El valemadrismo de la 4T: cuando el poder apuesta a que al ciudadano “le valga madre”

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México parece haber convertido el “me vale madre” en algo más que una expresión popular: en una actitud política. El valemadrismo, que Octavio Paz interpretó como una coraza de indiferencia frente a una realidad hostil, hoy puede observarse también como un peligroso mecanismo de supervivencia ciudadana: resignarse, acostumbrarse y terminar aceptando como normal lo que antes provocaba indignación.

Y ahí es donde la llamada Cuarta Transformación enfrenta una de sus mayores contradicciones.

La 4T llegó al poder prometiendo acabar con la corrupción, desterrar los privilegios y construir una nueva moral pública. Sin embargo, cuando el ciudadano observa escándalos, contradicciones, opacidad, inseguridad, funcionarios cuestionados o decisiones gubernamentales polémicas y no advierte consecuencias claras, aparece una pregunta inevitable: ¿se está construyendo una nueva cultura política o simplemente se está sustituyendo a unos privilegiados por otros?

El problema no es exclusivo de Morena. Pero Morena gobierna hoy buena parte del país y, por ello, tiene la responsabilidad de responder.

El verdadero peligro aparece cuando la sociedad comienza a pensar: “todos son iguales”, “nada va a cambiar”, “para qué denunciar” o “mientras no me toque a mí, me vale”.

Ese pensamiento es oro puro para cualquier gobierno que pretenda ejercer el poder con pocos contrapesos.

Jorge Portilla explicó cómo el “relajo” puede convertirse en una suspensión de la responsabilidad. Aplicado a la política, el fenómeno es todavía más preocupante: convertir cualquier cuestionamiento en ataque, cualquier crítica en conspiración y cualquier exigencia de rendición de cuentas en una supuesta defensa de los intereses de quienes perdieron el poder.

Así, el ciudadano termina atrapado entre la polarización y la resignación.

La 4T ha construido buena parte de su narrativa política sobre la división entre “el pueblo” y “los adversarios”. Pero una democracia saludable no necesita ciudadanos incondicionales del gobierno; necesita ciudadanos capaces de aplaudir cuando se gobierna bien y exigir cuando se gobierna mal.

El mayor triunfo de un régimen no sería que todos lo apoyaran. Sería lograr que la sociedad dejara de cuestionarlo.

Por eso resulta peligroso que la indignación social se desgaste. Cuando la corrupción deja de escandalizar, la inseguridad se vuelve estadística; cuando la opacidad se vuelve costumbre, la transparencia pierde sentido; cuando los abusos se justifican por la bandera partidista, la democracia comienza a perder contenido.

El valemadrismo, entonces, deja de ser una simple expresión coloquial y se convierte en un aliado involuntario del poder.

Porque mientras el ciudadano diga “me vale madre”, alguien más decide por él.

La verdadera transformación que México necesita no consiste en acostumbrarse al poder, sino en recuperar la capacidad de cuestionarlo.

Y quizá la pregunta más incómoda para la 4T —y para todos los mexicanos— sea ésta:

¿Hasta cuándo vamos a permitir que la indiferencia, la polarización y la resignación sustituyan a la responsabilidad ciudadana?

Porque una sociedad a la que todo le vale puede ser gobernada fácilmente.

Una sociedad que exige, cuestiona y no olvida, no.

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