En cuanto se deja oír la voz del deber, se acaban los cantos de sirena de la felicidad
Kant

Es de lamentar la carencia de instrumentos científicos que permitan predecir cómo se comportan las personas con poder. Elegir hombres y mujeres para cualquier oficio siempre será tarea de alto riesgo. Es un atributo escaso que solamente se obtiene con experiencia e intuición. Exige vencer las tentaciones de favorecer a quienes son expertos en simular lealtades, pagar favores o simplemente inclinarse por subalternos que carezcan de luz propia como consecuencia de debilidades de carácter. Desde luego, habrá que agregar el inefable nepotismo que no permite ninguna ponderación de méritos ni de perfiles.

En nuestro caso, son contadas las generaciones de nuestra clase política que supieron enfrentar los retos de su tiempo. La degradación que hemos padecido es profunda. En el caso de los partidos que tienen la delicada función de postular candidatos, el criterio preeminente ha sido la habilidad ajena a principios éticos para ganar elecciones. El ambiente que están revistiendo las contiendas por el poder es cada vez más primitivo, con una alta dosis de desasosiego.

Basta mencionar algunos eventos vergonzosos: el grotesco debate sobre la entrevista de Carlos Monsiváis; la salvaje golpiza de un funcionario público a su esposa, personaje a quien jamás se le debió designar para un cargo de alta responsabilidad; los procesos internos de las organizaciones para montar una gran farsa en el ungimiento del trabajo más trascendente de la democracia: convencer ciudadanos; la impunidad galopante en todos los órdenes de gobierno; las iracundas declaraciones de nuestro vecino del norte; el discurso vacío, incongruente e insustancial.

Todos los días se frustra la esperanza de que ya tocamos fondo.

Me alienta la creación de un nuevo partido político. Rostros conocidos, pero también jóvenes que generan confianza. Auguro que será una opción viable. El esfuerzo para obtener el registro fue titánico. Bien lo decía Carlos Marx: “La tarea de la historia (…) es establecer la verdad del acá, después que haya sido disipada la verdad del allá”.

El primer problema son los aspirantes a los puestos en disputa. Requiere una deliberación ética, no simplemente el anhelo irreflexivo. Me recuerdan a Juan Belmonte, quien, ante el grito de un aficionado preguntando qué se necesitaba para ser buen torero, contestó “Parecerlo”. Lo mismo sucede en todas las profesiones. Ortega y Gasset fue pionero en señalar la percepción de incompetencia, conocido como el principio de Lawrence Peter, quien afirmaba que los empleados son promovidos continuamente hasta llegar a un nivel para el que no están capacitados. Algún priista decía: “Los hombres en la política que no dan, simplemente no dan; no los exprimas”. De ahí deriva otro problema, persuadir a quienes no deben participar.

Los tiempos venideros son de cumplir deberes. Todos tenemos una vocación, el reto es atinarle. Hay quienes saben patear una pelota, pero gobernar es algo muy diferente.

La ciudadanía debe poner el ojo en la condición humana. Willy Brandt, líder alemán de la socialdemocracia, manifestaba ser protestante. En 1970 tuvo un gesto auténtico, a mi juicio. En Varsovia se iniciaba por fin la reconciliación de los dos pueblos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial. Al llegar al monumento donde se conmemora el sacrificio de millones de polacos y después de depositar una ofrenda, se hincó. Cuando se le preguntó por qué lo había hecho, dio una respuesta admirable: “Porque se me agotaron las palabras”. Angela Merkel contestó al reclamo de haber permitido el acceso de inmigrantes a Alemania: “Por razones humanitarias”. Quien sea insensible al dolor ajeno no tiene nada qué hacer en política.

Vamos hacia una lucha fratricida con un gobierno inmerso en el proceso electoral, despojándolo de toda equidad. Si sobre nuestras ambiciones no hay algo superior que nos atempere, la barbarie es inminente.

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