Adultos construimos el mundo digital; ahora toca proteger a los jóvenes
Hay algo paradójico en la preocupación actual por proteger a niños y adolescentes de las redes sociales. Durante años, los adultos pusimos la tecnología en sus manos.
Compramos las computadoras. Les dimos teléfonos celulares. Introdujimos tabletas en las escuelas. Celebramos que aprendieran tecnología desde pequeños. Utilizamos las pantallas para educarlos, entretenerlos, comunicarnos con ellos y, muchas veces, simplemente para mantenerlos ocupados.
Les dijimos que el futuro sería digital y que debían prepararse para él.
Tuvieron tanto éxito que ahora estamos preocupados.
Meta ha anunciado nuevas medidas para proteger a menores en sus plataformas. Padres, gobiernos, fiscales, legisladores y compañías tecnológicas discuten límites, filtros, controles parentales y restricciones destinadas a reducir los riesgos de las redes sociales.
Las preocupaciones son legítimas.
El hostigamiento, la humillación pública, la presión de grupo, contenidos dañinos, contactos peligrosos y determinadas formas de dependencia digital constituyen problemas reales.
Pero quizá estamos observando solamente una parte del problema.
Porque las redes sociales no llegaron a un ser humano socialmente vacío.
Llegaron a una especie que lleva miles de años sobreviviendo mediante los otros.
Mucho antes de Instagram
Los seres humanos no somos los únicos animales gregarios.
Lobos, elefantes, primates, cetáceos, numerosas aves e incluso algunos insectos viven en grupos y desarrollan extraordinarias formas de cooperación.
Pero los seres humanos llevaron la cooperación social a niveles excepcionales de complejidad.
Aprendimos a comunicarnos, distribuir funciones, reconocer aliados y enemigos, desarrollar estrategias colectivas, transmitir conocimientos y cooperar incluso con personas que no conocemos.
Lenguaje, cognición, aprendizaje social y cultura fueron desarrollándose y reforzándose mutuamente.
Nuestra extraordinaria capacidad para vivir con otros terminó produciendo familias, tribus, ciudades, religiones, ejércitos, universidades, empresas y naciones.
La necesidad de pertenecer no apareció con Facebook.
Facebook encontró una especie que ya necesitaba pertenecer.
Los jóvenes y el grupo
Esa necesidad social adquiere características particulares durante la infancia y la adolescencia.
Conforme crecemos, los padres dejan de ser nuestra única referencia. Los compañeros adquieren importancia. Buscamos aceptación, identidad, reconocimiento y pertenencia.
Eso puede producir resultados extraordinariamente positivos.
Los jóvenes aprenden unos de otros, construyen amistades, encuentran apoyo, descubren ideas y desarrollan identidades propias.
Pero la misma fuerza gregaria tiene otro rostro.
El grupo puede excluir.
Puede humillar.
Puede hostigar.
Puede imponer comportamientos y castigar a quien se aparta de ellos.
El bullying escolar no nació con las redes sociales. Pero una red puede permitir que aquello que antes terminaba al salir de la escuela continúe durante la tarde, la noche y el fin de semana.
Por eso sería demasiado fácil caricaturizar a los adultos como una generación vieja que simplemente intenta impedir el cambio.
Existen peligros reales.
Y los adultos tienen una responsabilidad real de proteger a los menores.
El problema es más complicado.
Nosotros les entregamos la tecnología
Los niños actuales no inventaron el mundo digital.
Lo heredaron.
Y, en gran medida, lo heredaron de nosotros.
Primero creamos las tecnologías.
Después las comercializamos.
Las llevamos a nuestras casas.
Las introdujimos en las escuelas.
Se las entregamos a nuestros hijos.
Durante años enseñamos que estar conectado era una ventaja. Tener acceso a información, dominar las nuevas tecnologías y comunicarse instantáneamente eran signos de preparación para el futuro.
Pero ocurrió algo que quizá no anticipamos completamente.
Los jóvenes dejaron de ser simplemente usuarios de las herramientas que les habíamos proporcionado.
Se apropiaron de ellas.
Crearon lenguajes, códigos, comunidades, formas de reconocimiento, entretenimiento y pertenencia que ya no dependen completamente de los adultos.
La herramienta se convirtió en espacio social.
Y entonces apareció la paradoja:
primero conectamos a los niños; ahora intentamos protegerlos de algunas consecuencias de haberlos conectado.
