La Mentira: Armando de la Fuente

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Hay una pregunta que debería ocupar un lugar central en el debate político mexicano: ¿hasta dónde puede llegar una mentira cuando se repite sistemáticamente desde el poder?

La tesis que aquí se plantea es deliberadamente polémica: la mentira puede convertirse en una herramienta política cuando deja de utilizarse como un recurso ocasional y pasa a formar parte de una estrategia permanente de comunicación. No se trata únicamente de afirmar algo falso, sino de repetir una versión de la realidad hasta conseguir que una parte de la sociedad termine aceptándola como verdadera.

La historia ofrece numerosos ejemplos de propaganda política utilizada para manipular la percepción pública. Sin embargo, sería un error trasladar mecánicamente experiencias históricas como la propaganda nazi a la realidad mexicana. Las circunstancias son diferentes y requieren un análisis propio. Lo que sí permanece vigente es una lección universal: cuando la propaganda sustituye a los hechos, la democracia comienza a deteriorarse.

En México, las conferencias mañaneras transformaron la comunicación presidencial. Durante años, Andrés Manuel López Obrador utilizó diariamente ese espacio para establecer la agenda política, responder a sus adversarios y presentar su interpretación de los acontecimientos nacionales. Claudia Sheinbaum heredó el formato y lo convirtió también en una herramienta cotidiana de comunicación política.

El problema no está en que un gobierno comunique sus logros ni en que defienda sus decisiones. El problema aparece cuando la comunicación oficial pretende sustituir la comprobación de los hechos, desacreditar sistemáticamente a quien cuestiona al gobierno o convertir cualquier crítica en una conspiración de los adversarios.

Una democracia saludable necesita exactamente lo contrario: contraste, evidencia, crítica y derecho a disentir.

La mentira política tampoco pertenece exclusivamente a una ideología o a un partido. Todos los gobiernos pueden caer en la tentación de maquillar resultados, minimizar errores o responsabilizar a sus adversarios. Por eso, el verdadero enemigo de la mentira no es otro partido: es la verdad verificable.

La pregunta entonces no debería ser quién miente más, sino quién está dispuesto a demostrar lo que afirma.

Una sociedad democrática no puede acostumbrarse a que la repetición sustituya a la evidencia. Tampoco puede aceptar que una afirmación se convierta en verdad simplemente porque se pronuncia todos los días desde una tribuna presidencial.

La crítica a Morena, a la Cuarta Transformación o a cualquier otro proyecto político debe hacerse con argumentos y pruebas. Porque si la mentira se combate con otra mentira, el ciudadano pierde dos veces.

La democracia no necesita verdades oficiales. Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre propaganda, opinión y hechos.

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