La última fiesta de los fifas: Andrés Amaro

0

La esperanza terminó. Es domingo 5 de Julio, pasadas las 10 PM. Padre Mier, frente a la Estación

Zaragoza, es peatonal. La gente se marcha de la Macroplaza después de ver en pantalla gigante

cómo perdimos contra Inglaterra. Unos niños juegan cascarita en el pavimento, con porterías

marcadas por botellas de pet.

Hasta aquí, nada nuevo. Es lo que ocurre siempre que un partido resulta mal: salir a la calle a

patear la pelota, alejar la tragedia e ilusionarte de nuevo. Es el rito semanal de aquellos a quienes,

al inicio de este Mundial, las jóvenes en redes sociales han bautizado como “los fifas”. Para

terminar por unirse a esa emoción y por tanto a esa nomenclatura.

El primer contraste lo aporta un sonido lejano. De claxon. Dos toques y luego tres. Como cuando

tu equipo ha ganado. Otro conductor lo contesta. Igual.

Todos se reconocen. Una chica que baja a la Estación del Metro escucha un grito de arriba: “¡Viva

México!”. Y responde, ronca: “¡A huevo!”.

La fiesta empieza en Morelos con Doctor Coss. Apenas se puede andar entre el gentío. Es la puerta

del Barrio Antiguo, la representación de lo que fuimos, el único vestigio de la ciudad originaria,

mutilada en los primeros 80´s.

Cuando una ciudad es agredida, quienes debían haberse ido, se quedan. Caminarían entre la

multitud la Señorita Teresita, diseñadora de joyas artesanales en Doctor Coss, atrás de Catedral. O

Don Juan Villarreal, dueño del bar “La Cabaña” (Padre Mier y Doctor Coss).

En Morelos, jóvenes surgen de las cabezas y brazos alzados de la muchedumbre, arrojados al aire.

Querían volar.

Mar adentro todos nadan en alegría. Y en cerveza. El atuendo masivo es verde. Refrenda que en

Monterrey, la patria importa. Que aquí se habla de México en plural y en primera persona.

Desmiente a la insularidad, a aquellos que, cada vez que les da un mal aire, amenazan con separar

a Nuevo León del país. Adiós, Mamá Carlota. Adiós, Miramón.

En Morelos antes de llegar a Diego de Montemayor, hombres y mujeres brincan. Hay una

designación homofóbica para quien no lo haga. Adelante, un grupo grita la cuenta regresiva para

que termine un beso. Esa cuenta termina por no contar.

Nadie piensa en el mañana. Ni metafórico ni literal. Pasan las 11. Pronto será lunes. No importa.

Para las generaciones en esta fiesta, es natural festejar porque sí. Pero no trabajar porque sí. No

se ponen la camiseta de quienes no se pondrán la de ellos.

1 de 2Empieza a serenar.

Sobre Padre Mier, frente al Euphoria, una drag quien baila rodeada de una pequeña audiencia.

Ofrece un extraño ramillete: tres flores anaranjadas y un bamboleante pene de plástico color

violeta.

Los ritos se quedan. Dos grupos de jóvenes se cruzan antes de la intersección con Mina. Gritan

¡México, México!, dan dos palmas con las manos sobre sus cabezas, y se alejan.

Unas muchachas bailan casi en coreografía, bajo una farola. Por segundos.

Casi es medianoche. La fiesta sigue. Celebra al país y lo que hemos sido en este tiempo.

A muchos les amanecería volviendo a casa. Por eso en la madrugada tardía del lunes había

playeras verdes tiñendo la semipenumbra callejera. Los últimos fifas, desvelados, podrían

escuchar voces en el aire. Y es que, como nunca se localizaron sus restos, Federico García Lorca,

poeta asesinado por franquistas en Granada (1936), vaga y se hace escuchar en cualquier parte:

“Verde que te quiero verde. / Grandes estrellas de escarcha, / vienen con el pez de sombra / que

abre el camino del alba”.

About The Author

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *