El Mundial de la exclusión: Vito Saint Germain
Al directivo de la FIFA, al funcionario de migración o al especulador de entradas no les importa que el fútbol no haya nacido en un palco VIP sino en la calle. El soccer nació en los potreros de barro, en los callejones sin salida, en los patios traseros de las casas humildes donde niños sin dinero y con un balón roto —o algo que se le pareciera— inventaron el deporte más popular de la historia. Pelé aprendió a gambetear con una pelota de calcetines atados en los callejones de Três Corações. Maradona perfeccionó su zurda divina en los potreros de Villa Fiorito. Messi aprendió a dominar el balón en las calles de Rosario. Ronaldo pateó latas en Madeira. Ninguno llegó al fútbol en una alfombra roja.
Recordaba un compañero periodista que durante su estancia de cuatro días en Las Cañadas de Ocosingo, Chiapas, mientras hacía fila en medio de la selva con otros reporteros para entrevistar al Sub Comandante Marcos en 2001, los niños indígenas que nunca habían salido de ahí, que no conocían el mar decía él, estuvieron haciendo “trabajos” para los visitantes -limpiar sus cámaras, llevarlos al rio para asearse o hacerles una figura artesanal de madera- todo a cambio de una moneda para juntar 12 pesos. Cuando les preguntó por qué 12 pesos, lo llevaron a la pequeñita tienda del poblado y le mostraron lo que querían, una pequeña pelota de futbol de plástico, que eso valía, 12 pesos. Él se las compró y les pidió que guardaran lo juntado para la próxima. Jugaron hasta que el sol cayó, en guaraches y descalzos. Felices.
Con el futbol surgió un fenómeno de comunión e identidad tribal: la afición. Marea humana popular, de mil rostros, sin clase social definida, sin fronteras reales, que cada cuatro años une sus anhelos alrededor de once modernos gladiadores que visten la misma camiseta y lucen los mismos colores para encarnar las emociones, alegrías y tristezas de un país entero. El carpintero de Lagos y el médico de Dakar, el taxista de Bagdad y el estudiante de Montevideo o el bailarín de tango del barrio El Caminito en Buenos Aires, se funden en una sola identidad colectiva que trasciende cualquier límite social. La afición futbolera es, quizás, el único fenómeno de pertenencia que genuinamente no excluye a nadie por su condición económica, su raza, su religión o su pasaporte. Al menos lo era. El Mundial 2026 pretende romper ese pacto histórico. Y lo hace de manera sistemática, calculada y cínica. Los aficionados encontrarán diversas formas de estar presentes, su ánimo no será derrotado, aunque esté lastimado.
Directivos o usureros
Un estadio sin afición es un teatro sin público, una fiesta sin invitados, un toro castrado. La afición no es un accesorio decorativo del futbol. Es su razón de ser. Es el rugido que eriza la piel de los jugadores cuando entran al campo. Es el llanto colectivo cuando cae un gol en contra y el estallido de júbilo, también con llanto, que sacude las tribunas cuando la pelota cruza la red en el momento exacto. Es el canto que nace espontáneo en las gradas y se convierte en himno. Es la comunión más democrática que existe: por noventa minutos, todos son iguales bajo los mismos colores.
Esa afición es el abuelo que vio en el estadio a Pelé “tocar” milimétricamente la pelota a Jairzhino para que anotara el gol de la venganza ante Inglaterra en México 1970, para que Brasil ganara uno a cero y se encaminara a su tercer campeonato del mundo, y ahora lleva a su nieto al estadio por primera vez, emocionado por compartir ese sentimiento que le definió la vida entera. Es el grupo de amigos que ahorra durante meses para hacer el viaje para apoyar el equipo y vivir el relajo. Es la familia que se despierta de madrugada en Rio de Janeiro o se reúne a cenar en restaurante italiano en Berlín para ver el juego por televisión porque no puede pagar el boleto pero sí puede vivir y sufrir, al ver luchar a su equipo, la emoción inigualable de una victoria. Es el inmigrante que vive lejos de su tierra y que en cada partido de su selección recupera, por noventa minutos, el idioma de su infancia y el olor de su barrio. La afición es un conjunto social sin exclusiones, unido por un solo sentimiento: el de pertenecer.
