Esa hipertrofia del derecho propio y esa atrofia del derecho ajeno (…) fueron negro presagio para la vida pacífica y conciliadora que tanto anhelaban los mexicanos
Daniel Cosío Villegas

¿Es posible todavía rectificar el rumbo? En Tabasco se cuenta una simpática anécdota. Le preguntaron a una viejita cómo seguía su enfermito y ella contestó: “ya puede comer de todo”. Ante esa respuesta, se le preguntó si ya había sanado. Y la viejita respondió: “ya no tiene caso que siga guardando dieta, que coma lo que quiera en sus últimos días”. El enfermito estaba desahuciado. Así están la 4T y Morena, ya pueden comer de todo.

Es una historia triste. Nadie puede quitarle a Andrés Manuel López Obrador el mérito de haber sido uno de los precursores de la transición democrática. Nadie puede negarle tampoco haber sido su sepulturero.

Actuar al margen de la ley significa el fin de la predictibilidad, cualquier cosa puede suceder. Estamos en la zona del misterio. Esa es la causa de la abrumadora cascada de rumores y de la incertidumbre, no sabemos a qué atenernos. El Poder Judicial es objeto de mofa y desprecio, sin respetabilidad ni prestigio. El Poder Legislativo es caja de resonancia de estupideces, insultos y amagos de pleitos. La titular del Poder Ejecutivo todos los días intenta inútilmente explicar lo que sucede. En lo personal, me siento lastimado por el discurso cargado de elogios a Mónica Soto. Dudo encontrar en nuestra historia alguien que haya incurrido en tan graves adefesios jurídicos para cumplir con las consignas del poder.

Con todo el vigor de mi optimismo quisiera creer en las palabras de la presidente: “Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la nación”. Me habría encantado habérselo oído en su toma de posesión, pero nunca es tarde. Equivalen a frases pronunciadas por sus antecesores para transmitir a los mexicanos lo obvio: las instituciones están primero que los hombres y mujeres que pretenden socavarlas.

Aquí es donde empieza lo trascendente. A las anteriores afirmaciones presidenciales deben seguir actitudes que le den sustento.

Cambiar el discurso y olvidarse de sus compromisos partidistas para convocar a un pacto de concordia. No es nada nuevo, ya lo decía Aristóteles: “Decimos que reina la concordia en una ciudad cuando sus ciudadanos están de acuerdo en lo que les conviene, votan las mismas medidas y llevan a cabo lo que han decidido en común. La concordia se refiere, por lo tanto, a cuestiones prácticas importantes que deben satisfacer a todas las partes”.

Hay que “barrer” todo el aparato gubernamental. Recuperar el profesionalismo, la dignidad del servicio civil de carrera en todos los niveles. Los cargos públicos no están para pagar favores ni para premiar obediencias o complicidades. Es indispensable que se confirme en los hechos la promesa de que haya funcionarios que le den prioridad a cumplir su deber.

Es sumamente preocupante el deterioro de los órganos electorales, hay que hacer algo para retornar a su anterior imparcialidad.

Corregir la marcha de la administración pública en todas las políticas. Exige voluntad y una actitud intransigente para evitar las excepciones.

No puede haber ningún resquicio que siembre la duda. En otras palabras, se trata de crear un liderazgo con sólidos cimientos ético-políticos.

Si se hiciera una encuesta verdaderamente imparcial para preguntar si Claudia Sheinbaum es presidente por mérito propio o por designación de su antecesor, no tengo ninguna duda de la respuesta. Por eso me atrevo a sugerir que el reto hoy, como siempre ha sido, es convencer a los mexicanos y a los extranjeros que tenemos la persona idónea en la conducción de la república y que ha superado el falso debate entre la ley y el sentido común.

Efectivamente, soy y seguiré siendo un incorregible soñador.

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