar profundamente su educación hicieron algo que México pocas veces ha conseguido: mantuvieron compromisos fundamentales a través de gobiernos, partidos y generaciones.

México necesita recursos. Pero necesita también mejores maestros, mejores directores y supervisores, instituciones confiables de evaluación, tecnología puesta al servicio del aprendizaje, padres mejor preparados y comunidades comprometidas con la educación.

Sobre todo, necesita recuperar una convicción que alguna vez impulsó la extraordinaria expansión de su sistema educativo:

Educar no es un gasto del gobierno. Es una inversión de una sociedad en sí misma.

Porque cuando un país pierde educación no pierde solamente puntos en PISA.

Pierde productividad. Pierde oportunidades. Pierde movilidad social. Pierde capacidad científica y tecnológica. Pierde ciudadanía.

Y termina perdiendo algo todavía más importante:

su capacidad para construir su propio futuro.

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