Inteligencia Emocional: Antes de Gobernar a los Demás, hay que Saber Gobernarse a Uno Mismo.

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“El poder no solamente revela lo que una persona piensa. También revela cómo reacciona cuando las cosas dejan de ocurrir como esperaba.”

En las últimas entregas hemos analizado competencias directamente relacionadas con el ejercicio del gobierno: decidir, liderar y formar equipos capaces de convertir las decisiones en resultados. Hoy corresponde hablar de una competencia menos visible y, quizá por ello, pocas veces considerada al momento de evaluar a quien aspira a gobernar: La inteligencia emocional. Hablar de emociones cuando pensamos en el perfil de un gobernador podría parecer secundario frente a temas como seguridad, economía, movilidad, infraestructura o finanzas públicas. Sin embargo, no lo es. Quien gobierna toma decisiones bajo presión, enfrenta conflictos, recibe críticas, negocia con adversarios y atraviesa momentos en los que las cosas simplemente no salen como fueron planeadas. Y es precisamente ahí donde surge una pregunta que pocas veces hacemos durante una campaña: ¿Cómo reacciona esta persona cuando algo no ocurre como quiere? La respuesta puede decirnos mucho sobre la manera en que ejercerá el poder. Porque gobernar no solamente exige inteligencia para comprender los problemas. También requiere equilibrio para enfrentarlos. La inteligencia emocional no significa ser una persona fría, distante o incapaz de enojarse. Tampoco consiste en evitar los conflictos. Significa reconocer las propias emociones, administrarlas adecuadamente y evitar que una reacción momentánea termine convirtiéndose en una mala decisión de gobierno. Un gobernador tendrá días extraordinariamente difíciles. Recibirá críticas que considerará injustas, enfrentará cuestionamientos públicos, encontrará resistencia dentro y fuera de su administración y tendrá diferencias con alcaldes, legisladores, empresarios, organizaciones sociales, periodistas y probablemente con el propio Gobierno Federal. Habrá tensión, frustraciones, provocaciones y decisiones que generarán inconformidad. La pregunta no es si todo eso ocurrirá por que de seguro ocurrirá. La verdadera pregunta es cómo responderá cuando ocurra. Porque existe una enorme diferencia entre responder y reaccionar. Responder implica escuchar, analizar, dimensionar el problema y después actuar. Reaccionar significa permitir que el enojo, la frustración, el orgullo o la impulsividad determinen una conducta. En la vida privada una mala reacción puede provocar una discusión. En el ejercicio del poder puede desencadenar una crisis política, romper una negociación, deteriorar una relación institucional o conducir a una decisión equivocada. Ahí radica la importancia de esta competencia. Un gobernante emocionalmente equilibrado puede escuchar una crítica sin convertir automáticamente al crítico en enemigo. Puede reconocer un error sin interpretar la rectificación como una señal de debilidad. Puede mantener una negociación aun cuando existan diferencias profundas y separar un desacuerdo político de una confrontación personal. Parece sencillo. No siempre lo es. El poder transforma el entorno de quien lo ejerce. A medida que una persona concentra autoridad, puede encontrar cada vez menos personas dispuestas a contradecirla. Los colaboradores comienzan a decirle solamente aquello que quiere escuchar, los errores encuentran justificaciones, las críticas pueden interpretarse como ataques y la discrepancia termina confundiéndose con deslealtad. Por eso el ejercicio del poder exige una dosis adicional de equilibrio personal. Quien no sabe administrar su ego corre el riesgo de terminar gobernando para protegerlo. Y cuando eso ocurre, las decisiones pueden dejar de responder al interés público para comenzar a satisfacer necesidades personales: tener siempre la razón, ganar cada discusión, responder cada crítica, castigar a quien contradice o demostrar permanentemente quién tiene la autoridad. Nada de eso fortalece a un gobierno. Por el contrario, consume energía, deteriora relaciones y distrae a las instituciones de aquello para lo que fueron creadas: resolver los problemas de los ciudadanos. La inteligencia emocional también implica algo que en política suele confundirse con debilidad: Saber reconocer un error. Existe una vieja idea según la cual un gobernante nunca debe admitir que se equivocó porque hacerlo disminuye su autoridad. Creo exactamente lo contrario. Rectificar a tiempo puede ser una de las mayores demostracionesde fortaleza. La sociedad no espera gobernantes infalibles porque sencillamente no existen. Lo