Reaprender a ser un padre cariñoso
En una larga y errónea tradición familiar, a los niños varones se les enseña una idea demasiado errónea de lo que es la afectividad para ellos. “Los hombres no lloran”, se les dice, se supone que son, que deben ser insensibles al dolor de las tragedias, las enfermedades, las derrotas y la muerte en familia, o entre sus amigos o en sus comunidades o hasta en la patria misma.
Se confunde la fortaleza de espíritu que a través de los siglos los varones han desarrollado para ser la fortaleza en donde vive su familia, su mujer, sus hijos, sus propios padres y abuelos y quizás hasta sus hermanos y hermanas, a quienes deben sostener anímicamente ante la adversidad o ante el simple y legítimo deseo de saberse queridos.
A los niños varones, a los adolescentes y jóvenes se les enseña, abierta o subrepticiamente, con intención o por simple tradición que la afectividad, la exposición de la misma es cosa de mujeres. Y muy caro se paga este error para la vida primero familiar y luego social.
Tras haber aculturizado a los varones a no ser afectivos, se les reclama que no hagan muestras de cariño a sus hijos, después de que son bebés (al parecer entonces está más que bien). Porque se les hace suponer que eso lo hacen las madres, las mamás, la hermanas, las tías, las abuelas, en fin las mujeres,
Muchas veces, la mayoría, los papás ven a sus hijos varones como hombres en formación, como una manera de continuar en ellos su masculinidad, como cada uno la entienda. Se supone que los varoncitos no necesitan demostraciones de afecto, ningún “te quiero mucho, hijo”, por ejemplo, sino tratar de enseñarles a crecer como hombres nada más. Pero luego no saben cómo tratar a sus hijas mujercitas, que tanto necesitan que tal como las madres lo hacen, se les prodiguen muestras de cariño en palabras, además de en acciones de apoyo y protección.
Y eso, lo del apoyo y protección se convierte en la aparente única función de ser padre, dar a su familia los medios de vida, ser proveedor de lo necesario, y que con eso ya han cumplido su paternidad. Es cierto que se espera que un padre trabajador provea a su familia de lo necesario de acuerdo a sus posibilidades. Aunque se enferme y se mate trabajando, pero que en la mesa familiar no falte “el pan de cada día”. Solo hasta allí. Mal, muy mal.
Pero así como los hombres cuando cortejan a una mujer a la que pretenden, y cuando llevan adelante un noviazgo la colman de bellas palabras, de halagos y muchos “te quiero, te amo”, por la deformación social de quitarle a los varones su derecho a la afectividad, en especial a demostrarla, los papás suelen ser muy parcos en demostrar con palabras a hijos e hijas el amor que les tienen en sus corazones. Un niño y en especial una niña nunca deben tener que preguntarse el por qué papá no les dice cada rato “te quiero mucho”, como sí lo hacen mamá y las abuelas.
A veces los papás orgullosos de los triunfos escolares, deportivos o artísticos, o los que sean de su prole pueden ser demasiado parcos en decírselos. En general las mujeres son mucho más expresivamente cariñosas con los niños y jóvenes, y hasta se deshacen en elogios y muestras de cariño. Y eso por la deformación cultural de que las muestras de afecto, en especial en la familia, son cosa de la madre mientras el padre se ocupa de darles medios de vida.
Y los abrazos, esos que las mujeres saben dar en abundancia en la familia, deben ser también costumbre paterna, un abrazo puede decir más que mil palabras, como se dice de las imágenes. Los miembros varones en la familia, en especial los padres deben ser enseñados y ellos mismos aprender el valor que para un corazón infantil o juvenil significa un abrazo cariñoso. Como esos que sí le dan a su amada mujercita, y hasta a sus buenos amigos.
Es muy importante que las familias, la sociedad dejen de deformar la mente masculina quitándoles el derecho a ser afectuosos en palabras y otras demostraciones de amor para su familia. A los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y hasta a los adultos varones se les ha de reconocer su derecho y su facultad de demostrar cariño en frases de amor paterno y en abrazos. Muchas veces los niños creen por lo mismo que no necesitan que su papá les diga “te quiero mucho hijo”, y más aún cuando las niñas esperan un gran afecto en palabras “bonitas” y apapachos de su papá.
Hay que reaprender a formar la mente masculina desde la niñez, para que los varoncitos se expresen amorosamente en sus familias y así continúen a hacerlo cuando sean adultos, padres de familia, buenos hijos, buenos hermanos, buenos cónyuges (esos que ya consiguieron que sus pretendidas se hayan casado con ellos). Que a sus padres, sus abuelos, sus tíos, sus sobrinos sepan decirles sin cohibirse “de hombre a hombre” “te quiero mucho”, sin creer que eso demerita su masculinidad, sino que al contrario, la fortalece.
Pero no solamente las familias deben educar a sus varoncitos en el derecho a ser afectivos, sino que los adultos varones deben reconsiderar su derecho a manifestar sus emociones y sus afectos, sus cariños hacia los suyos y a decirlo, a demostrarlo abiertamente, a repetirlo y volver a repetir frases como esa de “hijo, hijita, los quiero mucho, pero mucho, mucho”. Abrir sus corazones, sus mentes a una masculinidad afectuosa bien entendida a la que tienen derecho (y hasta deber) a vivir y expresar.
