43 MUERTOS DIARIOS NO ES PARA PRESUMIR
El legado de la Cuarta Transformación al día: Muertos y desaparecidos, más de 300 mil víctimas.
El verdadero legado de la Cuarta Transformación no cabe en una consigna: cabe en un promedio diario. López Obrador dejó 95 asesinatos al día; Sheinbaum presume 42.5 en su mejor mes. Un país con más de cuarenta muertos diarios no tiene nada que presumir.
Hay un número que ningún discurso de la mañanera puede maquillar. Entre el arranque del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y lo que va del de Claudia Sheinbaum, México acumula alrededor de 243mil homicidios: 202 mil 336 en el sexenio de López Obrador —según el INEGI, el periodo más violento del que se tenga registro— y unos 41 mil más en los primeros veintidós meses de Sheinbaum.
A esa cuenta hay que sumar a los que faltan: más de 70 mil personas desaparecidas y no localizadas en el mismo periodo, 52 mil de ellas durante el sexenio anterior. Muertos y desaparecidos, más de 300 mil víctimas. Noventa y cinco asesinatos al día, en promedio, durante los seis años de López Obrador. Ese es el legado. No las conferencias, no las frases, no las encuestas: el promedio diario.
SHEINBAUM NO CUENTA CADÁVERES, PRESUME PORCENTAJES
El oficialismo ha convertido la estadística en propaganda. Es cierto que el promedio diario de homicidios ha bajado: el gobierno presume que julio de 2026 cerró en 42.5 asesinatos al día, la cifra más baja en doce años, frente a los 86.9 con que arrancó la administración en septiembre de 2024.
Pero un descenso desde el techo más alto de la historia no es un triunfo: es apenas dejar de empeorar.
López Obrador promedió noventa y cinco muertos al día durante seis años; su sucesora celebra 42.5 en su mejor mes, y aun así el país entierra a más de cuarenta personas asesinadas cada día. Sobre eso no hay festejo posible.
Conviene el asterisco: la cifra es del SESNSP, basada en carpetas y no en actas de defunción, y hay señalamientos —en San Luis Potosí, en Sinaloa, que va a récord de homicidios en 2026— de que parte de esa caída se explica por reclasificación, no por menos muertos. Antes de aplaudir habría que auditar.
ANTE ESTA MANCHA, OTRA OCURRENCIA MÁS
Frente a ese saldo, el gobierno prefiere abrir otro frente. Esta semana, la presidenta envió al Congreso una reforma constitucional para exigir nacionalidad exclusivamente mexicana a quienes aspiren a la Presidencia, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la capital. Quien tenga otra ciudadanía deberá renunciar a ella antes de registrarse como candidato. El argumento es la soberanía: que «el interés superior sea México, ningún otro país».
1.Suena bien hasta que uno recuerda quiénes son esos mexicanos de dos pasaportes, y cuántos. En Estados Unidos viven decenas de millones de personas de origen mexicano: unas nacieron en México y se naturalizaron americanas después de años de trabajo; otras nacieron allá, hijas de mexicanos, y son mexicanas por derecho de sangre.
Millones cargan los dos pasaportes no por cálculo, sino porque la vida se les partió en dos países. Son las familias separadas por una frontera. Son los que sostienen desde Chicago, desde Los Ángeles, desde Houston, a pueblos enteros de Guerrero, de Michoacán, de Zacatecas. Son los mismos a los que este movimiento llamó héroes cuando mandaban más de 60 mil millones de dólares al año en remesas —el ingreso que ha sostenido buena parte de la economía popular durante todo el sexenio pasado, más que el petróleo, más que la inversión extranjera. Héroes para las remesas; sospechosos para gobernar.
Que hoy la reforma solo alcance a los candidatos no cambia el mensaje que reciben esos millones. Una ley también dice quién pertenece y quién está bajo sospecha. Y esta le dice a la diáspora más grande y más leal que tiene el país que su lealtad no basta, que la otra mitad de su vida la vuelve un poco menos mexicana. Es exactamente el trato que México reclama —con razón— cuando Estados Unidos se lo da a nuestros paisanos.
LA HIJA DE UNA MADRE BÚLGARA RESULTÓ CHAUVINISTA
Un movimiento que se proclamó defensor de los migrantes ahora insinúa que quienes adquirieron otra nacionalidad dejaron de ser plenamente mexicanos, y que valen por lo que envían y no por lo que son.
Tratar la doble pertenencia como traición, y no como la consecuencia natural de generaciones de migración, es la ofensa que más ha dolido a los mexicanos del otro lado. Ahí está el chauvinismo.
México también ha sido tierra de acogida. Generaciones de extranjeros llegaron aquí, fueron recibidos con los brazos abiertos, se integraron, aprendieron el idioma, abrazaron la cultura y construyeron su mexicaneidad con trabajo y lealtad.
Muchos de sus hijos y nietos son hoy tan mexicanos como cualquiera. Sin embargo, la reforma que impulsa Sheinbaum les cierra la puerta a aspirar a los mismos cargos que ella detenta. Ella misma desciende de migrantes asimilados; su madre llegó de Bulgaria y se hizo mexicana. Exigir pureza de pasaporte a los demás mientras se gobierna desde esa misma historia de integración no es coherencia: es selectividad.
Investigaciones periodísticas independientes —del diario Forward en Estados Unidos y de la revista Etcétera en México— sostienen, con manifiestos migratorios, registros de la comunidad sefardí y testimonios familiares, que su madre, la científica Annie Pardo Cemo, no nació en la Ciudad de México como la familia ha repetido por décadas, sino en Bulgaria, y que su acta de nacimiento mexicana se habría tramitado años después de manera irregular.
El gobierno y los verificadores oficiales lo niegan con documentos, y el punto está en disputa. Pero quien hace de la transparencia sobre orígenes extranjeros un requisito constitucional para los demás haría bien en aplicarse primero el examen que exige a todo aspirante. La coherencia también es una forma de soberanía.
Mientras tanto, el promedio diario sigue ahí. La discusión sobre pasaportes ocupa titulares que no ocupan los 243 mil cadáveres ni los más de 70 mil desaparecidos. Y esa, quizá, sea la función del debate: distraernos del único dato que de verdad define a esta era. No hay nada que presumir y mucho de qué avergonzarse. Mucho que contar y, todavía, a muchos que encontrar en este baño de sangre.