Y precisamente a ese conjunto social, la FIFA y el gobierno de los Estados Unidos decidieron hacer todo lo posible para no invitarle al Mundial 2026.
La exclusión económica: el boleto como barrera de clase
Los costos de entrada son obscenos. Un boleto promedio para la fase de grupos cuesta 305 dólares. Para cuartos de final, 468. Para una semifinal, 913 dólares. Y para la Final, el precio promedio asciende a 1,408 dólares, con opciones de skybox que alcanzan los 4,309 dólares por cabeza. Sin embargo casi todos se fueron a reventa. Los precios ahí se multiplican por lo que usted guste. De tal manera que un boleto para semifinales más gastos dentro del estadio se calcula que pueden llegar a costar en promedio 11 mil 500 dólares, 200mil pesos mexicanos. A eso hay que sumar vuelos internacionales, hospedaje en ciudades donde la FIFA bloqueó masivamente las habitaciones para luego liberarlas a precios inflados, y los gastos cotidianos en uno de los países más caros del mundo, inalcanzables para el visitante de África, Asia o América Latina.
La Federación Inglesa (FA) lo dijo sin tapujos: los aficionados británicos, de primer mundo, enfrentan una factura de 7,000 libras esterlinas para seguir a su selección. La FA calificó esos precios como «escandalosos», anunciando conversaciones urgentes con la FIFA. Si esto es lo que sienten los ingleses, imagínese lo que representa para un aficionado iraquí, senegalés, boliviano o jordano.
Ante el escándalo generado por las críticas, la FIFA reaccionó con un gesto cosmético: lanzó boletos de 60 dólares para «aficionados». Migajas. Solo un pequeño porcentaje que no rebasa el 10 por ciento de cada estadio. En un torneo donde la proyección de facturación total supera los 8,911 millones de dólares —frente a los 6,319 millones de Qatar 2022—, ofrecer asientos simbólicos de 60 dólares es una maniobra de relaciones públicas, no una política de apertura a la afición. La diferencia de recaudación entre Qatar y este Mundial es de más de 2,500 millones de dólares adicionales. El negocio nunca fue tan grande. La inclusión, nunca tan pequeña. Y la distribución del ingreso lo confirma: de 46% en Qatar a 44% ahora en el 2026 por derechos televisivos, el 28% de patrocinios corporativos, pero destaca que del 15% de boletaje en Qatar la FIFA se fue al 34% ahora. Se le cargó la mano al aficionado, subrayando que la FIFA privilegió a segmentos de alta capacidad de compra dentro de los estadios y al “pueblo” fuera de las gradas: total lo tiene cautivo frente a la pantalla.
La exclusión racial: el pasaporte como condena
Debiera dar vergüenza. Más de una cuarta parte de los países clasificados tiene aficionados que enfrentan prohibiciones de viaje o restricciones severas para obtener visa estadounidense. Cuatro selecciones que jugarán en este torneo —Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal— están sujetas a las listas negras migratorias de la administración Trump. Sus ciudadanos tienen prohibido obtener la visa de visitante que las autoridades recomiendan para asistir al torneo. Además, Estados Unidos e Irán jugarán el mundial ambos enfrentados en una guerra sin rumbo.
La tasa de rechazo de visas supera el 40% para ciudadanos de once países participantes. Jordania tiene el 57% de rechazos; su propio presidente de la asociación de aficionados llevó 42 documentos a su cita y fue rechazado sin explicación. Irak suspendió sus servicios consulares por la guerra, de modo que Abdulla Adnan —un aficionado que soñaba con ver a su selección en su segunda Copa del Mundo histórica— gastó 1,800 dólares en boletos y viaje a Jordania buscando un visado que nunca llegó.
