La Otra Economía de Nuevo León: Los Cuidadores, el Trabajo que Sostiene a la Sociedad y que Casi Nadie Reconoce.
“Una sociedad verdaderamente desarrollada no solo se distingue por la riqueza que produce, sino también por la forma en que reconoce a quienes, todos los días, sostienen silenciosamente la vida de los demás.”
Cada mañana, mientras miles de personas salen de casa rumbo a su trabajo, existe otro grupo que inicia una jornada igual de intensa, aunque pocas veces aparezca en las estadísticas económicas. Son las personas cuidadoras. Algunas lo hacen desde el ámbito familiar. Son hijas, hijos, esposos, esposas, hermanos, hermanas o amigos que reorganizan por completo su vida para atender a quien más lo necesita. En la mayoría de los casos no reciben remuneración alguna y, con frecuencia, sacrifican su desarrollo profesional, su estabilidad económica e incluso su propia salud física y emocional. Otras han hecho del cuidado una profesión. Son enfermeras, gerocultores, terapeutas, asistentes y personal especializado que acompañan diariamente a personas mayores, personas con discapacidad o pacientes con enfermedades crónicas. Su trabajo exige conocimientos técnicos, una enorme calidad humana y una fortaleza emocional que pocas veces recibe el reconocimiento que merece. Ambos tienen algo en común. Sostienen silenciosamente una parte fundamental de nuestra sociedad. La hija que dejó su empleo para atender a su madre con Alzheimer. El esposo que aprendió a cambiar un vendaje y administrar medicamentos después de un accidente cerebrovascular. La cuidadora profesional que acompaña cada día a una persona que ya no puede valerse por sí misma. La enfermera que, además de brindar atención médica, ofrece compañía, paciencia y esperanza. Miles de historias distintas. Una misma realidad. Mientras la mayoría de nosotros desarrolla su vida cotidiana, existe un ejército silencioso que sostiene la dignidad, la salud y el bienestar de miles de familias en Nuevo León. Paradójicamente, cuanto más indispensable resulta su labor, menos visible parece. Durante décadas hemos entendido el cuidado como una responsabilidad exclusivamente familiar. Como un acto de amor. Y, por supuesto, lo es. Pero también constituye una función social esencial. Cuando una persona abandona su empleo para cuidar a un familiar, la economía registra una pérdida. Pero cuando esa misma persona evita una hospitalización, retrasa la institucionalización de un ser querido, mantiene unida a una familia y mejora la calidad de vida de quien depende de ella, ese enorme valor simplemente no aparece en ninguna estadística. Existe una economía que todos los días ocupa los indicadores financieros. Y existe otra que nunca aparece en ningún informe, aunque sin ella miles de familias simplemente dejarían de funcionar. Es la economía del cuidado. Una economía que no cotiza en la bolsa, pero sostiene la vida. Cuando hablamos de personas cuidadoras no nos referimos únicamente a quienes acompañan a una persona mayor. También hablamos de quienes cuidan a personas con discapacidad, a pacientes con enfermedades crónicas, a personas que viven con demencia y a cualquier ciudadano cuya autonomía se ha visto limitada. Hablar de cuidados es, en realidad, hablar de una responsabilidad que acompaña a la sociedad durante todas las etapas de la vida. Diversos estudios muestran que alrededor del 74 por ciento de las tareas de cuidado recaen en mujeres. No porque ellas hayan nacido para cuidar. Sino porque, durante generaciones, la sociedad distribuyó esa responsabilidad de manera profundamente desigual. El resultado es conocido. Miles de mujeres interrumpen su desarrollo profesional, reducen sus ingresos, renuncian a oportunidades laborales e incluso ponen en riesgo su propia salud física y emocional para atender a quienes más aman. Y, aun así, pocas veces reciben el reconocimiento que merecen. El envejecimiento de la población hará que esta realidad adquiera una dimensión todavía mayor. Cada año aumentará el número de personas que requerirán apoyo permanente para realizar actividades básicas de la vida diaria. La pregunta ya no es si necesitaremos fortalecer los cuidados. La verdadera pregunta es si tendremos la visión suficiente para prepararnos antes de que esta realidad nos rebase. Porque cuidar no puede seguir siendo una responsabilidad que recaiga únicamente sobre una persona o una familia. Debe convertirse en una responsabilidad compartida entre las familias, la comunidad, las empresas y el Estado. Ha llegado el momento de entender que el cuidado también constituye una forma de infraestructura social. Así como una sociedad requiere hospitales, escuelas, transporte o espacios públicos, también necesita construir condiciones que permitan cuidar con dignidad y proteger a quienes dedican una parte importante de su vida a hacerlo. Porque los cuidadores no solo prolongan la vida de las personas. Preservan su dignidad. México ha comenzado a reconocer este desafío al incorporar el derecho al cuidado en su marco constitucional y al abrir la discusión sobre un Sistema Nacional de Cuidados. Sin embargo, el reto apenas comienza. Nuevo León tiene la oportunidad de convertirse en un referente nacional si decide abrir una conversación seria, responsable y de largo plazo sobre el futuro de los cuidados. Es momento de abrir un amplio diálogo social sobre la necesidad de construir un marco jurídico moderno que reconozca el valor del cuidado, fortalezca la corresponsabilidad entre la sociedad y el gobierno, y coloque a las personas cuidadoras en el lugar que merecen dentro de nuestra agenda pública. No porque cuidar sea un acto extraordinario. Sino porque resulta indispensable para el presente y para el futuro de Nuevo León. Vale la pena iniciar esta conversación. Porque el envejecimiento de nuestra población no es un desafío del mañana. Es una realidad que ya está transformando nuestra sociedad. Y la manera en que respondamos a ella definirá la calidad humana del Nuevo León que heredaremos a las próximas generaciones. Cuidar también es construir comunidad. Cuidar también es construir desarrollo. Cuidar también es construir futuro. Porque, al final de la vida, todos necesitaremos de alguien que nos tienda la mano. La verdadera diferencia será si, para entonces, habremos construido una sociedad que también sepa cuidar de quienes dedicaron su vida a cuidar de los demás.
El futuro no se espera… se construye.
¡¡La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector!!
“Porque hoy más que nunca, Nuevo León necesita menos ruido… y mucho más rumbo”.
