Para México el mundial acabó aunque aún falten dos semanas para el partido final que definirá al campeón.

La participación de nuestra selección nacional fue de muy buen nivel, lo que despertó entre nosotros: entusiasmo, ilusiones y algarabía.

Al día siguiente de la eliminatoria de México veo en un periódico capitalino dos fotografías muy elocuentes: un hombre de mediana edad, con playera de la selección nacional y chamarra verde, juntando las manos en el pecho como hemos visto a las monjas mientras rezan, con la vista fija en la pantalla a igual que las personas que están atrás de él, nos trasmite que un milagro o una desgracia está a punto de ocurrir. En otra fotografía, la mayoría tiene la vista fija en la pantalla, pero otros desvían la mirada para no ver lo que ocurrirá, mientras un hombre apoyado en una bandera extendida, con la cabeza baja y escondida entre los brazos, tal vez rezando, sostiene una veladora encendida. Si pudiéramos ver cientos de fotografías encontraríamos en ellas las diversas formas cómo los aficionados mexicanos vieron el último partido de su equipo de futbol, juntos, unidos, con fe desbordada y con ilusión infinita.

Lo ocurrido en estos quince días nos deja algunas reflexiones sobre las expectativas que generó y el comportamiento de la sociedad mexicana:

Se percibió en todo el país un espíritu de unidad, que llevó a ponerse la playera de la selección, de cantar fuerte el himno nacional al inicio de cada partido, de tener confianza en la preparación, destreza y juventud de los jugadores, quienes en esta ocasión jugaron como equipo, evitando individualidades de otros tiempos. La esperanza otra vez se evapora. Pero el sentido de unidad y pertenencia recorrió el territorio nacional.

Después del primer partido, los mexicanos salieron a las calles a celebrar, cantando y bailando, se sintieron unidos, se sintieron hermanados, se sintieron integrantes de un gran país cuando la globalización derriba fronteras y menosprecia las identidades culturales.

Son muchas nuestras carencias y necesidades, pero por quince días nos sentimos capaces de enfrentar cualquier obstáculo sintiéndonos orgullosos de ser mexicanos.

Las características del mexicano, buenas y malas, salieron a relucir, pero debemos de fomentar las buenas sin ignorar las malas. Hay mexicanos excepcionales, se les reconoce y aplaude, pues están en todas partes, en el trabajo, en la calle, en la escuela; en esta ocasión destacó un joven que aún sin tener credencial de elector, es decir, menor de edad, ya jugaba al tú por tú con jugadores de primer nivel como los ingleses; otro, a quien no le tocó vivir aquí, sino que aquí escogió para vivir, fue el goleador a quien admiramos. Es de reconocer que nuestros defectos también ondeaban la bandera: el gobierno haciendo suyo cada triunfo como si realmente estuviera preocupado por el deporte, la autoridad sin criterio y sin capacidad que no supo establecer medidas para contener a las multitudes y ante tragedias como la de los fallecidos por asfixia, se limitó a decir que no fue su culpa, o contradecirse a cada momento, primero montar escenarios para celebrar y luego pedir que ya no asistieran a las plazas públicas.

Que entre las enseñanzas de este mundial esté el creer que realmente puede haber unidad en nuestro país y así juntos, enfrentar los múltiples problemas que tenemos: inseguridad, crimen organizado, desaparecidos, corrupción e ineptitud de funcionarios del gobierno en todos los niveles. Quedó demostrado que este país es uno solo y no puede dividirse entre ricos y pobres, entre patriotas y traidores, entre quienes tienen la razón y quienes están equivocados. La sociedad, pluricultural, con distintas visiones debe ser una sola.

n acontecimiento donde acuden representantes de diversos países es buena oportunidad para sacudir nuestro marasmo y asumir el papel de ciudadanos que busca una mejor sociedad, un mejor país. Lo cual sí es posible.

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