A 100 años de La Guerra Cristera: Gustavo Vicencio
“A Aurelio Acevedo y a los compañeros de la imposible fidelidad”
Dedicatoria de Jean Meyer en “La Cristiada”
Hay episodios de la historia nacional que se estudian en las escuelas, se conmemoran en ceremonias oficiales y se convierten en patrimonio político del Estado. Existen otros, en cambio, que son deliberadamente silenciados. La Guerra Cristera pertenece a esta segunda categoría. La Guerra Cristera se desarrolló principalmente entre 1926 y 1929, aunque también se menciona una Segunda Cristiada o una etapa posterior de conflictos religiosos y persecuciones que se llevó a cabo en los 1930´s. La causa inmediata fue la aplicación estricta de los artículos anticlericales de la Constitución de 1917, particularmente durante el gobierno de Plutarco Elías Calles: Prohibición de la educación religiosa en escuelas, restricciones al culto público, control estatal sobre el número y actividades de los sacerdotes, prohibición de órdenes religiosas. Los levantamientos, al grito de ¡Viva Cristo Rey! (de ahí el nombre de La Cristiada) se realizaron en diversos estados del occidente y centro del país, especialmente Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Zacatecas, Durango.
Durante décadas, tanto el gobierno mexicano como una parte importante de la jerarquía eclesiástica prefirieron el olvido. El primero porque la Cristiada exhibe el rostro autoritario y persecutorio del Estado posrevolucionario. La segunda porque los acuerdos de 1929 y la política de conciliación posterior hicieron incómodo recordar a miles de hombres y mujeres que tomaron las armas convencidos de defender su libertad religiosa.
En medio de ese silencio surgió una obra extraordinaria: la revista DAVID, editada por mi abuelo Aurelio Acevedo Robles. A lo largo de sus valiosísimos números, compilados en ocho tomos publicados durante varios años, Acevedo reunió testimonios, cartas, memorias, documentos y relatos de quienes participaron directamente en la lucha cristera. En el año 2000, en el centenario del nacimiento de Don Aurelio, mi madre María del Carmen Acevedo se avocó a publicar una reimpresión de toda la obra. La labor de mi abuelo fue la de un custodio de la memoria cuando prácticamente nadie quería escucharla. La importancia de DAVID radica en que conservó la voz de los vencidos. Mientras la historia oficial presentaba a los cristeros como fanáticos o rebeldes irracionales, la revista permitió conocer sus motivaciones, sus sufrimientos y sus ideales. Gracias a ese esfuerzo, miles de testimonios no desaparecieron con la muerte de sus protagonistas.
Años después, el historiador francés Jean Meyer recuperó académicamente ese mundo olvidado mediante su obra La Cristiada. Su investigación demostró que la Guerra Cristera no fue un simple conflicto religioso, sino un movimiento social complejo que involucró a campesinos, mujeres, sacerdotes, comunidades enteras y sectores populares que se sintieron agredidos por las políticas anticlericales del Estado revolucionario. Meyer aportó rigor histórico; Acevedo preservó la memoria viva. Ambos trabajos son complementarios. Uno ofrece el análisis; el otro conserva las voces. Uno rescata documentos; el otro rescata almas. Resulta revelador que ni el Estado mexicano ni buena parte de la propia Iglesia hayan promovido ampliamente estos trabajos.
¿Qué enseñanzas deja la Cristiada para el México actual?
La primera es que ningún gobierno debe pretender monopolizar las libertades fundamentales. Cuando el poder político busca controlar la conciencia, la religión, la educación o la libertad de pensamiento, termina generando resistencia social.
La segunda enseñanza es que las mayorías políticas no justifican los abusos del poder. El Estado posrevolucionario se consideraba depositario de una verdad histórica superior. En nombre de esa supuesta legitimidad restringió derechos y persiguió disidencias. Toda democracia debe desconfiar de los proyectos políticos que se consideran moralmente superiores a sus adversarios.
La tercera enseñanza es la importancia de la sociedad organizada. La Cristiada demuestra que las comunidades poseen capacidad de resistencia cuando perciben amenazadas sus libertades, sus creencias o sus formas de vida.
Finalmente, la Cristiada nos recuerda que la memoria es indispensable para la democracia. Los pueblos que olvidan sus conflictos terminan repitiéndolos. La historia no debe servir para alimentar odios, pero tampoco para ocultar responsabilidades.
Aurelio Acevedo Robles, desde las páginas de DAVID, y Jean Meyer, desde la investigación histórica, contribuyeron a devolverle a México una parte de su pasado que muchos quisieron borrar. Hoy, cuando la polarización política, la concentración del poder y las tentaciones autoritarias vuelven a aparecer en la vida pública, La Cristiada deja de ser únicamente un episodio del pasado para convertirse en una advertencia vigente.
Porque la libertad que no se recuerda, ni se ejerce, ni se defiende, termina por perderse. Y la historia que se oculta termina por repetirse.
