Michigan tuvo urnas; Nuevo León tendrá encuesta
Dos maneras de escoger candidato
El 4 de agosto, mientras en Monterrey siete aspirantes de Morena esperaban que alguien en la Ciudad de México les indicara cuándo se levantará la encuesta que decidirá sus carreras, en el estado norteamericano de Michigan un millón y medio de ciudadanos fue a votar. Abdul El-Sayed, exdirector de salud pública del condado de Wayne y miembro destacado del ala izquierda del partido demócrata, derrotó a la congresista Haley Stevens por poco más de diecinueve mil sufragios: 735,625 contra 716,222, con el 95% del conteo.
La contienda fue tan cerrada que ni el ganador ni el perdedor sabían el resultado, y ambos tuvieron que esperar a que se contaran los votos. Ese es un lujo institucional que Morena, en Nuevo León y en las dieciséis entidades restantes donde realizará encuestas, ha decidido no darse. La madurez de la democracia mexicana está lejos de llegar, Morena y los demás partidos siguen practicando fórmulas verticales, poco transparentes en donde el factor de la figura del “Jefe (o Jefa) político” siguen dictando el camino.
Lo que Morena resolverá en Nuevo León es la designación del candidato a la gubernatura. El resto es una simulación amparada en un título cursi y barroco, Coordinación de Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional. Figura cuya solemnidad está calculada precisamente para que un procedimiento estrictamente electoral parezca un asunto doctrinal. La retórica no es adorno.
La simulación tiene una función administrativa muy concreta. Al no ser formalmente un proceso de selección de candidatura, el ejercicio se sustrae de los plazos y las reglas de precampaña que fiscaliza la autoridad electoral, elude el escrutinio sobre gasto y propaganda, y deja en suspenso la aplicación de los criterios de paridad. Siete personas llevan meses recorriendo el estado, colocando propaganda y disputándose posiciones bajo una figura jurídica que sostiene que no están haciendo campaña.
En Michigan también hubo eufemismos, pero no sobre el objeto: Stevens contaba con el respaldo privado de Chuck Schumer, de Kirsten Gillibrand y del comité de campaña senatorial demócrata, y ese respaldo no le alcanzó. El aparato tenía su preferido; el aparato perdió. La frase con la que Stevens cerró su concesión resume una cultura política entera: “para eso existen las primarias”.
Cuatro diferencias
Primera: quién es el electorado. En Michigan votó quien quiso votar —la primaria es abierta— y la elevada participación fue el factor que empujó a El-Sayed. En Nuevo León “votará” una muestra. No la militancia, no los simpatizantes registrados: una muestra estadística de tamaño no anunciado, seleccionada por un instrumento no publicado. En Sonora la dirigencia informó que el levantamiento sería domiciliario entre militantes; en Nuevo León no se ha precisado nada equivalente. El sujeto del ejercicio democrático es, literalmente, una incógnita metodológica.
Segunda: la verificabilidad. El conteo de Michigan fue público, acta por acta, con juntas de escrutinio, plazos de recuento y tribunales disponibles. La encuesta de Morena no tiene actas. No se publica la casa encuestadora, ni el cuestionario, ni el tamaño de muestra, ni los cruces, ni el margen de error. Se publica el nombre del ganador. Para dimensionar la asimetría: el sondeo público más serio disponible sobre la interna neoleonesa —el de CE Research del 19 de julio— trabajó con 400 entrevistas telefónicas y ±4.9 puntos de error, y ese estudio sí publicó todo. Si el mejor ejercicio abierto tiene ese margen, la pregunta obvia es qué margen tiene el cerrado y por qué nadie puede saberlo.
Tercera: la impugnabilidad. El diputado con licencia Jesús Alberto Elizondo ya impugnó la convocatoria por el requisito de edad. ¿Ante quién? Ante la Comisión de Honestidad y Justicia del propio partido. Quien organiza es quien juzga, y quien juzga es quien designa. En Michigan, El-Sayed y Stevens habrían podido recurrir a autoridades ajenas al partido. La diferencia entre un árbitro externo y un árbitro interno no es un tecnicismo: es la definición operativa de qué significa que un proceso sea auditable.