que sí puede exigir son gobernantes capaces de reconocer cuando una decisión no produjo los resultados esperados, explicar qué ocurrió, corregir el rumbo y asumir la responsabilidad correspondiente. Persistir en un error únicamente para evitar reconocerlo puede resultar mucho más costoso que admitirlo. Existe además otra dimensión fundamental de esta competencia: la empatía. Gobernar implica tomar decisiones desde una oficina, pero sus consecuencias ocurren fuera de ella. En la familia que pierde su patrimonio durante una inundación. En quien pasa horas trasladándose diariamente hacia su trabajo. En el empresario que arriesga su capital y genera empleos. En quien pierde su fuente de ingreso. En una víctima de la violencia. En una persona que espera atención médica. En miles de ciudadanos cuyos problemas difícilmente pueden explicarse por completo mediante una estadística. Un gobernante necesita información, indicadores y datos para decidir. Pero también necesita comprender la dimensión humana de aquello que administra. La empatía no sustituye a la capacidad técnica. La complementa. Un gobierno conducido exclusivamente por las emociones corre el riesgo de caer en decisiones populistas. Pero uno que solamente observa números y pierde de vista a las personas puede convertirse en una administración eficiente en el papel y profundamente distante en la realidad. Gobernar exige ambas cosas. Razón para decidir y sensibilidad para comprender. Por eso, cuando llegue el momento de evaluar a quienes aspiren a gobernar Nuevo León, convendrá observar algo que ninguna encuesta de intención de voto suele medir: ¿Cómo reaccionan ante la crítica? ¿Reconocen sus errores? ¿Controlan sus impulsos? ¿Convierten los desacuerdos en conflictos personales? ¿Aceptan que alguien de su propio equipo pueda decirles que están equivocados? ¿Mantienen la serenidad cuando enfrentan presión? ¿Son capaces de negociar con quien piensa distinto? ¿Demuestran empatía frente a los problemas de otras personas? Una vez más, la trayectoria se convierte en nuestra mejor fuente de información. Porque la inteligencia emocional tampoco seacredita mediante un discurso. Se observa en la conducta. Y especialmente cuando las circunstancias son adversas. Es relativamente sencillo proyectar equilibrio cuando todo marcha bien. El verdadero carácter aparece frente a la crítica, el fracaso, la presión, la frustración y la adversidad. Aquí encontramos otra diferencia importante entre ser candidato y ser gobernador. Durante una campaña es posible controlar buena parte del escenario. Los eventos se organizan, los mensajes se preparan, las entrevistas pueden anticiparse y las imágenes se seleccionan. El gobierno funciona de manera completamente distinta. Los problemas no piden cita. Las crisis no respetan agendas. Los adversarios no siguen un guion. Y las decisiones difíciles casi nunca llegan en el momento adecuado. Por eso el equilibrio emocional no es un detalle de personalidad ni una competencia secundaria. Es una capacidad para gobernar. Una persona puede tener una extraordinaria preparación académica, amplia experiencia, capacidad para decidir y un excelente equipo. Pero si no sabe manejar la presión, escuchar la crítica, controlar sus impulsos o administrar su ego, todas esas fortalezas pueden terminar debilitándose. El poder pone a prueba muchas capacidades. Pero quizá una de las más difíciles sea conservar el equilibrio precisamente cuando se tiene la autoridad suficiente para imponer la propia voluntad. Por eso, al evaluar al próximo gobernador de Nuevo León, no deberíamos preguntarnos solamente qué sabe, qué ha hecho o qué propone. También convendría formular una pregunta mucho más personal, pero profundamente relacionada con la calidad de un gobierno: ¿Cómo se comporta cuando lo contradicen, cuando se equivoca o cuando las cosas dejan de salir como esperaba? La respuesta puede anticiparnos mucho más sobre su manera de gobernar de lo que imaginamos. En la siguiente entrega analizaremos una competencia que pondrá a prueba prácticamente todas las que hemos estudiado hasta ahora: el manejo de crisis. Porque cuando aparece una emergencia, el tiempo se reduce, la presión aumenta y la información suele ser insuficiente, ya no bastan los discursos ni las buenas intenciones. Es entonces cuando realmente podemos saber de qué está hecho un gobernante.

¡¡La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector!!

“Porque hoy más que nunca, Nuevo León necesita menos ruido… y mucho más rumbo”.

Mtro. Miguel H. Botello Treviño     Correo electrónico: mickbotello@gmail.com

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