Prevención de enfermedades y coordinación institucional
En el ámbito de la salud pública, cuatro siglos pueden representar mucho o poco tiempo, dependiendo de los avances y rezagos que se tomen como referencia. En los albores de la sociedad novohispana del siglo XVII, las enfermedades de la población de la Ciudad de México estaban asociadas principalmente a los cambios climáticos, la escasez y contaminación del agua, las hambrunas, las epidemias y los padecimientos virales.
De acuerdo con el historiador Antonio Rubial (2005), en la Historia de la vida cotidiana en México, Tomo II, La ciudad barroca, la atención de las personas enfermas recaía principalmente en las juntas de caridad y las órdenes hospitalarias vinculadas a la iglesia que, bajo el voto de hospitalidad, brindaban atención médica, alimentación, asistencia, abrigo, medicamentos, traslado y servicios funerarios.
El Ayuntamiento de la ciudad era responsable de prevenir enfermedades mediante el abastecimiento de agua, la recolección de basura y la limpieza calles, canales, cloacas y drenajes. Asimismo, realizaba el control sanitario sobre panteones, cementerios, hospitales, boticas y establecimientos de alimentos y bebidas, como mercados, fondas, rastros y pulquerías. A estas funciones se sumaba el Protomedicato, instancia encargada de supervisar los asuntos relacionados con los tratamientos médicos y la salud pública. Sin embargo, en aquella época la duplicidad de funciones entre ambas instancias dificultaba el cumplimiento de estas tareas (Rubial, 2005).
Tras poco más de un cuarto del siglo XXI, los avances científicos, tecnológicos y administrativos han permitido resolver buena parte de los problemas que afectaban a la población del pasado. Sin embargo, esta comparación con el siglo XVII muestra que la prestación de servicios básicos, el control sanitario, la vigilancia médica y la coordinación institucional, siguen siendo las principales funciones para la prevención y atención de enfermedades. Por tanto, estas actividades deberían tener un reconocimiento prioritario en la agenda pública para enfrentar los nuevos retos epidemiológicos de la sociedad.
Al respecto, de acuerdo con el INEGI (2025), las tres primeras causas de muerte a nivel nacional, tanto para hombres como para mujeres son las enfermedades del corazón, la diabetes mellitus y los tumores malignos. Sin embargo, el análisis de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM, INEGI, 2024), revela la necesidad de atender preventivamente de manera diferenciada ciertas enfermedades cuya prevalencia es mayor en las mujeres que entre los hombres: la hipertensión, la diabetes y la artritis.
Desde este enfoque diferenciado, la prevención también debería reconocer que la obesidad y los síntomas depresivos constituyen dos condiciones de salud que afectan con mayor proporción a las mujeres que a los hombres. En 2024, 33.1% de las mujeres de 50 años y más presentó cinco o más síntomas depresivos, mientras que entre los hombres la prevalencia fue del 17.1%. La presencia de síntomas depresivos aumenta conforme avanza la edad. Entre las mujeres, la prevalencia pasa de 32.4% por ciento de 50-59 años, a 42.3% entre quienes tienen 80 años o más.
Por el contrario, el consumo de tabaco y alcohol es significativamente más frecuente entre los hombres. En el primer caso, el consumo alcanza el 24.2% de las personas de 50 años y más, porcentaje que disminuye hasta los 80 años y más. Respecto al alcohol, entre 2012 y 2024 la proporción de personas de 50 años y más aumentó de 39.4% a 46%. Destacándo el consumo alcohol del 50% de los hombres entre los 50 y 70 años, el 38% hasta los 79 años y el 24% a partir de los 80 años y más.
Ante esta realidad, resulta pertinente cuestionar si México ha fortalecido sus capacidades institucionales para garantizar que el control sanitario, la vigilancia médica y la coordinación institucional, evolucionen de manera dinámica al perfil epidemiológico y a los desafíos que plantea la salud de la población a futuro.
