“Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”

Augusto Monterroso

Al mismo tiempo que vivimos la esperanza de que la selección mexicana de futbol haga historia pasando al quinto, sexto partido o más allá, el México real sigue vigente: Madres buscadoras despreciadas por el poder, noticias cotidianas sobre más y más implicados en el huachicol fiscal, que se firmará el T-MEC solo por diez años con revisiones anuales, que la deuda sigue creciendo, la inseguridad no baja, las muertes siguen, etc. El mundial terminará, pero los problemas seguirán ahí. ¿Es válido tomarse un descanso, olvidarnos de lo malo y disfrutar al menos unos días de distracción futbolística? Que cada quien responda según su circunstancia. A lo mejor es sabio seguir el dicho popular “Un ojo al gato y otro al garabato”.

      Cada Mundial deja imágenes que parecen imposibles. Equipos considerados inferiores derrotan a potencias históricas, selecciones que nadie veía favoritas llegan a las instancias finales. Hoy en México millones de aficionados repiten una frase que sintetiza la esperanza: ¿Y si sí? Es la pregunta que desafía los pronósticos. La que invita a creer que, con esfuerzo, disciplina y determinación, cualquier resultado es posible. Durante noventa minutos, o un poco más, desaparecen diferencias sociales, ideológicas y económicas. Las y los mexicanos nos pintamos de verde, blanco y rojo. Se abrazan desconocidos, se suspenden reuniones de trabajo y millones comparten una misma ilusión.

      Pero vale la pena formular una pregunta más incómoda: ¿y si ese mismo espíritu lo lleváramos a la vida pública? ¿Qué pasaría si la energía que invertimos apoyando a la Selección Nacional la canalizáramos también para exigir mejores gobiernos, instituciones más sólidas y una democracia auténtica? ¿Y si la pasión deportiva se transformara en participación ciudadana? En México solemos creer que el cambio depende siempre de alguien más. Del próximo presidente, del siguiente partido político, del nuevo líder o de una reforma milagrosa. Mientras tanto, la ciudadanía observa desde las gradas de la política como si fuera un espectador más, esperando que otros resuelvan el partido. Sin embargo, las democracias no se construyen desde la tribuna. Se construyen en la cancha de la participación.

      Un aficionado sabe que ningún equipo gana sin entrenamiento, estrategia, liderazgo y compromiso colectivo. Resulta curioso que esa lógica tan evidente en el deporte parezca olvidarse cuando hablamos del país. Queremos seguridad sin exigir instituciones eficaces. Deseamos crecimiento económico sin vigilar el uso de los recursos públicos. Reclamamos justicia mientras aceptamos la impunidad como una costumbre inevitable. Quizá el verdadero «¿y si sí?» no tenga que ver con levantar una Copa del Mundo. Quizá tenga que ver con imaginar un México donde los ciudadanos voten informados y no manipulados; donde los gobernantes rindan cuentas; donde el mérito sustituya al amiguismo; donde la ley se aplique sin distingos; donde la corrupción deje de verse como una característica inevitable del sistema. Muchos responderán que eso es una utopía. Que México siempre ha sido así. Que nada cambiará.

      Hasta ahora, millones de mexicanos estamos convencidos de que la Selección puede derrotar a cualquier rival. Pocos califican esa esperanza como ingenuidad. Al contrario, es considerada una muestra de apoyo y confianza. ¿Por qué entonces resulta ingenuo creer que también podemos aspirar a un país mejor? La diferencia es que en el futbol basta con alentar durante noventa minutos. La democracia exige compromiso durante los 365 días del año. Implica informarse, debatir con respeto, exigir transparencia, participar en organizaciones civiles, en partidos políticos, denunciar abusos y comprender que ningún gobernante, por sí solo, resolverá los problemas nacionales.

      La historia demuestra que los grandes cambios no nacen únicamente de líderes carismáticos. Surgen cuando una sociedad decide dejar de ser espectadora para convertirse en protagonista. Quizá el mayor triunfo que México necesita no sea deportivo. Ojalá logremos en el Mundial lo que tanto anhelamos. Sin embargo, necesitamos ganar también otro campeonato: el de la legalidad sobre la impunidad; de la libertad sobre el autoritarismo; de la responsabilidad ciudadana sobre la indiferencia; del bien común sobre los intereses particulares.

      La próxima vez que gritemos o escuchemos el «¿Y si sí?», quizá valga la pena recordar que la mayor hazaña no consiste únicamente en ganar un torneo. Consiste en atrevernos a creer que también es posible construir un México más democrático, más justo, más eficaz y más libre. Ese sí sería un triunfo que lograrían no solo once jugadores, sino más de ciento treinta millones de mexicanos.

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