De la India a la UNAM; examen bajo sospecha

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Las autoridades de la India minimizaron las protestas de miles de jóvenes que denunciaban irregularidades en los exámenes de ingreso a las universidades y en los concursos para ocupar cargos públicos. Eran estudiantes inconformes, decían; que exageraban, que no aceptaban su fracaso. El “Partido Popular de las Cucarachas” surgió como respuesta satírica después de que el presidente del Tribunal Supremo utilizara el término “cucarachas” para referirse despectivamente a los jóvenes manifestantes. Los estudiantes tomaron el insulto y lo transformaron en identidad política. Los exámenes fueron el detonador, pero el movimiento terminó cuestionando mucho más.

Meses después, el Movimiento Cucaracha puso contra las cuerdas al poderoso gobierno de Narendra Modi. Las movilizaciones crecieron, el escándalo escaló y el ministro de Educación terminó presentando su renuncia.

No fue solamente una crisis educativa.

Fue una crisis de confianza.

Conviene recordarlo porque las instituciones no suelen derrumbarse de un día para otro. Comienzan a agrietarse cuando la sociedad deja de creer en la limpieza de sus procedimientos.

Hace treinta y cuatro años, en 1992, Mérida fue sede de una reunión de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (Anuies) que hoy adquiere un significado especial. Los rectores discutían la creación de un organismo nacional que permitiera evaluar objetivamente a quienes aspiraban a ingresar a las universidades mexicanas y, posteriormente, certificar los conocimientos de sus egresados. Dos años más tarde nacería el Ceneval (Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior).

La pregunta era sencilla:

¿Cómo garantizar que el ingreso dependiera del mérito y no de las influencias?

Quienes participábamos entonces en la vida pública conocíamos bien el problema. Cada verano aparecían padres de familia buscando una recomendación para que sus hijos obtuvieran un lugar en alguna carrera universitaria. Era una práctica arraigada. Se suponía que un gobernador, un/a diputado/a o un rector podían intervenir.

Mecanismo de selección

Poco a poco dejó de ser así. Los exámenes comenzaron a construir algo mucho más importante que un mecanismo de selección. Construyeron confianza.

Recuerdo especialmente lo ocurrido en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Yucatán. Los lugares eran escasos y la demanda enorme. En varias ocasiones quedaron fuera hijos de médicos muy conocidos y de familias con amplia presencia pública.

Paradójicamente, aquello fortaleció el prestigio del procedimiento. Si ellos no habían podido modificar el resultado, significaba que nadie podía hacerlo. La sociedad dejó entonces de buscar padrinos. Aceptó que el mérito era el único camino.

Ése fue el verdadero triunfo de los exámenes de admisión. No medir conocimientos, sino sustituir la discrecionalidad por reglas aceptadas por todos.

Hoy esa confianza enfrenta una prueba inesperada.

La Universidad Nacional Autónoma de México decidió transformar completamente su concurso de ingreso. Por primera vez en más de un siglo de historia, el examen dejó de realizarse en aulas y pasó a presentarse desde el domicilio de cada aspirante.

Las razones parecen atendibles.

Miles de jóvenes mujeres y hombres ya no tuvieron que viajar desde distintos estados del país para competir por un lugar. La propia UNAM destacó el ahorro en transporte, hospedaje, personal operativo, papel, agua y combustible. La innovación eliminó una barrera geográfica que durante décadas hizo más costoso competir para quienes vivían lejos de la Ciudad de México.

Hasta ahí, todo parece un avance.

El problema comenzó después.

Las redes sociales se inundaron de videos donde se explicaban formas de burlar los controles tecnológicos; aparecieron denuncias sobre apoyos externos y dispositivos auxiliares. La UNAM informó la cancelación de miles de exámenes por irregularidades detectadas y diversos análisis periodísticos señalaron incrementos poco habituales en los puntajes mínimos requeridos para ingresar a numerosas carreras y un aumento en el número de calificaciones perfectas.

Quizá todas esas anomalías tengan una explicación perfectamente razonable. Precisamente por eso corresponde a la UNAM ofrecerla. Porque el problema ya no consiste únicamente en determinar cuántos hicieron trampa. Consiste en preservar la confianza de quienes no la hicieron.

Toda institución administra un patrimonio invisible.

Las elecciones viven de la confianza en el conteo de los votos.

Los tribunales viven de la confianza en la imparcialidad de los jueces.

Los hospitales viven de la confianza en sus diagnósticos.

Las universidades viven de la confianza en sus exámenes.

Reglas iguales para todos

Durante décadas, cientos de miles de jóvenes aceptaron quedar fuera de la UNAM porque creían que las reglas eran iguales para todos. Era una derrota amarga, pero legítima. Sabían que nadie había entrado por recomendación, por dinero o por privilegios.

Hoy esa certeza se encuentra bajo cuestionamiento.

Y cuando la confianza se erosiona, el daño trasciende al procedimiento.

Alcanza a toda una generación.

Sería profundamente injusto que los estudiantes admitidos este año cargaran durante toda su vida profesional con una sombra de sospecha. La inmensa mayoría probablemente obtuvo su lugar con honestidad y esfuerzo. Ellas y ellos son, precisamente, quienes más necesitan que la UNAM despeje cualquier duda.

La respuesta no puede reducirse a afirmar que el sistema funcionó.

Las instituciones científicas no ofrecen actos de fe.

Presentan evidencia.

Publican auditorías.

Explican anomalías.

Aceptan correcciones.

Demuestran.

Hace apenas unos días escribía en este espacio sobre el “apagón de la confianza” provocado por las constantes fallas en el suministro eléctrico de Yucatán. No era solamente un problema de energía. Era el desgaste de la credibilidad ciudadana.

Hoy podría estarse abriendo otra grieta. Esta vez no en una empresa pública, sino en la universidad más importante del país.

Ha sido convocada en Ciudad de México una marcha de jóvenes que exigen el regreso del examen presencial para ingresar a la UNAM. Tal vez sea reducida. Quizá no represente a todos los aspirantes. Sería un error, sin embargo, descalificarla como simple inconformidad de quienes no obtuvieron un lugar.

Así empiezan las crisis de confianza.

También así comenzaron las protestas estudiantiles en la India.

Las autoridades pensaron que bastaba con defender el procedimiento.

Las y los jóvenes estaban reclamando algo mucho más profundo.

Querían volver a creer que el esfuerzo seguía siendo el camino más seguro hacia el futuro.

La UNAM todavía está a tiempo de cerrar esa grieta. Pero debe hacerlo pronto.

Porque las instituciones tardan décadas en construir prestigio. Y basta una generación marcada por la sospecha para comenzar a perderlo. Ninguna universidad puede darse ese lujo. Mucho menos la Universidad Nacional Autónoma de México.— Mérida, Yucatán

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán

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