Cuba: 72 años de una revolución que prometió libertad y terminó encarcelándola

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Cada 26 de julio el régimen cubano celebra el aniversario del asalto al Cuartel Moncada, el hecho que dio origen a la Revolución encabezada por Fidel Castro. Setenta y dos años después, la fecha sigue siendo utilizada como símbolo de resistencia y soberanía nacional. Sin embargo, para millones de cubanos representa también el recordatorio de un proyecto político que, tras más de seis décadas en el poder, dejó una nación empobrecida, sin libertades y marcada por el éxodo de su propia población.

Sería injusto negar los logros alcanzados durante los primeros años de la Revolución. Cuba erradicó prácticamente el analfabetismo, desarrolló un sistema de salud universal y elevó indicadores de esperanza de vida y cobertura médica que durante décadas fueron referencia en América Latina. La isla también fortaleció su identidad nacional y resistió la presión de Estados Unidos, convirtiéndose en un símbolo para numerosos movimientos de izquierda.

Pero esos avances tuvieron un costo que hoy resulta imposible ignorar.

La Revolución sustituyó una dictadura por otra. El pluralismo político desapareció; la prensa independiente fue silenciada; los sindicatos quedaron bajo control del Estado; las elecciones competitivas fueron eliminadas y cualquier expresión de oposición pasó a ser considerada una amenaza para el régimen. La promesa de liberar al pueblo terminó convirtiéndose en un sistema donde el poder nunca volvió a cambiar de manos mediante el voto ciudadano.

En el terreno económico, los resultados son aún más contundentes. La planificación centralizada destruyó los incentivos para producir riqueza. La dependencia primero de la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela evidenció que el modelo nunca logró ser autosuficiente. Hoy Cuba enfrenta desabasto de alimentos, medicamentos, combustibles, apagones diarios y una infraestructura deteriorada. El embargo estadounidense explica parte de las dificultades, pero no justifica más de seis décadas de ineficiencia, corrupción y ausencia de reformas profundas.

La consecuencia más dramática es humana. Miles de jóvenes abandonan la isla cada año convencidos de que su futuro está fuera de Cuba. Resulta paradójico que un sistema que se presenta como defensor del pueblo vea partir a su principal riqueza: su gente.

La Revolución Cubana dejó una huella profunda en la historia latinoamericana, pero también una lección que muchos gobiernos prefieren ignorar: la justicia social no puede sostenerse sin libertad, y la igualdad pierde sentido cuando todos son igualmente pobres y carecen de derechos para decidir su destino.

Hoy el gobierno continúa celebrando la Revolución con desfiles, discursos y consignas. Mientras tanto, millones de cubanos hacen largas filas para conseguir alimentos, sobreviven con salarios insuficientes y esperan que algún día puedan ejercer derechos que en gran parte del mundo son considerados fundamentales.

La historia juzgará a la Revolución Cubana no por la fuerza de sus discursos ni por la épica de la Sierra Maestra, sino por el bienestar y la libertad que dejó a las generaciones que prometió emancipar. Setenta y dos años después del Moncada, el balance parece inclinarse más hacia las oportunidades perdidas que hacia las promesas cumplidas.

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