Brownies mágicos para combatir las drogas: Andrés Amaro
La réplica de México frente a la Determinación de EU sobre Drogas corta simbólicamente la dinámica de supervisión unilateral del país origen del problema sobre los que sufren las consecuencias. Cuestiona la paradoja por la que hasta ahora el pirómano ha vigilado al bombero.
En su Memorándum del 15 Septiembre, EU señaló a 23 naciones como productoras o rutas de tránsito de drogas. Ponderó el esfuerzo de México, pero pidió mayor inspección, involucrar a la industria privada y enjuiciar a funcionarios corruptos.
Inusitadamente, al responder, México exigió a EU reportar sus propias acciones de lucha contra el narcotráfico, especialmente respecto a control de armas, reducción del consumo de drogas y neutralización del lavado de dinero. Aunque de manera marginal, también incursionó en efectuar recomendaciones. Señaló la necesidad de reducir el consumo atendiendo el problema desde una perspectiva de salud pública.
La mecánica por la que EU, el país que demanda drogas, supervisa a las naciones en las que se producen o trafican, forma parte de la política norteamericana sobre la materia diseñada desde 1968.
Entonces, el Presidente de EU, Lyndon B. Johnson, demócrata, descubrió que el organigrama del combate a las drogas en la Administración Pública de EU era un caos. Las entidades que concurrían en esa tarea estaban atomizadas. Eran como jugadores de la Selección de Portugal en el Mundial 2026: cada quien jugando por su cuenta para que al final nadie tirara a gol.
El Plan de Reorganización Número 1 de 1968, impulsado por Johnson, fusionó las agencias antidrogas en la BNDD (Oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas), antecesor de la DEA.
El proyecto consideró también operaciones mundiales para suprimir el tráfico de drogas antes de que llegaran a territorio de EU. Dentro de EU, sólo efectuar redadas, investigación y un programa nacional de educación pública sobre las consecuencias del abuso de las drogas.
Ese mismo año, Richard Nixon, republicano y Candidato a la Presidencia de EU, cuestionaría los resultados demócratas en el combate a las drogas,
Richard, hostess de la Guerra Fría, se distinguiría por impulsar Dictaduras Militares y otras atrocidades en América Latina. No vive para contarlo. Se nos adelantó en el camino. A donde sea que haya ido, resultaría estimulante, para turistas de cielos e infiernos, coleccionistas de indulgencias plenarias y paseantes del más allá, que nunca nos toque coincidir de nuevo con él en el mismo universo.
Además de dañar la Democracia en América Latina, de suyo deficiente, Richard dejó un legado maldito para la región: la guerra contra las drogas. La perfiló temprano, siendo aún Candidato a la Presidencia de EU. Su discurso durante un acto de campaña en Anaheim, California, el 16 de Septiembre 1968, profundizó la visión de EU respecto a combatir al narcotráfico neutralizando solo el ángulo de la oferta.
“Me comprometo, dijo, a actuar contra la fuente misma de las drogas…”. Consecuente, su Gobierno impulsó en 1969 una política de intercepción que trastornó agudamente la frontera México-EU durante semanas.
Al final, Lyndon y Richard coincidieron en formular una política que hoy día persiste: que el narcotráfico sea combatido por otros países y solo dentro de sus propios territorios. Es decir, una guerra contra las drogas solo fuera de EU.
Esto ha significado que, especialmente en México y otras naciones latinoamericanas, las personas se maten entre sí, unas para llevar el producto ilícito a los consumidores estadounidenses y otros para impedirlo. Mientras, en EU contribuyen elaborando la estadística de cuántos norteamericanos se la truenan. También dictan largas conferencias sobre la inconveniencia de tronársela. Para los recesos, canapés y brownies mágicos.
