Los Ojos de Agua de Santa Lucía: el manantial que dio vida a Monterrey
Durante mucho tiempo, la lectura acrítica de documentos fragmentarios alimentó imprecisiones sobre nuestros orígenes. El Acta de Fundación se publicó hasta 1861 y varios expedientes clave no se rescataron sino hasta los siglos XIX y XX. Ejemplo de ello es la polémica sobre un supuesto asentamiento de Alberto del Canto en 1577, cuya versión descansa únicamente en una breve mención del Documento del Parral, hallado en 1951.
De lo que existe plena certeza es que, entre 1582 y 1583, Luis de Carvajal encomendó al capitán Gaspar Castaño de Sosa la fundación de la Villa de San Luis Rey de Francia junto a los manantiales. Años después, el 20 de septiembre de 1596, Diego de Montemayor consolidó el poblamiento definitivo con la Ciudad de Nuestra Señora de Monterrey, disponiendo que los vecinos se asentaran a ambos lados del cauce.
A fines del periodo virreinal, las corrientes estaban reguladas por dos presas. Uno de sus veneros nacía en la actual calle Juan I. Ramón, cerca de Cuauhtémoc, donde desde 1957 se erige la Columna de los Fundadores (el Obelisco). El cauce fluía hacia la Presa Chica o de Guadalupe —entre Escobedo, Allende y Juan I. Ramón—, cerca de donde luego existió una alberca decorada con un mural en mosaico veneciano del arquitecto Joaquín A. Mora (1963), reubicado tras la construcción de la Macroplaza junto al Congreso del Estado.
El agua continuaba por un canalón hacia la Presa Grande o de la Purísima, en el cruce con Diego de Montemayor, sitio donde hoy se aprecia una reconstrucción del Puente de la Purísima de 1799, demolido en 1934.
El Paseo Santa Lucía moderno es una obra turística, pero la corriente original se resiste a desaparecer. Monterrey nació alrededor de este sistema de manantiales y, aunque el desarrollo urbano terminó por sepultarlo, su murmullo subterráneo nos recuerda el origen de esta metrópoli cada vez que caminamos por la calle Zuazua y escuchamos el agua correr bajo el concreto.
