La política del descaro: cuando la propaganda pretende sustituir a la realidad
La política siempre ha tenido una dosis de retórica. Prometer más de lo que se puede cumplir forma parte de una vieja tradición. Sin embargo, en los últimos años ha surgido un fenómeno más preocupante: el cinismo convertido en estrategia de gobierno.
Hoy pareciera que algunos gobernantes ya no buscan convencer con resultados, sino con narrativas cuidadosamente construidas para las redes sociales. La realidad deja de ser el parámetro de evaluación y es reemplazada por fotografías, videos, transmisiones en vivo e historias de Instagram donde todo luce perfecto, aunque la vida cotidiana cuente una historia completamente distinta.
La sátira resume con precisión este fenómeno. Mientras la contaminación persiste, se presume un futuro tecnológico que siempre está «a punto de llegar». Cuando el transporte público resulta insuficiente, la responsabilidad parece recaer en ciudadanos «impacientes» y no en quienes administran el sistema. Si el poder adquisitivo disminuye, la respuesta consiste en campañas de optimismo, colores llamativos y mercadotecnia política, como si los filtros digitales pudieran ocultar el impacto de la inflación sobre las familias.
Pero este fenómeno no es exclusivo de México. En distintos países observamos gobiernos que modifican indicadores estadísticos para presentar una reducción artificial de la pobreza, funcionarios que justifican aumentos de tarifas como si fueran políticas ambientales o regímenes que hablan de libertad de expresión mientras restringen sistemáticamente las voces críticas.
La constante es la misma: sustituir la rendición de cuentas por la comunicación política.
Cuando el relato importa más que los resultados, la propaganda reemplaza a las políticas públicas y la imagen termina desplazando a la gestión gubernamental. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse en espectador permanente de una campaña de promoción oficial.
Las redes sociales son herramientas extraordinarias para acercar a los gobernantes con la sociedad. El problema surge cuando se utilizan para construir una realidad paralela en la que los problemas desaparecen únicamente porque dejaron de mencionarse.
La democracia exige algo más que gobernantes populares en internet. Exige transparencia, resultados medibles, capacidad para reconocer errores y disposición para corregir el rumbo.
Porque el aire contaminado no se limpia con filtros fotográficos; los largos tiempos de espera del transporte público no se reducen con discursos motivacionales; el costo de la vida no disminuye con campañas publicitarias, y la pobreza no desaparece modificando definiciones estadísticas.
La historia demuestra que la propaganda puede ganar una conversación, pero nunca resuelve los problemas. Y cuando el descaro sustituye a la responsabilidad, el verdadero costo siempre termina pagándolo la ciudadanía.
