Fútbol y política; destellos de optimismo
Está en circulación una frase que muestra un estado de ánimo social frente a la incertidumbre del resultado del juego México-Ecuador en los dieciseisavos de final del Mundial de Fútbol: ¿Y SI, SÍ?
Es una frase brillante en su aparente simplicidad. Tiene una carga psicológica y cultural tremenda, sobre todo en el contexto del fútbol hispanoamericano y, específicamente, el mexicano.
El aficionado/a promedio suele arrastrar un historial de decepciones futbolísticas (el famoso “jugamos como nunca y perdimos como siempre”). La frase reconoce implícitamente que el escenario lógico o probable es adverso o incierto. Sin embargo, en lugar de entregarse al derrotismo, abre una rendija a la épica. Es el triunfo del beneficio de la duda sobre la lógica.
Esa coma intermedia es crucial. No es un “¿Y si sí?” corrido y despreocupado. Ese “¿Y si…” es una pausa, un freno de mano a la negatividad. El “…sí?” final es un acto de fe, un destello de optimismo irreprimible. Es la verbalización del “sé que las probabilidades están en contra, pero en el fútbol nada está escrito”.
Funciona como un escudo colectivo contra la burla o el dolor del fracaso. Al plantearlo como pregunta y no como afirmación (“¡Vamos a ganar!”), el colectivo social se protege: si se pierde, ya se sabía que era difícil; pero si se gana, se activa la catarsis de haber creído en el milagro.
En resumen, es la síntesis perfecta de la esperanza contenida.
Llevar la frase del terreno deportivo al político es un ejercicio de disección social. El mecanismo psicológico es exactamente el mismo, pero con apuestas muchísimo más altas.
Si en el fútbol nos jugamos el orgullo en noventa minutos, en las urnas nos jugamos el rumbo de los próximos años.
La frase “¿Y si salen menos malos que los anteriores?” retrata a la perfección el pragmatismo doloroso del electorado actual. Ya no se vota desde la utopía o el idealismo ciego de encontrar al “líder perfecto”; se vota desde el control de daños. Es una esperanza madura, casi resignada, pero que aun así decide moverse. Es la ciudadanía diciendo: “Sé que el panorama no es idílico, pero me niego a renunciar a la posibilidad de una mejora, por mínima que sea”.
Al final, tanto en el estadio como en la casilla electoral, ese hilo de voz que se pregunta “¿y si, sí?” es lo que nos mantiene humanos, conectados y con la mirada puesta en el mañana. Es la eterna resistencia a darnos por vencidos.
Es el “SÍ” del aficionado cautivo, que representa la lealtad incondicional —y casi masoquista— del público. A pesar del fracaso histórico, de las promesas rotas y del evidente estancamiento, la afición mexicana vuelve a encender el televisor, vuelve a comprar la camiseta y vuelve a llenar los estadios en México y Estados Unidos. Es el “Sí, ya te di mi atención, mi dinero y mi pasión otra vez”. Es el consumo garantizado que sostiene a la industria.
Es el “Sí” de la promesa de escritorio, que se convierte en la eterna promesa de la directiva y las instituciones del fútbol (la FMF y la Liga MX). Es el discurso institucional postfracaso: “Sí, vamos a reestructurar… si el negocio lo permite”, o “Vamos a reducir extranjeros… si no afecta los contratos de transmisión”. El condicional no lo pone el ciudadano/aficionado como exigencia, sino que lo pone el sistema como un pretexto para dilatar los cambios estructurales (el ascenso/descenso, la exportación de jóvenes, etc.).
A diferencia de la política, en el fútbol la lealtad parece más profundamente arraigada, casi religiosa. Porque sobre la realidad, sobre las expectativas e incluso sobre la esperanza, se yergue la Fe. Y la Fe es ciega, es un acto supremo de confianza.
En la política, la esperanza se desgasta porque se mide con el bolsillo, con la seguridad, con los resultados o con las obras materiales. Es terrenal. Pero en el fútbol operamos en el terreno de lo sagrado. La transición del “¿Y si, sí?” (esperanza) al “Sí, si” (contrato) es casi imposible en la cancha porque el fútbol no es un servicio público; es una señal de identidad.
Cuando los partidos políticos fallan, cuando la economía aprieta y cuando las instituciones civiles nos quedan a deber, el fútbol y la religión se quedan como los únicos espacios colectivos capaces de generar certezas emocionales. Si pierde la afición la fe ciega en su equipo —esa capacidad de sufrir y volver a creer cada cuatro años—, está perdiendo uno de los pocos rituales de comunión y alegría colectiva que le quedan.
En México, el fútbol y la religión están trenzados. No es raro ver rosarios en las bancas, futbolistas persignándose al entrar a la cancha, o aficionados rezando un Padre Nuestro antes de un penal en una tanda de eliminación. Cuando la táctica del director técnico falla y la directiva traiciona, la afición mexicana no exige una auditoría: recurre al milagro. La fe futbolística se vive con la misma lógica que la fe religiosa: no se cuestiona al santo porque la petición no se cumplió; se reza con más fuerza la próxima vez.
Lo trágico de este esquema es que los dueños del balón lo saben perfectamente. Saben que, pase lo que pase en este Mundial, el “cheque en blanco” seguirá firmado. En la política, el temor a perder los apoyos sociales inhibe el cambio; en el fútbol, el temor a perder la identidad y la pertenencia es lo que paraliza cualquier boicot ciudadano contra el negocio de la Federación. Y la industria del fútbol vive de la esperanza de tod@s.
Anoche, mientras rodaba el balón frente a Ecuador, millones de mexicanas y mexicanos volvieron a creer. Si la Selección ganó, habrá quinto partido, con su correspondiente dosis de esperanza y sufrimiento. Si perdió, la ilusión quedará aplazada para el próximo mundial. En el fútbol, después de todo, tener fe es parte del juego.
En México, acudir a las urnas sigue siendo una negociación constante entre el miedo y el beneficio de la duda; pero ir al estadio (o prender la tele) es un acto de entrega absoluta. Si nos quitan la fe en el milagro futbolístico, nos quedamos desnud@s frente a la cruda realidad. Y entonces, efectivamente, solo nos queda mirar al cielo.— Mérida, Yucatán
dulcesauri@gmail.com
Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán
