Decencia en el Gobierno
publicado en El Norte el 4 de julio 2026
Cuando un Gobierno pierde el sentido del servicio, todo comienza a deteriorarse: las instituciones se debilitan, la confianza desaparece y la ciudadanía aprende que la ley vale menos que las relaciones personales. La corrupción no es solo el robo de recursos; también es el abuso cotidiano, la soberbia del funcionario y la indiferencia hacia quienes dependen del Estado para vivir con dignidad.
La indecencia se ha normalizado. Miles de servidores públicos honestos trabajan bajo un ambiente de miedo, humillación o sumisión. Permanecen porque necesitan conservar su empleo, mientras observan cómo las cabezas concentran sus esfuerzos en construir poder político, repartir privilegios o asegurar su permanencia en el cargo. Cuando el mérito deja de importar y la lealtad política sustituye a la capacidad, el Gobierno deja de ser una institución para convertirse en un instrumento de facción.
No es un problema exclusivo de un partido. México ha vivido la alternancia durante décadas, pero la cultura política ha cambiado mucho menos que los Gobiernos. La competencia electoral no ha producido mejores Administraciones porque muchos partidos comparten los mismos incentivos: ganar elecciones, conservar posiciones, negociar en lo oscuro, robar y mantener estructuras de poder. Las ideologías terminan siendo irrelevantes cuando el objetivo deja de ser servir y pasa a ser permanecer.
Como sostiene Mark H. Moore, la misión del Gobierno es crear valor público. Cuando la energía de los gobernantes se concentra en ganar la siguiente elección en lugar de resolver los problemas de la gente, el Estado deja de servir al ciudadano y comienza a servirse de él. En la misma línea, Michael Sandel advierte que una democracia no puede sostenerse únicamente sobre reglas e incentivos; necesita gobernantes comprometidos con el bien común. Cuando el poder se convierte en un medio para enriquecerse o perpetuarse, la política pierde legitimidad.
La verdadera tragedia es que romper esta dinámica resulta difícil. Quienes llegan al poder suelen encontrar estructuras diseñadas para proteger intereses. Cambiar implica enfrentarse a redes políticas, burocráticas y económicas que sobreviven a las Administraciones. Además, la ciudadanía exige honestidad, pero con frecuencia tolera prácticas clientelares cuando producen beneficios inmediatos. Así, la indecencia termina convirtiéndose en un equilibrio perverso donde casi todos pierden, pero pocos se atreven a romper las reglas.
Sin embargo, existen ejemplos que demuestran que otro camino es posible. Singapur construyó una Administración profesional donde el mérito pesa más que la cercanía política y la corrupción se castiga sin excepciones. Nueva Zelanda y Dinamarca fortalecieron la transparencia, la rendición de cuentas y un servicio civil basado en capacidades, alcanzando altos niveles de confianza ciudadana. Ninguno logró estos resultados con discursos moralistas, sino mediante instituciones que hacen más rentable actuar con integridad que abusar del poder.
México y Nuevo León necesitan urgentemente una reforma ética. Profesionalizar el servicio público, erradicar el uso patrimonial de los cargos, encarcelar políticos corruptos y ladrones, proteger a quienes denuncian abusos, evaluar el Reformadesempeño con criterios objetivos y fortalecer la transparencia son pasos indispensables que no se ven por ningún lado.
La decencia no es ingenuidad; es la condición indispensable para que un Gobierno produzca resultados. Un funcionario que respeta a las personas administra mejor los recursos; un líder que escucha toma mejores decisiones; un servidor público que entiende que su cargo es temporal deja instituciones más fuertes que su propia carrera.
Los países no cambian cuando aparecen gobernantes perfectos. Cambian cuando la sociedad deja de aceptar la indecencia como el precio inevitable del poder.
Ese día, la política deja de ser un negocio como hoy y vuelve a convertirse en su vocación más noble: servir a los demás con honestidad, respeto y dignidad.
