Copa del Mundo; del fomo a querer volar: Andrés Amaro

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Hace varios días que, para México, el Mundial ya no se trata de fútbol. Para quienes toman  avenidas, parques y plazas, es el redescubrimiento de lo colectivo. Tiene además un matiz de trascendencia. Especialmente los jóvenes, han encontrado que es el tipo de cosas que pasan una vez en la vida. O que si ocurre de nuevo ya no tendrán juventud. Entonces hay que beberlo todo. No perderse un trago. 

Por eso el fomo (fear of missing out o temor a quedarse fuera). El término procede de redes sociales y es cada vez más mencionado al explicar la razón de muchos para estar presentes. De ahí, las multitudes han transitado a la euforia. Al cielo posible. De preferencia con pecados. Caso contrario: imposible divertirse. Como aquellos a quienes arrojan al aire después de gritarles: ¡Quiere volar, quiere volar! 

Y volamos. Hasta la ilusión (“¿Y si sí?”). Aunque sepamos que ni siquiera se nos ocurrió a nosotros primero. Según una interpretación viral, Los Simpson la habrían anticipado desde 1997: en el capítulo 184, un partido entre México y Portugal determinaría la nación más grande del mundo. La realidad tiene límites. Pero la ilusión no. Porque dejaría de serlo. 

Un fenómeno revela la dimensión social que ha tomado la fiesta diaria: se disparó el impago de tarjetas de crédito de las personas. Porque uno no se detiene si la Nación está en juego. Este es el momento en que, desde un recuadro de nuestra escena, Limantour (José Yves, Ministro de Hacienda del porfiriato) enarca la ceja izquierda y se ajusta el monóculo. ¿Cómo así?, dice.

Más allá de cualquier reserva, el festejo multitudinario se ha legitimado como la forma actual  de demostrar mexicanidad. También ha desmentido la versión, especialmente esgrimida a propósito de la actividad política, en el sentido de que lo social no se expresaría ya a través de multitudes en la calle, sino de likes en plataformas digitales. Es la recuperación del sentido de colectividad,  réplica al individualismo, al dogma de que las cosas funcionan mejor si cada quien sobrevive como puede.

Mención aparte merece la participación de los jóvenes. Su pérdida del miedo a apropiarse del espacio público es real. No como la irrupción de la Generación Z a fin del año pasado. Los medios corporativos que en su momento inventaron esa insurrección Z evitaron mirar los contingentes de manifestantes más próximos a tramitar su credencial de Inapam que a acudir al after

En otra dimensión, el debate sobre la reaparición de las multitudes ahora da otra vuelta de carrusel a la sabiduría de Von Clausewitz: el futbol, no la guerra, es la continuación de la política por otros medios.

Al paso de la bandera de EU, durante la apertura del Mundial en el Estadio Azteca, retumbó un  abucheo. Podría explicarlo la memoria persistente por el despojo de nuestros territorios en 1848. 

Cuando surgió el TLC (hoy T-MEC) en 1992, sus impulsores modificaron la narrativa política y educativa sobre ese episodio clave. Para minimizarlo: son cosas que pasan. No funcionó. El agravio sigue siéndolo. Sería absurdo no comprarle o venderle cosas a un país vecino. Pero culturalmente no somos parte de lo mismo. 

Contrasta con ello el apoyo de mexicanos hacia la Selección de Irán en Tijuana. Sería solidaridad.  Por lo que el país de Medio Oriente ha sufrido. Pero la simpatía mutua, desconcertante por su espontaneidad, podría deberse a un fenómeno más profundo: que, aún separados por distancia, idioma, política o religión,  los miembros de civilizaciones milenarias, al encontrarse, se reconocen entre sí. 

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