Cárteles México-estadounidenses; las cosas por su nombre: Andrés Amaro
¿Te ha ocurrido? Conoces a alguien que se presenta como Jorge, por ejemplo. Estrechas su mano, lo miras a los ojos, observas sus gestos, escuchas sus palabras. Y cuando se aleja, te quedas intrigado: “Qué raro, no tiene cara de ser un Jorge”.
El nombre importa. Es el rostro verbal de las personas. También lo es de los grupos, las cosas y las situaciones.
Por eso es tan malo equivocarse. Por alguna razón, cuando registras o bautizas a una pequeña o pequeño, lo más común es que no haya error, a pesar de que no sabes qué apariencia tendrá al crecer.
Por extraño que parezca, es más frecuente que erremos al nombrar cosas o situaciones de las que sí sabemos cómo son, de dónde provienen, qué hacen y a dónde van. A veces, ese error tiene consecuencias graves y duraderas.
Es precisamente lo que ocurre con los grupos criminales en México y EU. Son conocidos solo como “cárteles mexicanos”. Esa nomenclatura enuncia apenas la mitad de lo que son.
Importa discutirla porque representantes de EU acentúan crecientemente su narrativa responsabilizando a México del problema. Recientemente, el Administrador de la DEA, Terrence Cole, advirtió sobre investigaciones contra narcopolíticos sin importar su título, posición o conexiones. La falto decir que no interesaría su nacionalidad.
En México tienen lugar fases de la operación del narcotráfico, como el trasiego del producto ilegal; la confrontación con la Autoridad, representada por Fuerzas Militares, Seguridad y Justicia; la competencia con otros mayoristas; la consecuente gestión de la violencia y, aunque de manera comparativamente menor, la distribución, venta y consumo de determinados tipos de drogas.
Sin embargo, el destino de los mayores volúmenes de estupefacientes es el mercado norteamericano. En Estados Unidos se desdoblan fases completas de marketing, distribución masiva, venta a consumidor directo, cobranza y manejo de recursos. Solo esto último implica complejas operaciones para, mediante instituciones del sistema financiero, legalizar fondos, acrecentarlos y resguardarlos. Vamos, posibilitar que todos los actores del negocio se sienten a la mesa con una vajilla limpia. Que, como postularía el detergente Salvo, los trastes llorosos no lloren más.
El narcotráfico y la drogadicción en EU no parten de sobrevuelos de helicópteros que arrojan paquetes con estupefacientes sobre pobladores cuya extrema candidez los hace susceptibles de convertirse en consumidores.
Del otro lado de la frontera norte, existe una estructura ordenada, funcional y que opera sin una violencia cotidiana que amenace a la Autoridad o altere la vida social. Es así porque el Estado norteamericano, dentro de su territorio, se orienta a controlar el problema, no a combatirlo en las calles.
Todo eso permite que los líderes y miembros del Narcotráfico en EU se diferencien tanto del andar de Pulgarcito y su bolillo que tan puntualmente caracteriza a sus pares en México. Los socios estadounidenses del Crimen Organizado no dejan migas en el camino. Además, el Ogro les dice por dónde caminar.
Es de justicia reparar la omisión que aleja del reconocimiento del éxito empresarial a los socios norteamericanos del Narcotráfico. Probablemente, mayoritarios por cierto. El disimulo impide postularlos a algún Premio o darles la portada de una revista especializada en Finanzas. Pero podemos empezar por incluirlos en la denominación: los cárteles son en realidad méxico-estadounidenses. Como antes fueron colombo-estadounidenses.
Para nuestro país ello significaría propiciar una condición de mayor corresponsabilidad. Empezar a llamar a las cosas por su nombre es también distribuir el peso del demérito. Cuidar mejor la marca Mx, potenciada por el Mundial. Y enfatizar que en EU Pulgarcito no es tan pequeño como en el cuento que cuentan.
