El implacable paso del tiempo

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40 años después, México vuelve a ser sede de un Mundial y nos encontramos con una economía de crecimiento mediocre, así como con un escenario de incertidumbre frente a lo que es la renovación del tratado comercial con los dos países de Norteamérica.

Pasaron 40 años y México vuelve a ser sede de una copa del mundo, buen momento para reflexionar qué ha ocurrido en estas cuatro décadas. La apuesta fue mayúscula, los aires de cambios envolvían las estructuras económicas, políticas y sociales.

Caminábamos hacia una transición democrática, hacia la ampliación de derechos, el reconocimiento de la diversidad social y un cambio de paradigma económico.

En aquel 1986 México fue sede emergente debido a que Colombia había declinado la organización del Mundial. Argumentó que el país tenía otras prioridades antes que organizar una Copa del Mundo.

Las altas exigencias impuestas por la FIFA, sumadas a la difícil situación económica y, particularmente, al complejo escenario de seguridad y de polarización política que vivía Colombia, llevaron a esa decisión. El país enfrentaba conflictos severos que incluso se habían traducido en enfrentamientos armados.

México aceptó organizar el Mundial con apenas cuatro años de preparación, si bien tenía la experiencia de haber celebrado la Copa del Mundo de 1970. En el transcurso sobrevino el sismo de 1985, varios países levantan la mano para sustituir a México, debido a los devastadores efectos del desastre y a las fuertes críticas contra el gobierno por el pasmo que mostró durante los días posteriores a la tragedia. Sin embargo, México persistió en la organización de aquel Mundial.

Todo esto viene a colación, porque han transcurrido 40 años y debemos preguntarnos qué ha pesado con nuestro país. Realmente vivimos en condiciones económicas y sociales distintas.

Veníamos de un sismo devastador que cimbró a la capital de la República y las zonas colindantes. Dos años después se realizaron las cuestionadas elecciones de 1988, marcadas por denuncias de inequidad e incluso por acusaciones de fraude que impidieron la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República.

Posteriormente, en 1994, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Ese mismo año ocurrieron el levantamiento zapatista, el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, y meses después, en septiembre, el asesinato del que era el secretario general de ese Partido. Sin duda, 1994 fue uno de los años más complejos de la historia reciente del país.

Finalmente, en el 2000 vivimos por primera vez una alternancia presidencial surgida de las urnas, con la llegada a la Presidencia de la República de un candidato que no emana del PRI.

Ahora bien, 40 años después, México vuelve a ser sede de un Mundial y nos encontramos con una economía de crecimiento mediocre, así como con un escenario de incertidumbre frente a lo que es la renovación del tratado comercial con los dos países de Norteamérica. Además, con conflictos sociales no resueltos y sobre todo agravados por la inseguridad que vive el país.

Este 2026 nos encuentra ante la inauguración de un Mundial parcialmente organizado por nuestro país, en donde distintas voces buscan aprovechar la vitrina internacional para que sus demandas sean conocidas más allá de nuestras fronteras y para presionar al gobierno a fin de que sean atendidas.

El caso más visible, por su capacidad de movilización, es el de la CNTE. Sin embargo, ello no debe desdibujar la legítima manifestación de las madres buscadoras y ni la de otros grupos que enarbolan demandas que merecen atención y reparación.

La CNTE ha sido un bastión muy importante para Morena. El antecesor de la actual presidenta de la República construyó una alianza con esta agrupación sindical, que le permitió consolidar una base electoral relevante, particularmente en el Sureste del país.

Hoy la “Coordinadora” cobra esa deuda política haciéndose presente en diferentes plazas de la República y en particular en la Ciudad de México, mediante demandas imposibles de cumplir dado el alto costo económico y que además resultan regresivas si de calidad educativa hablamos.

El alto costo de aquella alianza política hoy lo enfrenta la presidenta y su gabinete, pero más allá de ello, las consecuencias para el país en los próximos años pueden ser devastadoras. Es el costo del pragmatismo político que empeñó el futuro de un país por los votos de una coyuntura, bajo la premisa de que la lealtad prevalecería sobre los intereses sectoriales.

Han pasado 40 años y ahora inician 40 días de un espectáculo del que despertaremos el próximo 20 de julio, entonces nuestros problemas seguirán ahí. Seguirán la inseguridad, la deplorable calidad educativa, la deficiencia del sistema de salud, los problemas de empleo y sobre todo las consecuencias de un crecimiento económico prácticamente inexistente.

Seguirán también las complejas relaciones con Estados Unidos y, particularmente, las tensiones derivadas de la percepción de que México no ha hecho lo suficiente para contener el avance del crimen organizado y la amenaza que este representa para la seguridad nacional y como para el vecino del norte. Un presidente Trump que incrementa constantemente la presión no hace sino agravar ese escenario.

Estos 40 años nos esbozaron un país distinto y si bien hubo cambios importantes —políticos, económicos y sociales—, también es cierto que hoy observamos signos de regresión que nos podrían remontar a 60 años atrás.

No pretendo ser un aguafiestas, pero después de estos 40 días de fiesta futbolera los problemas sociales, políticos y económicos del país seguirán ahí y lamentablemente agravándose. A disfrutar el Mundial de futbol, una pausa necesaria que no borrará la realidad nacional.

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