Todo pasa. Nada pasa. ¿Hasta cuándo?: Gustavo A Vicencio
«Si una sociedad es tolerante sin límites, su capacidad de ser tolerante
será eventualmente destruida por los intolerantes»
Karl Popper
En México ya estamos hace rato en una zona de normalización de lo inaceptable. Todos los días aparecen escándalos, acusaciones, investigaciones y conflictos políticos que durante unas horas incendian las redes sociales. Después llega la siguiente noticia y la anterior pasa a segundo término. Todo parece grave, pero nada ha tenido consecuencias.
Rocha Moya pide licencia como gobernador de Sinaloa, regresa al cargo y vuelve a solicitar licencia. Todo ocurre en medio de señalamientos que deberían obligar a las instituciones a explicar qué está sucediendo. Pero el sistema político parece tener una extraordinaria capacidad para absorber cualquier escándalo y continuar como si nada. En Baja California, Marina del Pilar enfrenta una controversia de enorme gravedad por señalamientos relacionados con conversaciones y contactos con autoridades estadounidenses. La gobernadora ha negado haber comprometido la soberanía o la seguridad nacional. Precisamente por eso debería existir una investigación seria, transparente e independiente que determine qué ocurrió realmente. No hay tal. El caso de Ernesto Ruffo es absolutamente indignante. Claramente es un preso político, tratado como un peligroso criminal recluido en una prisión de máxima seguridad a pesar de que, por ley, una persona de más de 70 años, y enferma, puede enfrentar su juicio en su domicilio. La familia, ciudadanía y partidos políticos han salido en su defensa y él sigue preso. Y luego están las mini refinerías clandestinas y las redes de huachicol. Se decomisan instalaciones y millones de litros de combustible. Una operación de esa magnitud necesita dinero, logística, transporte, almacenamiento y compradores. ¿Quién está detrás? Silencio gubernamental. Si únicamente decomisan combustible y desmantelan instalaciones sin llegar a quienes controlan las redes, estamos retirando piezas mientras dejamos intacta la maquinaria.
A pesar de todos estos escándalos aparece otro problema mayor. Morena mantiene una enorme capacidad de convocatoria y popularidad política. La mitad de los mexicanos sigue fiel a ellos. ¿Por qué? No podemos responder simplemente que “la gente está manipulada” o que “no entiende”. Eso sería simplificar una realidad mucho más compleja. Para millones de mexicanos, los programas sociales representan beneficios concretos e inmediatos: una pensión, una beca, un apoyo económico. Frente a conceptos abstractos como división de poderes, instituciones autónomas o rendición de cuentas, el dinero que llega cada mes puede tener un peso mucho mayor en la decisión electoral. El problema aparece cuando el ciudadano comienza a pensar que debe agradecer personalmente al gobierno aquello que recibe como un derecho financiado con recursos públicos. Una pensión no es “el dinero de morena”. Una beca no es «regalo de la presidenta». Podemos defender los programas sociales y, al mismo tiempo, exigir transparencia, seguridad y rendición de cuentas.
También hay que reconocer la responsabilidad de la oposición. Es insuficiente decir “Morena es un narcopartido”. La oposición necesita explicar qué propone, cómo resolverá los problemas y, sobre todo, cómo garantizará que los programas sociales continúen sin utilizarlos como instrumentos de control político. Tampoco podemos esperar que Estados Unidos resuelva nuestros problemas. No podemos depender de que Washington investigue, sancione o eventualmente se lleve a los presuntos integrantes de redes criminales. La ciudadanía tampoco puede permanecer sentada con las palomitas esperando el siguiente escándalo.
Necesitamos más comunicación, más contacto, más intercambio de información y más acciones concretas entre partidos y sociedad civil. Jalando cada quien por su lado, a ver qué puede lograr, no nos llevará a ninguna parte. Volvamos a la idea de un Encuentro Nacional Opositor, sugerido aquí hace tiempo. Requerimos vasos comunicantes que nos lleven a entender por qué todo pasa y nada pasa. Necesitamos partidos políticos más orientados a enfrentar los problemas de México que a sus asuntos internos. Que tejan redes lo suficientemente flexibles como para unir a toda la oposición en temas y acciones concretas, que lideren causas justas. Organizaciones civiles que llevan a cabo investigaciones independientes, expedientes públicos, seguimiento de los casos y que hagan sinergia con otros actores opositores. Legisladores que ejerzan sus facultades de fiscalización y organizaciones civiles que no abandonen una investigación cuando deja de ser tendencia.
Requerimos pasar de la indignación a la acción. Porque el verdadero problema de México no es solamente la corrupción, el crimen organizado o las instituciones débiles. Es que estamos aceptando que nada tenga consecuencias. Y una democracia en la que nunca pasa nada después de que pasa todo, tarde o temprano deja de ser una democracia funcional. Sería muy grave que lo permitamos.
