Una idea guía toda la historia: la del derecho
Kant

Uno de los males de nuestro tiempo es la simplicidad ideológica de reducir la confrontación política entre izquierdas y derechas. Esa es la causa principal de la polarización que complica el acuerdo y diluye la racionalidad en la deliberación pública. Hemos llegado a extremos tan absurdos que poco nos falta para hablar de una corrupción de izquierda y otra de derecha, como ya hacemos con las dictaduras y los Estados fallidos.

A mi juicio, los más empeñosos en ese encasillamiento son quienes se ostentan de revolucionarios o progresistas, pero que se niegan al análisis de los grandes problemas que afligen a la humanidad.

Motivados por un atavismo marxista, consideran que el derecho no debe ser acatado por ser una estructura de poder que favorece a la clase explotadora y no una herramienta de justicia. Habiendo sido una oposición antisistema, no tienen respeto por el orden. Además del resentimiento al equiparar la participación social como una lucha de clases con todo lo que eso implica.

Incurren en promesas populistas al ofrecer que, arribando al poder, todo cambiará para bien. Ni siquiera se detienen a realizar el beneficio de inventario para preservar lo que funciona. Para ellos nada bueno puede venir del pasado. Son adictos en demoler instituciones sin detenerse a considerar las consecuencias.

El fracaso de las autodenominadas izquierdas se ha evidenciado palpablemente en la inseguridad y en el precario desarrollo económico.

En nuestro caso, es ostentoso el derrumbe de la entelequia 4T. Con una actitud sectaria y excluyente y una clara predominancia de la impulsividad, ha dizque gobernado México en los últimos siete años y nos tiene en uno de los momentos más críticos de que se tenga memoria.

Deambulamos entre la impunidad al no sancionar conductas delictivas y el lawfare. Es decir, la ausencia del Estado de derecho, el uso de la ley de manera abusiva y facciosa para neutralizar a adversarios o competidores.

Asombra que ante los brutales desmanes en las protestas de grupos subversivos se responda que “no se va a caer en provocaciones” o que la dirigente del partido en el poder exprese que “México va por la vía democrática y pacífica, ha tenido un cambio de régimen sin corrupción y sustentado en el humanismo mexicano”. Como si eso fuera poco, el expresidente López Obrador escribe una carta a la que no se le encuentra, ni con la mayor creatividad, los fines que pretende seguir.

Nadie en su sano juicio puede afirmar que en México se cumple la ley. En este espacio he propuesto la aplicación del último artículo de la Constitución (136). El supuesto está dado: “En caso que cualquier trastorno público se establezca un gobierno contrario a los principios que ella sanciona, tan luego como el pueblo recobre su libertad, se reestablecerá su observancia”.

Como suele suceder con nuestros pésimos ordenamientos jurídicos, generan más cuestionamientos que certezas. Con una muy laxa interpretación, me atrevo a inferir que la única manera de “recuperar nuestra libertad” está en ganar la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, si es que aún tenemos un proceso electoral el año próximo y desde ahí intentar enderezar el alicaído sistema jurídico político mexicano.

La tarea es gigantesca y descomunal. En este espacio la he equiparado con la Revolución de Ayutla (1854), de circunstancias similares. De ninguna manera, dadas las aviesas maniobras para reprimir las voces disidentes, estoy sugiriendo acciones ilegales. Mi propuesta es agotar los recursos que la democracia ofrece.

Soy un irredento creyente de los cambios con gobernabilidad. Mis más admirados héroes son Mijail Gorbachov, Nelson Mandela, Adolfo Suárez, Raúl Alfonsín, Patricio Aylwin, Václav Havel. Todos ellos exitosos operadores de transiciones que mucho enseñan sobre el deber más entrañable de un político: evitar que las cosas empeoren. Dicho en palabras de León XIV, “Unir la acción histórica con la lucidez de la razón moral”.

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