Cuarta: el calendario. La convocatoria estatal fijó como fecha máxima el 31 de diciembre de 2026. El secretario general estatal dijo que se levantaría al concluir el Mundial. Esta semana, Ariadna Montiel y Citlalli Hernández informaron a los aspirantes que sería a finales de agosto o principios de septiembre. Tres fechas en tres meses, todas anunciadas desde arriba, ninguna vinculante. En Michigan la fecha era el 4 de agosto desde que la ley lo estableció, y nadie —ni Schumer— podía moverla.
Si el resultado de Michigan muestra que el aparato puede perder, el ascenso de la popular congresista por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez -AOC- muestra algo más difícil: que en un sistema abierto las jerarquías se reordenan en público y en tiempo real.
En julio, la encuesta Granite State de la Universidad de New Hampshire —648 votantes probables de primaria demócrata— colocó a Ocasio-Cortez al frente del campo presidencial de 2028 con 22%, un punto arriba de Pete Buttigieg (21%), seguidos por Mark Kelly (9%), Gavin Newsom (8%), Bernie Sanders (6%) y, en séptimo sitio con 5%, Kamala Harris. La excandidata presidencial de 2024, la mujer que encabezó la boleta hace veinte meses, quedó por debajo del margen que separa a los punteros. En mayo, Atlas Intel había medido lo mismo a escala nacional: Ocasio-Cortez 26%, Buttigieg 22.4%, Newsom 21.2%, Harris 12.9%.
Conviene la honestidad estadística: no todas las mediciones coinciden. Lake Research Partners, también en mayo y con simulación de voto preferencial, encontró a Harris en primer lugar con 25% y a Ocasio-Cortez en cuarto con 9%. El punto del ejercicio, sin embargo, no es determinar quién ganaría. El punto es que la discusión ocurre a la vista de todos, con metodologías publicadas y contradictorias, y con un mecanismo institucional —la primaria— que en 2028 va a dirimir la selección con votos y no con comunicados.
Y aquí conviene recordar que en 2024 el Partido Demócrata sustituyó a su candidato presidencial sin que se emitiera un solo voto: Joe Biden se retiró en julio y Kamala Harris fue ungida por aclamación de delegados. El resultado electoral de esa decisión está a la vista, y el propio comité nacional demócrata tuvo que publicar después una revisión de la derrota. Es decir: el sistema de primarias funciona cuando se usa; cuando el aparato encuentra la puerta trasera, produce vicios.
Ese matiz no debilita la comparación. La refuerza. La caída de Harris al 5% en New Hampshire y el triunfo de El-Sayed sobre el candidato de Schumer son dos caras del mismo mecanismo: un sistema donde la base puede castigar a la dirigencia. Ese mecanismo, en la interna morenista de Nuevo León, no existe. No es que funcione mal. no está previsto.
En Morena, en el PRI, PAN, Movimiento Ciudadano, PT, son élites cupulares las que mandan argumentan, con razón jurídica, que la ley mexicana permite a los partidos elegir su método interno y que la encuesta es un procedimiento legal, que ha producido resultados que las dirigencias no deseaban. Todo eso es cierto. La crítica no es de legalidad.
Dirá también que las primarias abiertas tienen costos: son caras, dependen del dinero de donantes, movilizan participaciones bajas y a veces entregan candidatos menos competitivos —ese fue exactamente el argumento del establishment demócrata contra El-Sayed en un estado que Trump ganó en 2024, y es un argumento serio que se resolverá en noviembre.
Lo que no puede decir Morena es que su método sea equivalente. Un procedimiento en el que el universo de consulta es secreto, el instrumento es secreto, el conteo es secreto, la fecha es discrecional, el árbitro es parte y el cargo que se disputa se llama distinto de lo que es, no es una versión imperfecta de una elección. Es otra cosa. Es una designación con coartada demoscópica.
Morena nació, entre otras cosas, como una impugnación al dedazo. Es la genealogía que reivindica en cada aniversario. La encuesta fue la respuesta que el movimiento dio a esa historia: un método que, en su diseño original, prometía sustituir la voluntad del jefe por la preferencia del pueblo. Treinta años después de que el PRI perdiera el monopolio de la designación vertical, el partido que lo desplazó elige a sus candidatos mediante un instrumento que ninguna autoridad externa puede verificar y que ningún ciudadano puede impugnar.
Michigan votó el 4 de agosto y tardó treinta horas en saber quién había ganado, porque contar votos toma tiempo. Nuevo León sabrá su resultado en cuanto la dirigencia nacional lo anuncie, y no tardará nada, porque anunciar no toma tiempo.
Esa es toda la diferencia.
