La Universidad pública ante la IA:¿Formar ciudadanos o entrenar usuarios?

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La irrupción de la Inteligencia Artificial  en las universidades públicas plantea una pregunta más profunda que la tecnológica:  ¿estamos educando ciudadanos capaces de pensar  o simplemente entrenando usuarios  para la nueva economía digital

La universidad frente a una nueva revolución tecnológica

Durante décadas, las universidades públicas han sido mucho más que centros de capacitación laboral. Han sido espacios donde se forman ciudadanos, donde se desarrollan capacidades críticas y donde una sociedad reflexiona sobre sí misma y sobre su futuro.

Por ello, resulta particularmente interesante observar lo que está ocurriendo actualmente en el sistema de universidades públicas de California (California State University), uno de los más grandes e influyentes de Estados Unidos. Lo hago además con especial interés personal, pues fue precisamente en una de sus universidades donde concluí mi carrera académica hace más de una década.

Recientemente, este sistema universitario decidió emprender una de las iniciativas más ambiciosas de incorporación de Inteligencia Artificial en la educación superior. Mediante acuerdos multimillonarios con empresas tecnológicas, cientos de miles de estudiantes, profesores y administradores han recibido acceso a herramientas avanzadas de IA con el propósito declarado de preparar a los jóvenes para la economía del futuro.

El verdadero debate no es tecnológico

La idea pareció razonable.

Después de todo, vivimos en un mundo donde la Inteligencia Artificial está transformando industrias enteras, modificando mercados laborales y alterando la manera en que producimos conocimiento.

Negarse a comprender estas tecnologías sería tan absurdo como haber rechazado la alfabetización digital hace tres décadas. Después de todo, las universidades han estado históricamente a la vanguardia de la incorporación de nuevas herramientas para la enseñanza, la investigación y la gestión del conocimiento. Primero fueron los recursos audiovisuales; después las computadoras personales, los servidores, internet y las plataformas digitales. En ese contexto, la Inteligencia Artificial parecía simplemente el siguiente paso natural en una larga tradición de innovación tecnológica universitaria. Precisamente por esa inercia institucional, muchas universidades asumieron que la IA era una herramienta más en la que debían invertir, adoptar y promover.

Sin embargo, no ha sido necesariamente así. La Inteligencia Artificial no parece ser simplemente otro capítulo en la historia de la innovación tecnológica universitaria. Esta vez, la discusión va mucho más allá de la adquisición de una nueva herramienta. La controversia que hoy divide a profesores, estudiantes y autoridades universitarias sugiere que estamos frente a algo distinto: una tecnología que podría transformar no solo la manera de enseñar y aprender, sino también las relaciones de poder que rodean la producción y el control del conocimiento.

Durante siglos, las universidades han sido una de las instituciones responsables de formar ciudadanos capaces de analizar información, cuestionar argumentos, generar conocimiento propio y participar críticamente en la vida pública. Hoy, por primera vez, una tecnología comienza a intervenir directamente en muchas de esas funciones. La IA no solo almacena información o facilita cálculos; también redacta textos, resume lecturas, construye argumentos, responde preguntas, formula recomendaciones e incluso participa en procesos de toma de decisiones.

Frente a una transformación de esa magnitud, resulta inevitable plantear algunas preguntas fundamentales.

La pregunta no es si debemos utilizar Inteligencia Artificial.

La pregunta es para qué.

Y quizá aún más importante: ¿quién decide cómo debe utilizarse?

Porque cada vez que una sociedad delega en otros la definición de cómo debe utilizarse una tecnología estratégica, está tomando una decisión sobre el poder, aunque no siempre sea consciente de ello.

La Inteligencia Artificial como nueva forma de poder

Desde una perspectiva de Micropolítica, lo que observamos es un fenómeno clásico.

Toda nueva tecnología redistribuye poder. Siempre ha ocurrido así.

La imprenta redistribuyó poder. La radio redistribuyó poder. La televisión redistribuyó poder.

Internet redistribuyó poder. Y ahora la Inteligencia Artificial vuelve a hacerlo.

Cada innovación modifica relaciones de influencia, acceso al conocimiento, control de recursos y capacidad de decisión.

Por eso las grandes discusiones históricas nunca han sido realmente sobre la tecnología misma.

Han sido sobre el poder que esa tecnología genera.

¿Estamos formando pensadores o consumidores de respuestas?

En el caso de las universidades públicas, la discusión adquiere una relevancia especial.

Durante décadas, la educación superior buscó formar personas capaces de pensar por sí mismas.

Capaces de cuestionar. Capaces de analizar. Capaces de disentir. Capaces de construir conocimientos propios.

Pero cuando una herramienta puede resumir textos, elaborar ensayos, generar argumentos y responder preguntas de manera instantánea, surge una inquietud legítima:

¿estamos fortaleciendo la capacidad intelectual del estudiante o estamos sustituyendo parte de ella?

La batalla por el pensamiento crítico

No existe todavía una respuesta definitiva.

Algunos profesores sostienen que la IA puede convertirse en un extraordinario acelerador del aprendizaje.

Otros temen que termine debilitando habilidades fundamentales como la lectura profunda, la escritura reflexiva o el pensamiento crítico.

Ambas posiciones contienen parte de la verdad.

La historia demuestra que las tecnologías no son inherentemente liberadoras ni inherentemente opresivas.

Su impacto depende de cómo se utilizan. Una calculadora puede ayudar a aprender matemáticas.

También puede impedir aprenderlas. La diferencia no está en la herramienta. Está en el propósito educativo.

Por ello me parece preocupante que, en muchos casos, el entusiasmo tecnológico avance más rápido que la reflexión pedagógica.

Con frecuencia escuchamos hablar de plataformas, algoritmos, productividad, eficiencia y automatización. Escuchamos menos acerca de ciudadanía, ética, juicio crítico y desarrollo humano.

Y eso debería preocuparnos.

Más que trabajadores, ciudadanos

Porque una universidad no existe únicamente para producir trabajadores.

Existe también para formar personas. La pregunta central entonces no es tecnológica.

Es filosófica.

¿Qué tipo de sociedad queremos construir?

¿Una sociedad integrada por individuos capaces de pensar por sí mismos?

¿O una sociedad integrada principalmente por usuarios eficientes de sistemas diseñados por otros?

La gran responsabilidad de la educación superior

La diferencia parece sutil. Pero es enorme.

La Inteligencia Artificial probablemente transformará la educación de manera irreversible.

Resistirse completamente a ella sería inútil. Adoptarla acríticamente sería irresponsable.

La verdadera tarea consiste en encontrar un equilibrio.

Un equilibrio donde la tecnología amplíe las capacidades humanas sin sustituir aquello que nos hace profundamente humanos.

Porque al final, la función más importante de una universidad no consiste en enseñar a utilizar herramientas.

Consiste en enseñar a pensar.

Y esa responsabilidad sigue perteneciendo a los seres humanos. Hasta ahora.

* El Dr. Alfredo Cuéllar es consultor internacional, creador de la Micropolítica y profesor universitario jubilado

El presente texto utilizó herramientas de Inteligencia Artificial como apoyo de investigación, organización y edición. La interpretación, criterio y responsabilidad intelectual final pertenecen exclusivamente al autor.

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