Ya somos adultos para seguir lastimando a los demás
Llega una edad en la que “ASÍ SOY YO” deja de ser una explicación y se convierte en una excusa.
Todos cargamos heridas.
Todos venimos de historias imperfectas.
Todos hemos atravesado pérdidas, abandonos, traiciones y momentos que dejaron marcas profundas.
Pero haber sido herido no te concede el derecho de herir.
Tu pasado puede explicar muchas de tus reacciones, pero no puede justificar para siempre la forma en que maltratas, manipulas, humillas o destruyes la tranquilidad de quienes se acercan a ti con buenas intenciones.
Busca ayuda.
Ve a terapia.
Habla de lo que te duele.
Llora lo que nunca pudiste llorar.
Escribe, camina, medita, haz ejercicio, abraza un árbol o métete al mar.
Haz todo lo necesario para encontrarte contigo mismo.
Pero deja de utilizar a los demás como campo de batalla para conflictos que nacieron mucho antes de conocerlos.
Madurar no es cumplir años.
Es aprender a reconocer el daño que provocas.
Pedir perdón sin justificarte y hacerte responsable de aquello que todavía necesitas sanar.
No todos los que llegan a tu vida vienen a pagarte las deudas emocionales que dejaron otras personas.
Así que enfrenta tus sombras.
Ordena tu caos.
Sana tus heridas.
Y mientras lo haces, procura no convertirte en la razón por la que alguien más tenga que comenzar su propio proceso de recuperación.
Tus heridas merecen comprensión, pero las personas que te rodean también merecen respeto.