Ortega y las generaciones
Hace más de un siglo, José Ortega y Gasset propuso una manera extraordinariamente útil de comprender este problema.
En una misma sociedad conviven varias generaciones.
Todas son contemporáneas porque viven en el mismo momento histórico.
Pero no todas son coetáneas: fueron formadas en circunstancias diferentes.
Por eso pueden contemplar exactamente la misma realidad y atribuirle significados distintos.
Para una persona de setenta años, las redes sociales son una tecnología que apareció durante su vida.
Para un adolescente, forman parte del mundo que encontró cuando comenzó a vivir.
Esa diferencia parece pequeña.
No lo es.
Ortega explicaba que cada generación encuentra determinadas vigencias: ideas, costumbres, instituciones, expectativas y formas de vida que ya existen cuando llega.
Puede aceptarlas, modificarlas o rechazarlas.
Pero no escogió el mundo inicial que recibió.
Los jóvenes actuales tampoco escogieron nacer en una sociedad digital.
Nacieron dentro de ella.
Por eso un adulto y un adolescente pueden mirar exactamente la misma plataforma y no estar viendo exactamente la misma cosa.
El adulto puede ver:
adicción, peligro, manipulación.
El joven puede ver:
amigos, pertenencia, comunicación, identidad.
Ambos pueden estar percibiendo aspectos reales del mismo fenómeno.
Cuando proteger significa también separar
Aquí aparece una dificultad que los filtros tecnológicos no pueden resolver por sí solos.
Un padre puede pensar: “Estoy limitando una aplicación para proteger a mi hijo”.
Pero el adolescente puede experimentar: “Me están separando de mi grupo”.
No necesariamente se trata de irresponsabilidad o rebeldía.
Puede existir una auténtica diferencia generacional de significado.
Y eso permite comprender por qué algunas restricciones pueden provocar resistencia.
El joven que intenta evadir un límite no necesariamente piensa:
“Sé que esta regla es correcta, pero voy a violarla”.
Puede pensar algo completamente diferente: “Esta regla no entiende mi mundo”.
Una generación intenta corregir lo que construyó
Eso coloca a la generación adulta en una posición extraordinariamente compleja.
Fuimos simultáneamente:
creadores → promotores → facilitadores → usuarios → padres preocupados → reguladores.
Y los jóvenes fueron:
receptores → aprendices → usuarios → apropiadores → creadores de nuevas formas de sociabilidad.
Ahora descubrimos consecuencias que quizá no conocíamos cuando pusimos esas tecnologías en sus manos.
Eso nos da razones legítimas para corregir.
Pero también obliga a reconocer que estamos intentando modificar una circunstancia que nosotros mismos ayudamos a construir y que otra generación recibió como parte normal de su mundo.
La pregunta que apenas comienza
Quizá las nuevas restricciones de Meta funcionen.
Quizá padres, gobiernos y empresas tecnológicas encuentren mecanismos eficaces para reducir daños sin destruir los beneficios de la sociabilidad digital.
Pero también puede ocurrir algo diferente.
Los jóvenes pueden aprender a evadir controles, desarrollar nuevos códigos, desplazarse hacia otras plataformas o crear formas de comunicación que nuevamente escapen a quienes intentan regularlas.
No lo sabemos. Y precisamente por eso el problema resulta tan interesante.
José Ortega y Gasset nos ayuda a comprender por qué generaciones diferentes pueden mirar el mismo fenómeno y otorgarle significados distintos.
La evolución humana nos ayuda a comprender por qué pertenecer al grupo no es una necesidad superficial.
La psicología del desarrollo nos recuerda que esa misma necesidad de pertenencia puede producir apoyo y cooperación, pero también presión, exclusión y daño.
Y la revolución digital ha colocado esas antiguas fuerzas humanas dentro de una tecnología con una capacidad de conexión que ninguna generación anterior conoció.
Tal vez, entonces, la pregunta no sea simplemente si Meta encontrará mejores filtros.
La pregunta es mucho mayor:
¿Cómo protege una generación adulta a los jóvenes de los peligros reales de un mundo digital que ella misma ayudó a construir, sin destruir una forma de pertenencia que esos jóvenes ya consideran parte normal de su vida?
Y todavía queda otra pregunta.
Quizá la más inquietante:
cuando dos generaciones atribuyen significados diferentes al mismo mundo, ¿quién termina decidiendo cuáles serán las reglas del mundo siguiente?
