Cuando los partidos olvidan quiénes son: Carla Castillo Camarillo
La democracia no se debilita únicamente cuando una elección es cuestionada o cuando las instituciones enfrentan una crisis. También comienza a erosionarse cuando los partidos políticos dejan de representar las ideas que les dieron origen y quienes llegan al poder olvidan los principios que prometieron defender.
Los ciudadanos votan por personas, pero también por proyectos. Detrás de una candidatura existe una plataforma, una historia, una visión de país y una serie de valores que permiten distinguir una opción política de otra. Cuando esa identidad desaparece en el ejercicio del poder, la representación pierde sentido.
En Acción Nacional, la doctrina humanista coloca a la persona en el centro de la acción pública. Defiende la dignidad humana, el bien común, la participación ciudadana, la subsidiariedad, la solidaridad y la responsabilidad en el ejercicio del poder. Estos principios no son un discurso para las campañas electorales; constituyen el compromiso que asumen quienes deciden representar al partido desde un cargo público.
Sin embargo, cuando un gobernante o un legislador emanado de Acción Nacional actúa de manera contraria a esos principios, el daño trasciende su administración o su periodo legislativo. La ciudadanía difícilmente separa a la persona del partido que la postuló. Cada decisión incongruente termina afectando la credibilidad de toda una institución y alimenta la percepción de que todos los partidos son iguales.
Esa idea representa uno de los mayores riesgos para la democracia. Cuando los ciudadanos dejan de encontrar diferencias entre las alternativas políticas, disminuye la confianza en las instituciones, aumenta el desencanto con la participación pública y crece la tentación de respaldar proyectos que prometen soluciones inmediatas a costa de debilitar los contrapesos democráticos. La apatía y el abstencionismo también encuentran terreno fértil cuando la política deja de ofrecer opciones auténticas.
Ser militante o representante de Acción Nacional implica una responsabilidad que va más allá de ganar elecciones. Significa demostrar, con decisiones concretas, que es posible gobernar con una visión distinta: escuchar antes de decidir, ejercer el poder con humildad, fortalecer la participación ciudadana, rendir cuentas y entender que la autoridad existe para servir al bien común.
La congruencia no es un valor accesorio; es la condición que mantiene vivo el vínculo entre la ciudadanía y la representación política. Cada vez que un servidor público actúa conforme a los principios que lo llevaron al cargo, fortalece la confianza democrática. Cada vez que los abandona, debilita no solo a su partido, sino también a la democracia misma.
México necesita partidos fuertes, pero sobre todo partidos congruentes. La fortaleza de una democracia depende de que existan opciones políticas claramente diferenciadas por sus ideas, sus principios y su forma de gobernar. Si los partidos renuncian a esa identidad, dejan de ser instrumentos de representación para convertirse únicamente en vehículos de acceso al poder.
La democracia requiere competencia electoral, pero también convicciones. Y la mejor manera de defenderla es que quienes reciben la confianza ciudadana gobiernen con la misma identidad con la que solicitaron el voto.