Julien Kouadio Adonis, vocero de la afición marfileña, formuló la pregunta que nadie en la FIFA quiere responder: «Ningún país europeo se ha enfrentado a este tipo de restricción. ¿Por qué África?» La respuesta impronunciable: hay pasaportes que abren puertas y pasaportes que las cierran. Al deporte de los que no tienen nada más que un balón, se le ha construido un torneo para los que tienen el pasaporte y la tarjeta de crédito correctos.
La abogada de inmigración Celine Atallah, con sede cerca de Boston, lo resumió con precisión quirúrgica: «El sistema de visados es el guardián invisible del Mundial.» La FIFA puede vender entradas, pero el gobierno de Estados Unidos decide quién puede asistir. Y la CBP —la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza— decide, ya en la frontera, quién entra de verdad. Incluso con visa en regla.
La exclusión política: el Mundial de Trump y Maga
Y luego está la política. Gianni Infantino eclipsando incluso a los líderes de México y Canadá, uso a la FIFA como escaparte para la vanagloria del poder personal de Donald Trump. Lo premió con adalid de La Paz.
El contexto geopolítico para el torneo es, sencillamente, sin precedentes. Una Tercera Guerra del Golfo en curso. Cuatro participantes directamente involucrados en el conflicto: Estados Unidos, Irán, Arabia Saudí y Qatar. Rusia excluida por su guerra en Ucrania y a Ucrania por su guerra con Rusia. Pakistán y el Congo sancionados administrativamente. Eritrea se retiró voluntariamente de la clasificación por miedo a que sus propios jugadores pidieran asilo político durante los partidos.
Más de 120 organizaciones civiles emitieron una advertencia coordinada a los cinco millones de potenciales visitantes sobre el riesgo real de detención arbitraria dentro de la unión americana, deportación sin garantías y negación caprichosa de entrada. Los sindicatos de trabajadores de estadios en Los Ángeles lanzaron la campaña “No ICE in The Cup”. En Dallas se reparten kits de defensa legal. El miedo a los prepotentes policías de migración es un ingrediente de este torneo.
Un Mundial sin afición popular es un toro capado. Tiene la apariencia del animal bravo, conserva sus cuernos y su tamaño, pero le falta lo que lo hace temible. Los estadios se llenarán, sí, pero con ejecutivos en palcos de 4,300 dólares, con turistas de primer mundo que llegaron sin impedimentos con su ESTA (Electronic System for Travel Authorization) de 40 dólares, para los afortunados ciudadanos de los 42 países con exención de visa. Habrá espectáculo. Habrá goles. Habrá transmisiones que romperán récords de audiencia porque el mundo entero lo verá por televisión —ese 34% de facturación que la FIFA ya tiene asegurado— desde la misma distancia: la pantalla.
Pero muchos aficionados que soñaban con ver a su selección no estarán. El presidente de la afición jordana, Abu Kass, lo dijo con una claridad: «Este Mundial no es para los árabes». Ni tampoco para muchos otros.
El fútbol es el deporte más popular del mundo precisamente porque nunca necesitó dinero para jugarse. Nunca necesitó pasaporte. Nunca preguntó de qué país venías ni qué color tenías. Necesitó una pelota —o algo que se le pareciera— y una calle o un espacio terregoso. Lo que la FIFA y la administración Trump han construido para 2026 es la negación de esa esencia fundacional para intentar convertirlo en un espectáculo de lujo para consumidores segmentados por su ingreso y capacidad de compra. Esto no es la fórmula uno.
Los grandes Mundiales los hizo la gente. Los hizo la marea celeste y blanca de Argentina desbordando las calles de Buenos Aires. Los hizo el amarillo y verde de Brasil cubriendo cada rincón de un país que se paraliza por su selección. Los hizo el rojo de Marruecos en Qatar, quebrando todos los pronósticos, rodeado de una afición que lloraba de orgullo y pertenencia. Los hizo en un amplio sentido el pueblo de cada país.
Quieren que el fútbol de la espalda al pueblo para solo hacer de él un producto financiero. Un evento corporativo. El Mundial 2026 será el más lucrativo de la historia. Habrá que quitárselo a la FIFA en la celebración callejera. En el bar, en la reunión de cuates y familia. Será un golazo.
